La salud del Instituto Cervantes

23 / 01 / 2013 16:47 Incitatus
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El principal motor de la difusión cultural española en el exterior presenta su anuario y se plantea un desafío tremendo: la conquista del continente asiático.

Habla bien el ministro de Exteriores, Margallo. Es raro eso. Los ministros que tienen  propensiones sentimentales (es el caso de este hombre) suelen comportarse, en los primeros meses de su mandato, como niños a quienes se acaba de regalar un ansiado juguete: se ponen contentísimos y dicen cosas, a veces, muy divertidas, lo cual genera titulares en los periódicos. Pero luego cuajan, como el requesón, y ahí es donde empieza a verse si tenían fondo o si eran unos simples tentebonetes. Muchos lo son, demasiados. Pero Margallo presentaba el otro día el anuario del Instituto Cervantes y en la mesa, a su estribor, tenía nada menos que a Víctor García de la Concha, director de la institución y exdirector de la Real Academia Española. Eso, ustedes perdonen por la manera de señalar, acojona a cualquiera que no tenga fondo.

Margallo habló durante un buen cuarto de hora y lo hizo de memoria, quizá con unas notas que no dejaba ver pero sin leer en ningún caso. Se sabía la asignatura. Templado, tranquilo, transmitió un mensaje en el que la idea-fuerza (ahora lo llaman así) más llamativa era la famosa marca España. Y dijo que el principal activo de esa marca era precisamente nuestra lengua.

Tiene razón. El día en que a Gabriel García Márquez le dieron el premio Nobel, una periodista de televisión le preguntó, con el tono voz de quien habla con un santo recién aparecido, cuál era el principal legado que España dejó a las repúblicas hermanas de Hispanoamérica en sus tres siglos y pico de presencia allí. Gabo sonrió con mucha paciencia:

–Pues cuál va a ser: el idioma, la lengua que es la patria común de todos a ambos lados del charco. Si le parece a usted poco...

Dice Margallo que la salud de nuestro idioma es buena. Ya somos 500 millones de hispanohablantes. El español es la segunda lengua del mundo en número de usuarios, después del chino (habría que preguntarse qué modalidad o variante del chino, pero sin duda es verdad), y también la segunda en comunicación internacional, solo detrás del inglés. En Internet es el tercer idioma más usado, después de los dos ya mencionados. Crece como la espuma mientras que otras lenguas como el portugués, el alemán, el japonés o el francés están retrocediendo.

Esto mismo se ve en los extranjeros que estudian nuestra lengua y que se vuelven micos cuando tienen que distinguir entre los verbos ser y estar, algo verdaderamente complicado para, por ejemplo, francófonos y anglófonos. Cada vez más seres humanos en el mundo estudian español, y cada vez menos se empeñan en aprender francés o alemán. Y ahí entra el Instituto Cervantes.

Hay organismos que nacen con mala suerte. El Cervantes se creó en 1991; esto quiere decir que fue el penúltimo de los grandes organismos de difusión cultural basados en un idioma que apareció. Siguió la estela del Goethe, de la Alianza Francesa, del British Council, del Dante Alighieri y sirvió, a su vez, de ejemplo al Camões portugués.

De quién es.

Y nació medio sietemesino porque, nada más proferir los primeros lloros, muchas personas empezaron a disputarse su paternidad o, por mejor decir, su propiedad. Básicamente fueron dos dinastías en guerra sorda: los sucesivos ministros de Cultura y los de Exteriores. El Cervantes, que ahora está presente en 77 ciudades de todo el mundo, fue siempre un asunto muy goloso para promocionar la imagen de nuestro país. Y su actividad atañía, como es evidente, a ambos departamentos.

Ganó el más fuerte: Exteriores. Quienes de esto saben dicen que llegó a haber una agarrada tremenda y literal –de las solapas– entre dos ministros en pleno Consejo, en la época de Zapatero, y que el entonces presidente tuvo que elegir entre el Capuleto y el Montesco: se quedó con el de Exteriores y destituyó de muy mala manera, casi por vía aérea, al de Cultura, al que admiraba de verdad y al que tuvo que dejar, con harto dolor, a los pies de los caballos. Desde entonces ya se sabe qué ministro manda en el Instituto Cervantes. Y se acabaron los alifafes del sietemesino.

Otro mal ha tenido la casa: fue también, casi desde el principio, un sabrosísimo colocadero de amigos. Esa tropelía la cometieron todos los gobiernos, da igual de qué partido fuesen. Si se le debía un favor a fulanito o fulanita, y el recipiendario no daba luz bastante como para ponerlo a iluminar un despacho ministerial con secretaria, el asunto se resolvía con facilidad: se le atizaba un sueldazo, se le enviaba a dirigir el Cervantes de la Quinta Puñeta y ya estaba el favor pagado. ¿Que el nuevo representante cultural de España no hablaba ni media palabra del idioma local? Bah, qué más daba eso. ¿Que aparecía por allí una semana de cada quince, y el resto del tiempo estaba en su casa? Pues oye, pues tendría otras cosas que hacer. ¿Que no tenía ni la más remota idea de cuál era su trabajo, ni sabía para qué servía el Instituto, ni saludó al tal Cervantes más que en el bachillerato? Pues nadie nace sabiendo.

Un sabio insobornable.

Eso, por fortuna, se acabó. Cuando Mario Vargas Llosa declinó la dirección, siquiera honorífica, del centro, Rajoy decidió poner a su frente a un tipo de inmenso prestigio y además insobornable: Víctor García de la Concha, un sabio que, en los doce años que ejerció la dirección de la Real Academia, la puso en el siglo XXI, la lanzó a Internet y acometió la publicación de obras fundamentales. A un tipo como don Víctor no hay quien le cuele amiguetes. Eso lo sabe cualquiera que le conozca. Tiene una capacidad de trabajo ante la cual el famoso Alexéi Stajánov habría parecido más vago que la chaqueta de un guardia, como se decía antes, y está donde está para hacer que la institución funcione como él sabe hacerlo: a todo vapor.

Por eso hay que tomarse en serio lo que el otro día anunciaba, en la antigua sede del Banco Central, el ministro Margallo: ahora hay que conquistar Asia. Ese es el próximo objetivo del Cervantes. Ahora mismo estudia nuestra lengua uno de cada 52.000 chinos (es verdad que hace trece años era uno de cada 900.000), pero el gigante asiático será el primer destino turístico del mundo de aquí a dos años y el primer emisor de turistas dentro de siete. El mercado es inmenso y el desafío también. Pero se dispone de los medios y, sobre todo, de las personas adecuadas: ahora sí. Y pronto veremos cómo funciona el principal motor de la famosa marca España.

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