La muerte contada

19 / 03 / 2013 11:22 Incitatus
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Rosa Montero, con su último libro, ingresa en el reducido club de escritores que han relatado una experiencia terrible: la muerte del ser amado.

Diálogo. Miguel Delibes tardó quince años en escribir ‘Señora de rojo sobre fondo gris’.

No ignoro que el recurso de beber para huir es un viejo truco pero ¿conoces tú alguno más eficaz para escapar de ti mismo? Una copa acartona el recuerdo, pero, al propio tiempo, convierte la onerosa gravedad de tu cuerpo en una suerte de porosidad flotante. Algo parecido a la fiebre (...) Esta forma de energía suele identificarse con la alegría, aunque, por supuesto, no es la alegría. A lo sumo, una energía inferior, improductiva; en caso contrario, yo trabajaría. Pero mi ingenio, si alguna vez existió, se ha agotado; ya lo estás viendo: no soy capaz de embadurnar un lienzo, ni siquiera de sostener un pincel en la mano”.

Leí por primera vez ese párrafo una noche de septiembre de 1999, tumbado en la cama de un hotel de Pedraza de la Sierra. Caí fulminado. Las 150 páginas cayeron de un solo aliento. Alguien había logrado hacer lo mismo que yo pretendía, sin conseguirlo en absoluto, desde hacía cinco años (y así sigo): contar la más brutal tragedia que conozco, la muerte del ser amado.

Miguel Delibes tardó quince años en escribir ese libro breve y brutal, Señora de rojo sobre fondo gris. Habría sido muy hermoso (me da pereza escribir romántico) que durante esos tres lustros hubiese permanecido inmóvil, inutilizado, mirando la puesta de sol desde los pedregales de Sedano. Por fortuna no fue así. Desde que el cáncer se llevó a su mujer, Ángeles de Castro, hasta la aparición de Señora de rojo..., Delibes publicó trece libros entre novelas, libros de viajes y libros de caza, y una enorme cantidad de artículos y ensayos.

Pero tenía que contar cómo fue aquello que le cambió el camino de la vida, y no lo conseguía. Hasta que halló, no puedo saber cómo, el agujero en la pared del dolor: se inventó a un pintor que era él mismo, le cambió el nombre a su mujer y se puso a hablar. Era el pintor quien hablaba. Urdió un larguísimo diálogo en el que la otra persona (la hija) no respondía nunca. Un truco nada más que lejanamente parecido al de Cinco horas con Mario.

Lo consiguió, y cómo. No hay libro de Delibes que yo haya leído más veces (seis), ni que haya anotado más, ni del que haya aprendido tanto, ni con el que me pase lo mismo que con el Quijote: que va conmigo, que crece y evoluciona y encanece conmigo. Es, para mí, el más querido de todos los que escribió.

Pienso en esto al saber que otra escritora que tiene sitio propio en mi estantería, Rosa Montero, ha hecho algo parecido: contar la muerte de la persona amada. Ella ha tardado solo tres años en combatir el mal: su pareja durante 21 años, el periodista Pablo Lizcano, se fue en mayo de 2009. La autora de La función Delta, Te trataré como una reina e Historia del rey transparente se arremangó contra el dolor y lo embistió de frente: en este libro de título terrible, La ridícula idea de no volver a verte (Seix Barral), habla ella, en primera persona, aunque se parapeta detrás de la locura de la científica Marie Curie, a quien el dolor reventó viva tras la muerte de su esposo. Pero es ella. Es Rosa quien logra, debo creer que con un esfuerzo sobrehumano, un libro lleno de luz y de aliento por la vida. A Delibes le ocurrió algo parecido: te ríes muchas veces con aquella Señora de rojo... que daba las gracias en voz alta, sinceramente emocionada, a los catetos que la piropeaban por la calle.

El maldito balcón.

La pregunta es por qué. Por qué hay que hacer eso, vamos a ver. Qué necesidad objetiva hay de relatar una tragedia personal insoportable; por qué hay que colgar en el balcón, para que todos lo vean mientras se seca, ese dolor que uno sabe que no se va a secar nunca del todo, y que sin remedio cambiará el balcón, y la luz que lo azota, y hasta la casa y a quien la habita.

Solo se me ocurre una respuesta: y qué hacer si no. La muerte del ser amado (o de un hijo: el caso de Paula, escrito por Isabel Allende) es una violencia brutal, una canallada, una injusticia absoluta que nos atiza esa hija de perra que a veces es la vida, y es materialmente imposible quedarse quieto. De ahí que uno cambie sus viejas y firmes ideas sobre el pudor, la intimidad, la privacidad y hasta el estoicismo. Cuando te arrean un martillazo en una mano, gritas: es imposible evitarlo.

Sí, es verdad, hay otros martillazos y también son terribles. Cuando la persona amada –larga y profundamente amada, quiero decir– te traiciona, te engaña y te abandona, por ejemplo, el sufrimiento puede llegar a ser espantoso. Pero no es igual: se pasa. El desamor ha producido toneladas de boleros y miríadas enteras de canciones, algunas inolvidables (Ne me quitte pas quizá sea la mejor de todas), pero ninguna sinfonía, ninguna obra maestra de la narrativa ni de ninguna otra cosa. El desamor ha propiciado las rancheras de Chavela Vargas. La muerte de la amada ha dado al mundo el Taj Mahal.

El motivo es comprensible: eso le sucede a todo el mundo, sin excepción, y de esa pérdida te puedes defender. Tienes, como mínimo, el recurso del odio, que es algo que no sirve para nada pero que ocupa muchísimo tiempo hasta que empieza a amainar, por sí solo o por la aparición de un clavo que saca a otro clavo. Pero la muerte del ser amado no tiene defensa posible: es un dolor que no se extingue, que hace su hura en el corazón y allí se queda para siempre, royendo. No mata, pero eso es lo único que no hace: el paciente se acostumbra al parásito y acaba por hallar, gracias al elemental instinto de conservación, otras maneras de ser feliz.

Pero el paciente es otro, lo será ya siempre. Ha cambiado. Es como llevar gafas o tener diabetes: nadie se muere de eso, pero la vida nunca volverá a ser igual. Y una de las maneras de cauterizar ese débil pero constante manantial de sangre es escribirlo. Hay que saber, claro, y hay que tener oficio: decía
 Edward Rorem que “la contaminación de los sentimientos por la técnica de
 la estética los inutiliza como tales sentimientos y los convierte en materia
 de arte”.

Eso es lo que hizo Delibes, eso hizo también Isabel Allende, eso es lo que ha hecho Rosa Montero: hallar el modo de poner una distancia en principio inverosímil, imposible, entre el dolor y el corazón que lo alberga. ¿Enfriarlo? Sí, seguramente sí, pero eso quién lo sabe. Hacerlo sintaxis, palabras, gramática. Suena espantoso, pero qué otra posibilidad queda. Contar la propia y próxima muerte (Chris Hitchens en su último libro) es una atrocidad que pisa la raya del heroísmo. Pero contar la muerte que no nos va a matar, la muerte que nos acompañará ya siempre como una amada llaga, es dificilísimo. Hay que hallar el modo. Rosa Montero lo ha logrado. Puede que sea su mejor libro.

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