Los vinilos han vuelto

13 / 03 / 2013 13:22 Javier Memba
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Los barrió la irrupción del CD, pero los viejos elepés no se extinguieron y ahora regresan con fuerza. Les empuja no solo la nostalgia, sino grandes artistas de culto.

A principios de los 90, cuando se impusieron los CD, nadie pudo imaginar que los discos de vinilo aún tenían mucho que decir. Se les suponía condenados al olvido, como aquellos cartuchos de ocho pistas de comienzos de los 70, que ya nadie recuerda, y como parece será el destino último de las casetes. En el mejor de los casos podía augurárseles que despertarían un interés semejante al que tienen los coleccionistas por los discos de pizarra, a los que los de vinilo desplazaron.

Pero los discos de vinilo, con las más modernas grabaciones, continuaron siendo la principal herramienta de trabajo de los DJ. De hecho, los viejos tocadiscos se adaptaron a los ordenadores mediante una conexión USB y se siguen vendiendo como un pequeño lujo. Pero hay mucho más.

Como dice el prestigioso comentarista musical José Ramón Pardo, autor de varias historias del pop y del rock y responsable de Rama Lama Music, “este auge del vinilo hay que entenderlo dentro de la nostalgia en general por la música”. “Para mucha gente la que se hace ahora es insustancial y recuerdan la de su época con más cariño –continúa Pardo–. Por eso, cada vez se vende más antigua y menos nueva. Esto es un dato innegable. Además, las jóvenes generaciones bajan la música de Internet directa e ilegalmente”.

Es verdad. El vinilo fue el mayor soporte del rock. Prácticamente nacieron juntos, mediados los 50, y el esplendor de ambos se prolongó durante las cuatro décadas siguientes. Y el rock –junto al cine- fue la manifestación cultural más importante del siglo XX. Así pues, para cuantos se dejaron seducir por el rock los vinilos se convirtieron en objetos fabulosos que guardaban las primeras canciones de la banda sonora de su vida. No es baladí que fuera precisamente a finales de los años 70, cuando los primeros aficionados al rock empezaron a tener edad suficiente como para añorar su juventud, cuando comenzaron a surgir comercios especializados en la compra, venta y cambio de viejos vinilos.

“Desde que han vuelto a comercializarse discos de vinilo nuevos, nuestras ventas, que nunca han descendido desde los 70, han ido en aumento”, dice uno de los responsables de La Metralleta, una de las principales tiendas de vinilos usados de Madrid que, en su larga vida, ha pasado de un puesto en El Rastro a un gran local en la galería comercial del aparcamiento de la plaza de las Descalzas, toda ella dedicada a los vinilos usados.

Dos décadas después de la apertura de La Metralleta, cuando las grandes discográficas dejaron de fabricar tan preciados discos, la proliferación de estos establecimientos demostró que los audiófilos –que así empiezan a llamarse los amantes del vinilo– son una legión de coleccionistas lo suficientemente grande como para haber generado una copiosa bibliografía. En dichas páginas se habla con la misma nostalgia de las carátulas memorables y de las grabaciones más extrañas o difíciles de encontrar.

Pero lo verdaderamente significativo es que, desde 2008, las ventas de esos vinilos (que han vuelto a comercializarse en los mismos grandes espacios que durante años les negaron los expositores y en las pocas tiendas de discos pequeñas que aún quedan) han ido en vertiginoso ascenso. Según datos aportados por la BBC, a finales del pasado año, la venta de vinilos aumentó en un 40% en todo el mundo. España no es ajena a este boom, aunque las cifras de ventas son mucho menores que en los países donde no se expolia la música –la cultura en general– como pasa aquí. Atrás han quedado los tiempos en que todos los álbumes que alcanzaban la popularidad eran disco de oro y vendían más de 100.000 ejemplares, cifra superada en nuestros días únicamente por Pablo Alborán y Alejandro Sanz. “Ahora, vender 15.000 o 20.000 copias supone un auténtico éxito”, señala Pardo. Del montante total de ventas de discos en cualquier formato, de 500 a 800 suelen ser vinilos. Cifra aún casi testimonial pero que, desde 2008, aumenta en torno a un 14% anualmente.

El bastión analógico.

El vinilo se ha convertido así en el último bastión analógico frente a la apisonadora digital. Pero quizá lo más curioso sea que el afán por los viejos discos no se limite nada más que a las grabaciones que originalmente se hicieron en este formato: The Beatles, Pink Floyd –que han vuelto a ser los más vendidos en vinilo y a un precio más elevado que en CD– y el resto de los grandes del pop y el rock de antaño. Tanta es la afición por los venerables elepés, con dos caras y ruido de fondo entre las canciones, que grupos actuales como Radiohead, Gorillaz o Coldplay han vuelto a publicar en vinilo sus álbumes. Esos discos nunca conocieron versión digital. “Mucha gente compra el vinilo como coleccionista, pero no para escucharlo. Por eso cada vez son más frecuentes los elepés que llevan dentro un CD”, comenta Pardo.

Íñigo Pastor, uno de los responsables de Munster Records, compañía fonográfica especializada en vinilos que, entre otras cosas, ha relanzado los viejos elepés de Los Brincos y Los Bravos, estima que el asunto también presenta otro matiz: “Pese a su auge, el mercado de vinilos se reduce al de los verdaderos fans. Por eso hay muchas cosas actuales que se editan en vinilo por exigencia de los artistas, a sabiendas de que tienen un mercado para ello. El consumidor de una música que aprecia realmente, es decir, con el fanatismo de los fans, valga la redundancia, prefiere el formato de elepé porque es más difícil de copiar. Antes se hacía con una casete. Pero el sonido no era igual”.

En opinión de Pastor, la mayor calidad del sonido digital respecto al analógico no es tal. “Ambos pueden sonar igual de mal o igual de bien. Depende de la masterización, del proceso de fabricación, del control de calidad... Lo que sí es inigualable, sin ningún género de dudas, son los prensajes originales de los discos de los 60. Alcanzar la textura o el color de las ediciones de los grupos ingleses de aquellos años es imposible. Ahora se estilan mucho los vinilos de 180 gramos, pero un elepé bien hecho suena igual en un disco gordo que en uno de esos finos que casi se pueden doblar”.

“Lo que sí ha ocurrido con los CD –continúa Pastor–, es que se ha tendido en demasía a masterizar con un exceso de volumen y compresión. De esta forma se ha matado mucha definición. Pero si de ese mismo master haces un vinilo, tienes el mismo problema. La excelencia en la producción hay que buscarla sea cual sea el formato de las copias”.

Por el contrario, Pardo asegura que el sonido digital de los CD es mejor: “Es más puro y no tiene ruidos. Pero los enamorados del sonido de nuestra época preferimos el vinilo porque entre canción y canción suena un ruidito. La primera vez que escuché un CD fue hace ya mucho tiempo, en el Mercado Internacional del Disco y la Edición Musical, que anualmente se celebra en Cannes, y lo más sorprendente era que, entre canción y canción, no se oía nada. El auge del vinilo es una vuelta a la nostalgia”.

No es solo rock and roll.

Nostalgia que ha llevado a las discográficas como la de Pastor fuera de nuestras fronteras. Hoy es prácticamente imposible fabricar un disco de vinilo en la mayor parte del continente europeo. La industria se desmontó a mediados de los años 90, cuando dejaron de ser rentables. “Ahora tenemos que irnos a Holanda o a los países del Este para fabricarlos”.

Las tiradas en vinilo de los diferentes sellos de Munsters Records van de 500 a 1.000 ejemplares. “A nuestro volumen de negocio funcionamos bien. No solo hemos reditado los grandes álbumes de Los Brincos y Los Bravos, que estaban circulando en el mercado de segunda mano a precios desorbitados: también hemos recuperado algunas grabaciones de Pata Negra y La Banda Trapera del Río”, explica Pastor.

“Aunque el rock y el pop se llevan la palma con diferencia, a excepción de la clásica y las bandas sonoras, que tienen muy poca salida, siempre hemos vendido todo tipo de música”, comentan los responsables de La Metralleta. En efecto, también vuelven en vinilo la copla, la canción española en todas sus manifestaciones y la canción de autor. Sí señor: el Mediterráneo de Joan Manuel Serrat y sus versiones de los poemas de Machado y Miguel Hernández vuelven a venderse en su formato original, como hace más de cuarenta años.

Pero este renacer del vinilo al que asistimos toca muy especialmente al jazz. Esta música, que tiene una de sus máximas expresiones en las largas improvisaciones, se vio seriamente cercenada en las viejas grabaciones de pizarra que se reproducían a 78 rpm, cuya duración se reducía a unos pocos minutos. Así pues, la irrupción de los discos de larga duración, los elepés de mediados los 50, ofreció al jazz unas posibilidades antes impensables. De hecho fue entonces cuando, en gran medida gracias a los nuevos procedimientos, nació el jazz moderno. En cualquier caso, desde entonces los amantes de esta música –siempre una de esas minorías inmensas– tienen una serie de álbumes que veneran con auténtica pasión. Muchos de dichos títulos integraron la colección de vinilos legendarios del jazz que, hace apenas dos temporadas, llegó a los quioscos. Desaparecida tras la comercialización de las primeras entregas, a simple vista pudo pensarse que obedeció a una falta de clientela. No fue el caso.

“El problema que tienen las colecciones de vinilos en fascículos es que los quioscos no son el sitio adecuado para estas grabaciones”, recuerda Pardo, director de alguna de estas iniciativas en formato digital. “Los quiosqueros están desbordados con las maquetas, las casitas de muñecas y demás coleccionables. Así pues, los vinilos acaban por estar expuestos al sol, con lo que se estropean y hay que tirar la mayor parte de las ediciones. Las colecciones en fascículos, tras las primeras entregas que llegan a los quioscos, prosiguen por suscripción. Así el cliente los recibe en su casa y no hay problema alguno”.

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