Lamata
Si alguien preguntase qué tienen en común Charles Bukowski, Truman Capote y Gilbert K. Chesterton, ya tendría respuesta: Miguel Ángel Lamata. Porque en la última película del director, titulada Nuestros amantes, recién estrenada en las salas españolas,
el protagonista (un guionista encarnado por Eduardo Noriega) está obsesionado con escribir una pieza teatral con Bukowski y Capote. Chesterton, por su parte, dialoga habitualmente con Lamata, lector suyo, como también yo, incondicionalmente.
Las referencias a estos y otros escritores y artistas salpican los diálogos de Nuestros amantes con el magistral resultado, no de evidenciar la cultura del director, sino de hacerlos más interesantes e intensos.
En la película, rodada íntegramente en un Aragón que la acoge con naturalidad y belleza, las dobles parejas que componen su elenco y van enhebrando su laberíntico melodrama hablan en tono ligero sobre las cosas más importantes, o que nos importan más, como el amor, la alegría, la fidelidad, la creación artística, el destino, el paso del tiempo... Mientras que, en todo el metraje, por debajo de los flirts, de los gags, de los besos y lágrimas, de las sonrisas de Michelle Jenner y Amaia Salamanca o de las muecas canallas de Fele Martínez y Gabino Diego aflora eso que los ingleses llaman understatement (concepto al que Alfred Hitchcock se refería a menudo), algo así como la esencia de lo que nos gustaría fuese nuestra manera de ser en una sociedad que muta en algunos aspectos y va estableciendo otros como característicos o necesarios. Al pisar esa rica alfombra de sentimientos y emociones, los personajes se yerguen en estatura real, resultan convincentes, representativos. Carlos (Noriega), un escritor en proyecto, en crisis; Irene (Jenner) una especie de Maga a la búsqueda de un nuevo Oliveira. Ambos, con sus exparejas, juegan al amor, proponen aventuras abiertas a la novedad, al futuro, sepultando sus respectivos pasados como en aquel deliberado olvido de Marlon Brando en Último tango en París, cuando se resistía a contarle a Maria Schneider quién era, cómo se llamaba, cuál era su oficio, su número de serie.
Película fresca, profunda, divertida, exquisita, la que Miguel Ángel Lamata firma con trazo limpio, luminoso, enternecedor, amparándose en una imagen impecable y en esos diálogos, marca de la casa, que construyen caracteres con la fuerza de la palabra, sin acelerar la acción ni tirar la casa por la ventana con efectos especiales. Sensibilidad y talento compartido y aportado por otras claves maestras de Nuestros amantes: la producción de Vanessa Montfort, la música de Enrique Bunbury y Roque Baños, más el telón de fondo de una encantadora Zaragoza y los bellos paisajes de Huesca y de un Teruel que aporta, además, el corazón de sus Amantes.
Simplemente, cine.

