La pesadilla de Cristóbal Toral
El pintor gaditano imagina al anciano Benedicto XVI secuestrado por el Estado Islámico en un lienzo delirante.
Al espectador menos avezado le costará trabajo adivinar quién es el autor del cuadro porque en él no hay maletas. Cristóbal Toral lleva décadas usando esa metáfora certera del espacio-tiempo, de la inestabilidad de lo que somos y hacemos, pero en esta ocasión no hay maletas. No se trataba de eso.
Agobiado, como estamos todos, por las continuas noticias de ese grupo (exitoso, nutrido grupo) de descerebrados sin esperanza en el futuro que se hacen llamar Estado Islámico (EI), que ni creen en ningún dios ni tienen más aliento que el de la codicia, la violencia y la crueldad por sí solas, el ilustre pintor gaditano se despertó una noche sobresaltado por una pesadilla. Unos bestias del “Estado Islámico” secuestraban y maltrataban al anciano Benedicto XVI. Toral no sabía por qué. Pero la idea se le metió en la cabeza con una intensidad parecida a la de las maletas.
Esa sonrisa
En el pueblo donde tiene su estudio, Manosalbas (Toledo), contrató a dos mozallones como dos castillos a los que vistió de yihadistas. Y a un pariente de uno de ellos, ya mayor, que le cayó en gracia y al que metió dentro de los atavíos pontificios gracias a la ayuda de la sastrería Cornejo; el señorín no se ha visto en su vida en otra como esta.
A la violencia de la escena se añade la enigmática expresión que Toral ha puesto en la cara del papa alemán. Esa sonrisa es de cualquier cosa menos de pureza y sufrimiento cristiano. Nada que ver con las caras de candidez que ponen los mártires en las estampitas. Aquí pasa como en tantas obras de Toral: que hay mucho más de lo que se ve, a poco que uno se pare a observar. Algo que harán, sin duda, los espectadores del museo que logre llevarse este cuadro.


