Los políticos, esos sinvergüenzas
La condición más aborrecida por los españoles es, ahora mismo, la de político: se extiende con rapidez la idea prefascista de que “todos son iguales”.
Si se toman ustedes la molestia de consultar los últimos estudios del CIS, comprobarán que los políticos (no solo los representantes elegidos: también los militantes de los partidos) son, ahora mismo, los seres vivos peor considerados por los ciudadanos. Los españoles tenemos, ahora mismo, una opinión de los políticos peor aún que la que tenemos de los obispos, de los banqueros y, supongo yo, de los salteadores de caminos, de los verdugos, de los empleados de la grúa municipal (que ya es decir) y de las hienas del Serengeti. Ahora mismo no se puede ser nada más deshonroso que político.
Corre por las redes sociales un eslogan que está haciendo rápida fortuna: “El próximo parado, que sea un diputado”. La hermosa iniciativa del 15-M, que no convendría olvidar porque en cualquier momento la vamos a tener ahí otra vez, ha pasado a la historia con una divisa coral: “Que no nos representan”, y se refería a todos los representantes políticos, fueran del color que fuesen. Un miembro de la Real Academia Española, a quien no llamo ilustre por la sencilla razón de que no me lo parece en absoluto, publicó hace ya tiempo un artículo en el que expresaba el invencible asco, la náusea que le daba ver a los diputados salir del Congreso; hace poco ha segregado otro en el que llama, sin más, a los bárbaros del poema de Constantin Kavafis para que barran toda esa porquería de aprovechados, vagos y corruptos (cito y resumo de memoria). Por todas partes se extiende una opinión poderosísima que nadie o casi nadie se atreve a contradecir: toda esa gente, los diputados, los senadores, los representantes del pueblo, son una gavilla de ladrones que viven opíparamente a costa nuestra, que no sirven para nada, que solo se dedican a saquear nuestro dinero y que mienten como bellacos. Todos. ¿Por qué? Fácil: porque todos los políticos son iguales.
Pues no. Eso no es verdad. No lo ha sido nunca.
Primero: si todo eso fuese cierto, si todos los políticos fuesen una camada de hijos de puta (ustedes perdonen la manera de señalar: repito lo que oigo, no me lo invento), nosotros, los ciudadanos, seríamos una piara de cretinos indigna de abrir la boca, porque está claro que quienes les elegimos somos nosotros. Que nadie argumente que quienes dicen que todos los políticos son iguales son los que no votan, porque es mentira: sí votan. La participación electoral en España alcanza, en las últimas décadas, un promedio del 73%; algo más en las elecciones autonómicas y claramente menos en las municipales. Así que, si se cumple el viejo aserto de que “tenemos los políticos que nos merecemos”, estamos quedando a la altura de las lombrices. Quizá por esa razón hace tiempo que esa frase no se oye.
¿A ustedes les parece bien lo que hacen muchos, por no decir la mayoría de nuestros políticos, a los que hemos elegido? A mí no. No me gusta nada. Pero en la vida se me ocurriría decir que todos son iguales. Porque esa es ni más ni menos que la antesala de la tiranía.
Un bien escaso.
Me parece muy peligroso generalizar hablando de “los españoles” y decir que son así o asá, como tanta gente dice de los catalanes, las mujeres, los gais o los curas. En todas partes hay de todo y cualquier generalización, por lo que tiene de simplificación y uniformización, se acerca a lo totalitario. Pero hace tiempo que no dejo de pensar que los españoles, históricamente, lo aguantamos todo menos el aburrimiento. Hemos vivido en paz y en guerra, hemos sido ricos y pobres, orgullosos y mezquinos; hemos andado siempre detrás de los curas, a veces con un cirio y otras veces con un garrote, pero... nunca demasiado tiempo seguido. Nos cansamos de lo que hay, sea eso lo que sea. Soñamos siempre con que del cambio vendrá la felicidad ansiada. Aunque el cambio sea nada más que una vuelta atrás.
Y la democracia es aburrida. Por definición. La gestión de lo público (lo mismo dineros que derechos) por personas a las que elegimos todos tiene muy poco de peliculero. La democracia es aburrida, como lo es la monarquía democrática (bien vemos que nos estamos cansando ya de ella) y como lo es la república, como saben perfectamente los italianos, que para eso inventaron la ópera, para no aburrirse.
¿Nos estamos cansando de la democracia? La inmensa mayoría dirá que no, pero que preferiría (o sueña; país de soñadores) con otra democracia. Y no nos damos cuenta de que ese sueño se ha convertido, históricamente, siempre en pesadilla. La democracia tal y como la tenemos ha sido, desde Pericles para acá, un bien escasísimo. Más que el petróleo, más que el oro. Es un concepto estrictamente cultural, racional, que no está en el código genético del ser humano, como sí lo están la violencia, la ambición o la intolerancia. Como dijo con todo acierto el presidente Suárez, la democracia ha sido, en nuestra historia, una colección de breves paréntesis separados entre sí por largas épocas de tiranía.
Hoy escribe un mercenario mendaz y desvergonzado que, si bien se mira, lo que pretendían Tejero, Milans y Armada en 1981 no estaba tan mal; desde luego, mucho mejor que lo que tenemos ahora con estos políticos de mierda. Esa atrocidad, que va innoblemente etiquetada con la pegatina falsa del “liberalismo”, se parece extraordinariamente a lo que decía otro señor hace setenta años: que el mejor destino de las urnas era ser rotas, que pretendía llegar al Congreso “sin fe y sin respeto” y que lo que había que hacer era recurrir a la “dialéctica de los puños y de las pistolas”. Se llamaba José Antonio Primo de Rivera. Quizá algunos de ustedes recuerden qué pasó en este país después de aquellas frases. Y cuánto duró. Y cuánta gente murió.
No, no todos los políticos son iguales, como no lo somos tampoco ninguno de nosotros. No todos son unos ladrones, unos sinvergüenzas y unos mentirosos, aunque está claro que de esos no faltan. El verdadero peligro está en que en el mismo momento en que nos convenzamos de que así son todos; en el momento en que decidamos entrar en el Congreso por la fuerza (hay una convocatoria así por ahí), como hizo Pavía, como hizo Tejero, habremos terminado con el sistema democrático que nos permite, entre otras cosas, elegir a unos y no a otros, cambiar o mejorar las leyes por las que nos regimos, exigirles a todos honradez... y equivocarnos al decir libremente que todos son iguales. Si eso se hunde, ¿alguien duda siquiera de qué vendrá después?
A mí no me gustan muchos políticos. Pero recuerdo cuánto costó traer nuestra imperfecta democracia. Y pelearé para que no me la quiten los demagogos ni los salvapatrias. Que esos sí son todos iguales. Desde hace siglos.



