La crítica consciente

30 / 06 / 2016 Antonio Díaz
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Todo crítico de cine debería probar a rodar sus propias historias para comprender el proceso de creación.

Una escena de A través del espejo

No existen certezas científicas que demuestren que todos los críticos de cine sean directores frustrados –ese axioma empuñado por cineastas de todo el mundo para exorcizar los juicios negativos a sus obras–, pero de alguna manera todo crítico se pone detrás de la cámara cada vez que escribe una reseña. El análisis profesional de una película requiere una mirada desprejuiciada para poder señalar los aspectos de la narración y de la puesta en escena que funcionan o hacen aguas. Es una lectura subjetiva, por supuesto, pero debe tender a aproximarse a la objetividad empírica, como si el crítico se pusiera en el lugar del director y se imaginara cómo habría sido el filme en condiciones ideales de rodaje y posproducción, sin las innumerables variables que hacen imperfectas a todas las películas (las limitaciones de presupuesto, las intromisiones externas en el trabajo de los cineastas, los errores de casting o los delirios autoriales). Para un crítico, un ejercicio muy sano es probar a dirigir sus propias historias, de modo que pueda conocer de primera mano la psicología, la casuística y la casualidad propias del proceso de creación de una película. Al menos eso es lo que piensa este crítico, periodista, colaborador de la revista TIEMPO y desde hace unos meses también guionista y director.

A través del espejo, ese es el título de mi cortometraje, una producción diminuta a la que la etiqueta low cost le queda grande. Mi equipo y yo hemos rodado con un presupuesto de 1.100  euros recaudados en una campaña de crowdfunding, un dinero que hemos destinado a pagar los alquileres de la localización, de instrumentos técnicos y de las luces, el salario de los dos actores profesionales y el catering para toda la troupe. Si rodar una película es un acto de amor –en términos generales, sin entrar en disquisiciones sobre los productos industriales o comerciales–, levantar un proyecto de estas características es además un acto de fe. De los profesionales que regalan su trabajo porque confían en el proyecto y de los mecenas que aportan dinero porque les interesa la idea que quieres contar. En este caso, una relectura del mito de Alicia en el país de las maravillas ambientada en un futuro en el que un banco ofrece soluciones muy originales a las familias que se asoman al drama del desahucio.

Neorrealismo distópico

A pesar de que el guion se inspira en la distopía de la serie Black Mirror, la estrechez de nuestro presupuesto y la profunda raigambre social del proyecto nos acercaron a otro referente artístico que –habiendo sido rodado en Italia (y en italiano)– estaba más a mano: el neorrealismo, ese movimiento cinematográfico nacido después de la Segunda Guerra Mundial que hizo virtud de la escasez y contó historias protagonizadas por los supervivientes del conflicto, que trataban de salir a flote en medio de la miseria. Durante el delirante proceso de montaje y edición de sonido –que ha durado un mes y medio– bromeábamos con la posibilidad de haber inventado un género híbrido, el neorrealismo distópico.

Ahora, con el corto rodado y preparado para distribuir y participar en diferentes concursos y festivales, reconozco todos y cada uno de los errores que habitan cada toma y cada escena. Y creo estar en una nueva posición para poder ejercer la crítica con mayor precisión y conocimiento de causa. No soy el primero; como yo lo han hecho otros críticos españoles en activo como Jordi Costa o Noel Ceballos, por citar a dos ilustres. Y supongo que a ellos, como a mí, nos gustaría seguir los pasos de Daniel Monzón o Julio Medem, que también comenzaron dirigiendo en las páginas de cine de la prensa. Aunque de momento me conformaría con poder rodar otro en alguna otra ocasión.

 
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