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La puerta de los ángeles

10 / 08 / 2015 Penelope Fitzgerald
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La puerta de los ángeles, finalista del Booker Prize, está considerada una de las obras más perfectas de Penelope Fitzgerald. 

TRES MENSAJES PARA FRED 

¿Cómo podía el viento soplar con tanta fuerza, estando tan lejos de la costa? ¿Tanto como para que los ciclistas que volvían a la ciudad al final de la tarde parecieran marineros en apuros? Sucedía a las afueras de Cambridge, en Mill Road, pasados el cementerio y el asilo para indigentes. En el descampado que quedaba a la izquierda, el viento había azotado los sauces hasta arrancarlos de raíz, y las ramas habían ido a caer sobre la hierba anegada, agitándose convulsas y desparramando estelas de hojas sobre toda la superficie visible. Las vacas habían enloquecido, a fuerza de abalanzarse sobre las hojas plateadas y empapadas que, de pronto, llevando la contraria a su experiencia, se encontraban a su alcance, por todas partes. Sus cuernos se hallaban festoneados con ramas de sauce. Incapaces de ver bien, tropezaban y caían. Dos o tres de ellas se revolcaban de espaldas, como estúpidas, exhibiendo aquellos vientres amplios y pálidos que la naturaleza había destinado a permanecer siempre ocultos. No dejaban de rumiar. Copas de árboles en el suelo, patas de animales en el aire… Un panorama desolador en una ciudad universitaria consagrada a la lógica y la razón.

Fairly pedaleaba tan rápido como podía. No le gustaba que otros ciclistas lo adelantaran. A nadie le gusta que lo adelanten otros ciclistas. Lo difícil del clima (algunos acababan derribados por el viento) convertía Mill Road en una exhibición continua de orgullos heridos y vanidades.

Corría el año 1912, así que la bicicleta de Fairly, una Royal Sunbeam, debía de tener trece años. Llevaba unos neumáticos Palmer que dejaban una huella de líneas finas como alambres sobre la carretera mojada, libre de hierba. Se sintió mucho mejor cuando adelantó a un hombre al que creía haber reconocido de espaldas, y al que resultó reconocer de verdad cuando pasó junto a él. Se trataba de un profesor de Fisiología de los Sentidos, que dijo:

–¡No pueden levantarse! ¡Pobres bestias, pobres bestias irracionales! –gritaba.

Era como estar en mitad de una tempestad en alta mar. Por turnos, uno tras otro, fueron efectuando bruscos virajes para que no cayera sobre ellos un sombrero aplastado y deformado que el viento había hecho volar y que lanzaba en cualquier dirección de manera imprevisible. Uno de los miembros de un grupo que acababa de adelantar a Fairly se quedó atrás para pedalear a su lado.

–¡Skippey!

No oyó lo que Skippey le decía, así que disminuyó la velocidad y, a continuación, aceleró de nuevo para situarse al otro lado, a sotavento.

–¿Cómo dices?

–El pensamiento reside en la sangre –contestó Skippey.

El hombre al que había reconocido antes los alcanzó. Pedalearon los tres en paralelo.

Sus palabras se perdían en el viento.

–Estaba equivocado. Son las ovejas las que no pueden levantarse, ¡las ovejas!

–¡Qué alivio! –respondió Fairly alzando la voz.

Había parado de llover, pero seguían desprendiéndose gotas, duras como puñados de grava, de los árboles.

Al llegar a Crist’s Pieces, Fairly giró a la derecha, enfrentándose al viento, y echó pie a tierra en su college, el St. Angelicus.

Ángeles, pues así se le llamaba habitualmente, era, y sigue siéndolo, un college muy pequeño. Los chistes sobre lo difícil que resultaba dar con él y sobre los problemas de sus adjuntos para encontrar un hueco en el que instalarse habían circulado sin cesar durante los últimos quinientos años. El siglo XX arrancó con un considerable agravamiento de estas estrecheces –sirva como ejemplo el cobertizo para las bicicletas de los profesores, sitiado contra la cara interna del muro como una choza agrícola–. No obstante, si los agricultores hubieran sido los responsables de la construcción de esa choza, esta se habría situado al abrigo del viento y de la lluvia, mientras que dicho cobertizo estaba expuesto a las inclemencias del tiempo por tres de sus cuatro costados. Y, para colmo, ¡mira quién se le había adelantado! Allí estaba ya el vehículo del preceptor del Los Ángeles, que, haciendo ostentación de su puesto de voluntario en el Cuerpo de Ciclistas de East Anglia, al que pertenecía desde que se alistase en la Segunda Guerra de los Boers, había adaptado su particular medio de transporte con una funda de piel para las banderas de señales, un soporte para el rifle y una cantimplora de repuesto. Ocupaba, además de la plaza que le correspondía, tres octavas partes de la contigua, así que al último en llegar, posición que ocupaba Fairly aquella tarde, no le quedaba más remedio que levantar su propia bici y colgarla de un gran gancho de hierro que el portero había colocado en lo alto del muro.

La lluvia le caía a Fairly en cascadas por la cara y se acumulaba en la punta de su nariz antes de caer. Más que a una choza, el cobertizo se parecía a la capota antirrociones del puente de un barco, bajo la cual, como mucho, quizá se pudiera estar un poco más seco que fuera. De una sola zancada, sin embargo, se plantó bajo el Arco del Fundador y de ahí pasó al patio interior, con su gran nogal solitario. Allí, con los firmes muros bloqueándole el paso, apenas se notaba el viento. Con cierta sensación de aturdimiento, como sumido en un sueño, Fairly comenzó a cruzar el césped en diagonal, rumbo a su habitación en el ala noroeste. Una pequeña porción de oscuridad se desprendió de la penumbra que reinaba bajo los árboles. Era el director del college, cuya toga se mecía levemente en la serena atmósfera del patio del Los Ángeles.

El director era ciego. Fairly vaciló. Cabía suponer que, al cabo de trece años en su puesto, se hallaba al tanto de cuanto ocurría en su pequeño college, como en efecto sucedía. Seguramente se había detenido bajo el nogal para intentar averiguar si ese año daría muchas nueces. Era un ejemplar viejo, un Cornet du Périgord, de floración tardía.

Sin embargo, el director dijo, casi sin levantar la voz:

–Este césped es solo para los profesores del college. ¿Tiene usted derecho a pisarlo?

—Así es, director.

–¿Y a quién me dirijo?

–A Fred Fairly.

–Fairly. ¿No tuvo un accidente hace poco?

–Así es.

–¿Chocó contra algo o se cayó de la bicicleta?

–Ambas cosas, diría yo.

–Confío en que no cometiera la imprudencia de ir al hospital.

–Ya estoy bien, director.

–Por favor, tome mi brazo izquierdo.

Había que hacerlo de un modo concreto, apoyando solo un par de dedos en el antebrazo del ciego. Fue este último, no obstante, quien guio a Fairly, despacio, alrededor del gran nogal. El pequeño paseo circular se repitió un par de veces.

–Está usted empapado, Fairly –dijo con serenidad.

–Sí, director. Lo lamento.

–Dígame, ¿ha llegado a alguna conclusión sobre la más importante de todas las cuestiones?

–¿Se refiere a mis creencias religiosas?

–¡No, por Dios!

De un rectángulo de luz que se abrió en una pared surgió la figura del jefe de estudios, que, afectuosamente, acudió a ayudar al director, aunque este no parecía tener ninguna necesidad de ser auxiliado.

–Me gustaría tratar con usted un par de asuntos –dijo el director–. En primer lugar, por algún motivo que desconozco, Fairly está empapado. ¿Dónde se aloja exactamente?

–Creo que en el ala noroeste.

–Por otro lado, me consta que en alguna parte del college hay gatos, gatos muy pequeños. Los oigo con total claridad. Como sucede con cualquier clase de mamífero, empiezan emitiendo unos primeros sonidos de enojo, para pasar, poco después, a un claro maullido de súplica.

–Seguramente provendrán de la cocina –dijo el jefe de estudios–. Hablaré con el encargado.

Como en el Monte Athos, no se le permitía el paso a las instalaciones del college a ninguna hembra en edad fértil, fuese de la especie que fuese, aunque a las estorninas no se las podía controlar del todo. No había camareras ni limpiadoras, ni jóvenes ni viejas. Eran normas ancestrales. Fairly prosiguió su trayectoria diagonal. Al pie de los escalones, se quitó la Burberry, la colgó de la antigua pilastra de la escalera y le dio un par de sacudidas para quitarle el agua. A continuación se dirigió al último piso, donde se encontraba su dormitorio. Mientras subía las escaleras se cruzó con Beazley, el criado. Beazley era un hombre más bien bajo, como todos los sirvientes del college, cosa que llevaba a sospechar que la estatura era uno de los criterios de selección para entrar a trabajar en el Los Ángeles. Fred mantenía con aquel hombre un acuerdo tácito, al que habían llegado cinco años atrás, cuando le admitieron en el college, según el cual el sirviente debía abstenerse de preguntarle si tenía que encenderle la chimenea, pues era perfectamente capaz de decidir por sí mismo si hacía falta. Fairly también le había dejado claro que nunca le subiera nada de la cocina y, por encima de todo, que jamás le indicase si eran urgentes los mensajes que le dejaban en la portería.

–Estos son urgentes, señor Fairly –dijo el contumaz Beazley, yendo tras él y entregándole tres sobres; dos de ellos limpios y otro no tanto.

El college no disponía de instalación de gas, así que Fred encendió su lámpara de aceite, que arrojó un círculo de luz tan sereno como brillante. El fuego de la chimenea ardía como el de un horno, de manera que la habitación se dividía en áreas de calor insoportable o de frío helador, también insoportable. Allí arriba volvía a oírse el viento, que azotaba los cristales tratando de colarse en la habitación, mientras que las tejas de pizarra del tejado se aferraban las unas a las otras, tratando de evitar la caída. Desde el momento de su inauguración, el college jamás había conseguido mantener un nivel de temperatura o de humedad aceptables, pero Fred, que creció en una rectoría, uno de los sitios con más corrientes de aire del planeta, no encontraba razón alguna para quejarse. Colgó las botas, los calcetines, las ligas y el sombrero, como ofrendas al dios Fuego, de la robusta pantalla de bronce que protegía la chimenea. El vapor comenzó a emanar de los húmedos objetos, así como de sus largos pies. Como era demasiado tarde para cenar en el salón, sacó un cuchillo y una hogaza de paz de una alacena y se hizo una tostada. Era consciente de la suerte que había tenido por haber conseguido una plaza en un college como el Los Ángeles.

El primer mensaje era del director. Los renglones se desviaban considerablemente hacia abajo, pero, aun así, la caligrafía era legible. He de pedirle disculpas por haber dicho, o insinuado, hace solo un momento, en el patio, algo que no era cierto. Le pregunté quién era usted, pero, por supuesto, sabía perfectamente quién era. Reconozco las voces de todos los profesores del college. Reconozco también sus pasos, incluso sobre la hierba –en especial sobre la hierba–. Normalmente cruza usted el patio desde el SSO hacia el NNE, pero esta tarde no siguió su ruta habitual. Debe de haber caminado un trecho por el sendero de grava, y eso me confundió. Mi pregunta, me temo, reflejaba en parte la irritación que me había producido dicha confusión.

Al director le gustaba enviar ese tipo de mensajes “en aras de la verdad”, o más bien con el propósito de irse a la cama cada noche con la seguridad de haber subsanado cualquier cosa falsa que hubiera podido escribir o decir durante el día. Para provenir del director, era un mensaje breve. Fred había aprendido a convivir con aquellas personas y, para entonces –al igual que le ocurría respecto al frío de su habitación–, le resultaba difícil imaginar otra cosa.

El segundo mensaje era de Skippey. Debía de haberlo dejado en la portería de camino al Jesús, su college. Decía:

Querido compañero, me parece que antes, en Mill Road, no lograste escuchar lo que trataba de explicarte. Thorpe ha dejado tirada a la Sociedad de los Desobedientes esta noche. Dice que está enfermo. Él lo llama “gripe”, y nosotros lo llamamos “dejarnos tirados”. Es una suerte que ya te hayas recuperado del accidente, porque queremos que intervengas en el debate de hoy. Nos gustaría reclutarte para la oposición. El tema de hoy es: “El alma no existe, nunca ha existido y no sería deseable que existiera”. Charles Reding apoyará la propuesta. La cuestión es que, como ya sabes, es teólogo, y un beato, así que, previsiblemente, dirá que más allá del cuerpo no hay nada de lo que podamos tener certeza, y que el pensamiento reside en la sangre, y esgrimirá todos esos argumentos tan manidos…, y luego tú, Fred, como ateo confeso, tendrás que defender la existencia del alma. Después, vino y pastas. Y, Fred…

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