El reverso de los demás
Argel, principios del siglo XXI. Adel y Yasmine, hermanos, estaban muy unidos cuando eran niños. Han crecido, han cambiado y ya no se hablan.
ADEL
No puedo dormir. Por la ventana abierta no entra nada de aire, solo el reflejo de la luna que proyecta su pálida luz en la habitación. Con la cara tapada por la sábana sollozo sin ruido para no despertar a Yasmine, que duerme en la habitación de al lado. Bueno, que finge dormir: la oigo cuchichear al teléfono. Me pregunto con quién habla. No entra dentro de nuestras costumbres sincerarnos el uno con el otro, al menos no con palabras, solo con miradas. Desde hace algunos meses, Yasmine ha cambiado. Ya no se atreve a mirarme a los ojos y huye en cuanto llego. Antes éramos uña y carne. Debe de saber lo que escondo. ¿Le da miedo? Lo ignoro. No quiero hablar de eso con ella, manchar su inocencia con mi drama, su juventud con mi cólera.
lll
Las lágrimas mojan el pequeño cojín que pica. Desprende un olor raro, un olor a quemado. Debe de ser la lana que contiene. Nunca he entendido por qué mamá rellenaba las fundas de las almohadas con lana de oveja degollada. Tenemos decenas y decenas de almohadas que desempeñarían muy bien el papel. Pero cada año insiste en conservar esta maldita lana que lava varias veces y deja secar al sol durante muchos días. Pero sigamos. Ya son las tres de la madrugada. Tengo que levantarme a las seis, si quiero llegar puntual al trabajo. ¡Mierda de país! Hay más coches que dinares. Tengo que dormir, si no encima pareceré un zombi y Mounira, la secretaria, me preguntará con su mejor tono de treintañera soltera: “Entonces, Adel, ¿ayer también te fuiste de marcha?”. ¡De marcha! ¿Hay algún argelino que use semejante palabra? Además de Mounira, no se me ocurre nadie… Sigue las telenovelas francesas kitsch, habla como los actores, con expresiones tan parisinas que hace que todo el mundo se sienta incómodo. Pero como es más bien mona, el director no la echa. Tener una secretaria guapa que habla un francés irreprochable hace que la empresa parezca respetable. Pensar en Mounira al menos ha servido para que dejara de llorar.
Tres y media. En serio, tengo que dormir. Yasmine ha colgado. Acaba de salir muy despacio al balcón por el que se comunican nuestras habitaciones. En unos segundos, notaré el olor del cigarro que va a fumar. Una vez más, ella sabe que sé, pero fingimos. Para evitar las preguntas, las respuestas, las decisiones. Hacer el avestruz no es para nada descansar, sino que nos permite continuar viviendo bajo el mismo techo sin desviar la mirada todo el rato. Y, además, ¿qué podría decirle? ¿Que no está bien que una chica de buena familia fume? Se reiría en mi cara.
Me doy la vuelta en mi cama pequeña. Las sábanas están húmedas, estoy sudando mucho ahora mismo. Los ruidos de la calle me impiden dormir. Los jóvenes de mi barrio se reúnen todas las noches para fumar un poco, jugar al dominó y rehacer Argelia a golpe de grandes discursos patrióticos. Cuando no hablan de abandonar el país, hablan de morir por él.
Creo que mañana no iré a trabajar. Voy a llamar a mi querida Mounira para decirle que estoy enfermo, que he pillado un virus o algo así, “saliendo de marcha”. Me esconderé en el Edén, mi cafetería preferida. Esta soledad me vuelve loco… o perverso.
Lloro otra vez. Un llanto furioso. Lágrimas de vergüenza y frustración. Me enrosco en posición fetal en la cama caliente. Aprieto los puños cerrados. Noto que mis pies helados se tensan, como si trataran de huir del resto de mi cuerpo. Mis rodillas se aprietan, casi entran en mi vientre lleno de un líquido infecto. Cierro los ojos muy fuerte, como para agujerearlos con mis párpados. Veo relámpagos de colores. Nada. Luego, un agujero de oscuridad.
Del balcón entreabierto llegan destellos de voces y un ruido de latas que tropiezan en la acera. Mañana por la mañana, los niños, de camino al colegio, contemplarán las latas de cerveza medio divertidos, medio aterrorizados, y se preguntarán quién bebe en el edificio.
Tiemblo de fiebre y frío. ¿Pero qué frío puede hacer en Argel en mayo? Es el pánico lo que me hace tiritar. El pánico y el miedo. Tengo ganas de vomitar. No solo la comida y la bilis, sino de vomitar todo lo que mi cuerpo contiene: las tripas, los riñones, el corazón. De vomitarme. Tendría que levantarme, ir al baño, refrescarme la cara, pero no tengo fuerzas. Ni siquiera para cerrar la ventana y dejar de escuchar lo que dicen mis jóvenes vecinos solo un piso más abajo. Las palabras me alcanzan como piedras. Y toc, una en la cabeza. Y tac, otra en toda la cara. Y paf, en el muslo. Meto la cabeza debajo del cojín y lo pego a mis orejas. En un segundo, los gatos empiezan a gritar y a pelearse. Suena una risa aguda y luego el estallido de un vaso. Todo se mezcla en un único sonido graso, pesado, agresivo. Inmenso gusano informe que se desliza por las murallas de mis tímpanos. Me hundo más profundamente en las sábanas húmedas y en mis pensamientos opacos.
Amanece tímidamente. No hay nada más que esperar. Hoy no habrá descanso. Una luz inquieta temblequea en el cielo, resplandor del sol, resplandor de la luna. Los dos astros se confunden. El tictac del reloj apenas es perceptible en el confuso ruido de la ciudad. De repente, se hace el silencio. Los jóvenes seguramente han vuelto a sus casas. Los gatos se callan esperando que los humanos invadan su territorio. Esta calma solo dura unos minutos, el tiempo que dura la transición de la noche al día. Sombras de mujeres y hombres ya comienzan a colarse fuera de las paredes. Me los imagino: los ojos rojos por el cansancio y el paso acelerado. Mis manos se deslizan por el jersey, acarician mi torso lampiño. Una ligera sonrisa estira imperceptiblemente mis labios, sonrisa espontánea, de la que apenas soy consciente. El golpe de una puerta en el pasillo me sobresalta. Trato de relajar mi nuca endurecida por la falta de sueño masajeándola. Paso las manos húmedas por mis cabellos negros. Me tiemblan las rodillas un poco, pero voy silbando al cuarto de baño. El espejo de pie me devuelve mi imagen: la de un tío guapo arrugado. Arrugas de desorden, de tumulto. Mi madre está en el quicio de la puerta. Me arrepiento de no haber cerrado detrás de mí. Intuyo ya sus penetrantes y nerviosos ojos. Cuando me doy la vuelta para darle los buenos días, me escruta con una mirada que me quema en la piel, como si esperara algo de mí. La condena se refleja en sus ojos negros. Cojo un bol azul, lo meto en la bañera llena de agua y me lavo la cara. El agua fría me despierta. Noto los brazos menos relajados, mi cuerpo se endereza. Me afeito con cuidado. La navaja me deja la piel suave. Me pongo en las manos un poco de loción de afeitado con aroma de cítricos y me la echo en las mejillas con golpes decididos. El olor dulce me hace cosquillas en la nariz. Compruebo el brillo de mis dientes, me coloco un mechón de pelo, sonrío en el espejo a mi madre, que todavía está ahí, observándome. Se da la vuelta, desaparece en la cocina. Se oye otra puerta. Yasmine aparece a su vez, me empuja riendo para coger agua y lavarse la cara. Tiene un aspecto estupendo, pero sospecho que no ha dormido más que yo. En todo caso, no hay olor a tabaco que señalar. No sé cómo se las arregla, pero nunca trae ningún olor sospechoso. Le dejo el estrecho baño para ella sola.
En la cocina, observo a mi madre preparar el té. Costumbre familiar poco común la de beber solo té por la mañana. Sus manos viejas, arrugadas y deformadas por la artrosis, juegan un poco con las hojas de menta secas, parecen alisarlas, acariciarlas, darles calor. Retira las que se han ennegrecido antes de echar un puñado en la cacerola de agua, que se ha ocupado de poner a hervir en cuanto se ha despertado. Contempla las hojas ahogarse en el líquido transparente. Me siento incómodo, torpe, como si no estuviera en mi lugar en esta cocina demasiado limpia. Saca vasitos decorados con cruasanes y estrellas, los coloca sobre una pesada bandeja de plata y vierte con destreza el té caliente filtrándolo. Tira las hojas de té mojadas y grasas en una bolsa de plástico. De un armario saca un pastel de chocolate recubierto de azúcar glas, que corta en rodajas gruesas. Dobla las servilletas de tela de cuadros rojos y blancos y las deja cerca de los vasos de té. Nuestras miradas se cruzan. Le dedico una inmensa sonrisa que espero sea franca. Entorna los ojos. Dos minúsculas arrugas aparecen en su terso rostro. Se inclina pesadamente y, para sentarse, se apoya sobre las manos, cuyos nudillos crujen. Para complacerla, mordisqueo un trozo de pastel y trago un sorbo de té ardiendo. El día comienza exactamente según su costumbre.
KAMEL
Con los ojos llenos de lágrimas viene hacia mí. No me muevo. Genial con mi ropa de lujo, me quedo bien recto. Parezco un americano con mis pantalones Diesel, mis camperas y mi jersey Dior. Pongo cara de que ella no me importa. Va a tener que suplicarme si quiere que vuelva con ella. Lo sabe. Buena jugadora, no trata de negociar. Se para a unos milímetros de mí y se pone de puntillas para mirarme a la cara. Lleva un vestido de verano de tirantes finos que deja ver su cuello y el nacimiento de sus pechos. Sus ojos azules me suplican que la tome en mis brazos. Su boca brillante, apenas entreabierta, me pide que me acerque. Intento no sucumbir, mantener el mayor tiempo posible esta imagen cautivadora. Se acerca y pone una mano en mi torso. BOUM. Creo que voy a morir. Se acurruca contra mí. BOUM. Mi corazón explota. “Yo…, yo…”, nada de nada, un corte eléctrico acaba de devolverme a la realidad. ¡MIERDA! Le doy un puñetazo a la tele. La pequeña pantalla negra sigue desesperadamente apagada. Frustrado, cojo una sudadera y mi mochila, que se arrastra cerca del colchón, y salgo sin hacer ruido para no despertar a mis padres y a mis hermanas, que duermen desde hace mucho.
Con el cigarro en la boca, Chakib, un amigo de la infancia, me llama. Apoyado en una farola con la bombilla rota, cuchichea con su teléfono móvil. Él y yo somos como hermanos. A los cinco años compartíamos las copas de helado. A los doce espiábamos a las chicas cuando iban a los baños. A los quince ligábamos con las estudiantes. Hoy, Chakib trapichea a diestro y siniestro. Compra zapatos confiscados en la aduana que revende a precio de oro a los ricos de Sidi Yahia. Su madre cree que trabaja para una empresa privada y que cuenta con el favor de la hija del jefe. Le hago una señal para que abrevie la conversación telefónica, me responde con un corte de mangas. Menos mal que llega Nazim. Estudiante de medicina durante el día, vendedor de muebles por la noche, nos abastece de píldoras, somníferos, jeringuillas, recetas falsas, vendas, medicamentos de todo tipo y botellas de alcohol. Nos conocimos en una comisaría. Una manifestación de jóvenes que acabó mal. Pasaba al lado, completamente colocado. Los jóvenes gritaban eslóganes, no sé cuáles, no escuchaba gran cosa. Y llegaron los polis. Me dio un ataque de risa cuando salieron de sus coches gritando, agitando las porras y rociándonos con gas lacrimógeno. Parecían títeres con los uniformes tan limpios, los colores tan vistosos y los bigotes perfectamente cortados. Nos metieron a todos. Los bigotes… ¡cómo me hacían reír! Traté de coger uno. Entonces Nazim me cogió del brazo y me dijo que me calmara. Así, sin más: “Cálmate”. Tenía un aire suplicante. Por un momento, pensé en acariciarle la cara, pero me contuve y ya no traté de agarrar los bigotes de los polis. Bastante más tarde, Nazim me confesó que ese día había tenido mucho miedo porque llevaba una china grande encima. Chakib guarda el teléfono en el bolsillo. Nos apoyamos en la pared del edificio con la esperanza de que pase una chica, aunque sabemos que a esa hora solo los travestis y las putas se pasean por el centro de Argel.
Enciendo un cigarrillo. Chakib habla de la parabólica, dice que esos cabrones de Canal+ no saben lo que es vivir en Argelia, que pronto los grandes platillos blancos ya no valdrán nada y que habrá que buscar un sueño en otra parte. Le respondo que siempre nos quedará Internet, las copias de las películas a cien dinares en el mercado de Meissonier, las estudiantes inocentes, las frívolas, las putas, el matrimonio, la imaginación. Nazim saca de su bolsillo cápsulas que distribuye con equidad: dos por persona. Tengo las mías mucho rato en la boca y los dos guiñoles que me sirven de mejores amigos se ríen, pero me da igual. Tragármelas de golpe me haría pensar en medicamentos. No se engullen pastillas como si fueran trozos de aspirina. Hay que dejar que se disuelvan en la saliva despacio para tener la impresión de que se infiltran en todos los recodos del cuerpo. Se saborean, como una mujer.
Chakib saca papel de liar y una china y empieza a desmenuzarla. Lía diez cigarrillos y los cierra lamiendo concienzudamente las extremidades. Verle cómo lía el porro hace que me acuerde de la manera en que mis hermanas enrollan los bourek en el Ramadán, cerrándolos con un poco de yema de huevo. Me río al pensarlo. Me imagino a mis hermanas fumando chocolate. Imposible. Ecuación falsa, vuelta a la casilla de salida. Encendemos los porros deprisa. El chocolate se infiltra rápidamente en la garganta.
Se instala un silencio pesado. Me pongo en cuclillas en el suelo y dibujo en el polvo un hombre sin cabeza. Nazim lo borra con la pesada suela de sus zapatillas. Me dejo caer sobre la acera, levanto la cara hacia el cielo, pero no veo más que un montón de balcones, ventanas y antenas blancas. Chakib sigue mi mirada y me señala una silueta al principio apenas iluminada por una débil lámpara puesta en el suelo. Me río burlonamente. Yasmine. Yasmine, que hace salivar a todos los que tienen la desgracia de cruzarse en su camino. Finjo lamerme la boca para molestar a Nazim, que cree que está saliendo con ella, aunque en realidad no es más que un juguetito del que ella se deshará en cuanto se canse. Chakib me señala otro punto. La habitación contigua a la de Yasmine, la de su hermano Adel. Los dos son famosos en el barrio. Por su belleza increíble, está claro, pero también por su extravagancia y su complejidad.
Saco de mi mochila una botella de whisky, que acerco a mis amigos. El alcohol por lo menos tiene el don de desatar las lenguas. Señalar las ventanas y burlarnos no hace que pase la noche.
Nazim abre las hostilidades:
–Kader ha decidido irse. Ha conseguido el dinero que necesitaba. Si llego, haré lo mismo. Ahora estoy seguro de que eso es lo que quiero.
–Lo que se necesita para vivir en el país de los gawri no es seguridad –replica Chakib–, sino euros, EUROS.
–¿Y aquí? ¿Qué crees que hace falta para vivir aquí? ¿Un poco de protección divina, un poco de negocio y una oración?
–¡Exactamente!
–No, gracias. Estoy harto de esta vida. Quiero ir a Europa. Quiero una vida de verdad.
–¿Como en las películas? ¿Crees que allí es así? ¿Un montón de chicas rubias en pantalón corto que te sonríen?
–¡No me importan las chicas! Quiero a Yasmine. Quiero otra cosa para ella, para nosotros. No quiero vivir como un mendigo. Soy joven, puedo trabajar, labrarme un futuro y vivir dignamente. Aquí, si solo eres un ciudadano normal, no eres nadie.
–¿No estás harto de mantener ese discurso de mierda? ¡Tenemos que ayudar a construir el país, no vamos a tirarnos todos al agua como ganado asustado! Argelia nos necesita. Y sobre todo a ti, que estudias medicina. Los rasgos de Nazim se endurecen. Sus ojos, marrones, se vuelven negros. Le aparece una vena en la frente, palpita desesperadamente, como si quisiera hacer entender a su interlocutor que tiene que cambiar de tema inmediatamente. Con una voz glacial, responde: –¡Pero joder! ¿De qué hablas? ¿Construir? ¿El país? Este país no es mío, mi nombre no está en el contrato. Quedarse o irse no cambiará las cosas. ¿Qué hemos hecho nosotros contra las estadísticas durante diez años? Nada. ¿Crees que el problema son los miles de estudiantes que se van? ¡No! Son todos los que se quedan y no hacen nada. ¡Nada! Aparte de beber, fumar porros y vender zapatos robados. Como tú. Como yo. Soy un buen tipo. Creo en Dios. Tengo valores. Solo quiero ofrecer a mis futuros hijos una vida confortable. No quiero que vivan como yo. –Muy bien, entonces, adelante, vete al país de los maricas y las putas, si quieres. ¿Crees en Dios? ¿Tienes valores? ¿Tú? ¿Cuáles son tus valores? Te pasas la vida colocándote y lloriqueando delante de una zorrita que se burla de ti. Puedes hablar de mis asuntos, pero yo al menos soy claro, no trato con esa familia de mierda. Un ruido de postigos cerrándose nos sobresalta. En el primer piso la luz se apaga. Le doy una calada al porro. La noche va a ser larga.



