La chispa de Gabo

13 / 07 / 2012 13:50 Incitatus
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Corre el rumor, tan confirmado como desmentido, de que Gabriel García Márquez se apaga en medio de una “demencia senil”. ¿Otro bulo veraniego más?

Gabriel García Márquez

Cuando se murió la abuela Delfina, con casi 94 años, no lloramos ninguno. Los cinco hermanos cargamos a hombros el pesadísimo féretro (parece mentira, con lo poquita cosa que era la abuela; pero ya decía Alejandro Dumas en El conde de Montecristo que con la edad aumenta el peso de los huesos) y la metimos en aquel nicho alto en el que esperaban las viejas cenizas del abuelo Fernando.

No lloramos ninguno, he dicho. Ni mi madre siquiera, que llevaba un cuarto de siglo atendiéndola, desde que empezó a írsele la cabeza (o eso pensamos todos entonces) de aquella manera tan curiosa: la abuela se convirtió en una noria. Cuando estaba arriba le daba por vaciar armarios, cambiaba muebles de sitio, emprendía disparates desproporcionados para su edad y, esto sobre todo, soltaba unos tacos tremendos (jamás, en toda su vida, había pasado del mecachis) al ver en la tele lo mal que jugaba la selección nacional de fútbol, que por entonces dirigía Javier Clemente. Aníbal no llegó a detestar a los romanos con la décima parte de furia que mi abuela destinaba a aquel señor vasco tan impertinente.

Pero luego, en muy pocos días, se precipitaba abajo y podía pasarse meses sentada en un sofá y contemplando, absorta, la línea en que la pared se unía al suelo. Eso era aún peor. Hasta que un médico dijo que lo que le faltaba era litio. Se lo dieron y la Delfi se pasó los últimos años de su vida tan tranquila y tan feliz, como había sido siempre. Luego se murió de viejecita, supongo que por su eterna voluntad de no molestar, en brazos de mi madre.

Y no lloramos porque nuestro sentimiento, en aquella mañana de julio de hace nueve años, era otro. No era dolor sino gratitud. Qué feliz has sido, pensábamos todos mientras aquel inútil del cementerio intentaba tapiar el nicho con ladrillos que no encajaban ni a tiros; qué feliz has sido y qué felices nos has hecho, puñetera. Qué bien lo hemos pasado contigo, cuánto hemos aprendido de ti. Has cumplido larguísimamente, más que de sobra, tu difícil trabajo de querernos y cuidarnos a todos. Eres un hacha, abuela. Gracias. Vete tranquila, que no te olvidaremos nunca. Esa es, a fin de cuentas, la inmortalidad.

Ahora, en estos días, corre por las rendijas de la Red (y ha pasado a los medios de papel) la noticia de que Gabriel García Márquez padece, a sus 85 años, demencia senil. Hay quien dice que ya no conoce a nadie. Su hermano Jaime (yo no sabía que Gabo tuviese un hermano que se llamase así) parece haber declarado que al escritor “se le apaga la chispa”. Otros, sin embargo, lo desmienten todo con muchísima ira y aseguran que no pasa nada, que estamos ante otro bulo sobre el tipo que inventó Macondo.

Yo, ustedes perdonen, me pregunto qué importancia tiene todo eso. En primer lugar, la demencia senil no existe. Usamos esa expresión decimonónica quienes no estamos al tanto de los últimos avances de la medicina, y menos mal porque, según los especialistas, la lista de las variedades del mal de Alzheimer es más larga y complicada que la genealogía de los Buendía.

La puñeta de la marioneta.

No es la primera vez que se reparten por ahí mentiras sobre Gabo. Hace años circuló por Internet un supuesto “testamento” o carta de despedida en la que el genial colombiano admitía que tenía cáncer, que se estaba muriendo y que se iba de este mundo (cito de memoria; era algo así) con la levedad y el amor universal del balanceo de una pobre marioneta en manos del Acaso.

Sí tenía cáncer linfático, pero estaba bien y todo lo demás era mentira. Tanto  que el propio Gabo pudo hacer una de las mejores bromas de toda su vida: dijo que lo que más le jorobaba de aquel infundio no era que alguna gente se diese demasiada prisa en matarlo, que eso allá cada cual, sino que sus lectores creyesen de verdad que aquella imperdonable cursilada de la marionetuela brincante la había escrito él. “Creo que yo lo hago un poco mejor”, dijo, muerto de la risa (hace poco le ha pasado algo parecido a José Luis Sampedro con una impresentable carta a Mariano Rajoy que le han atribuido a él).

Pero la pregunta es: ¿qué sucedería si el rumor que va y viene sobre el supuesto deterioro mental del escritor colombiano fuese, esta vez, cierto?

Sinceramente creo que nada.

Los periodistas, que antes vivíamos de contar la realidad a los demás, ahora vivimos (o al menos eso les pasa a muchos) de exagerarla, manipularla y retorcerle el pescuezo hasta que la crónica nos encaja con el brillante titular que se nos ha ocurrido... o que nos han mandado poner. Eso es todo. Que un señor de 85 años padezca lagunas de memoria, u océanos, y se esté quedando sin chispa, es lo más natural del mundo. No puede sorprender a nadie. Menos que nadie, a su hermano y a sus familiares, que imagino numerosísimos (él lo cuenta en sus memorias), y a sus amigos, que somos cientos de millones en todo el mundo.

García Márquez ya ha escrito, con toda probabilidad, sus obras completas. Le queda por concluir la segunda parte de sus recuerdos, Vivir para contarla, pero juraría que nadie se va a enfadar con él si no lo remata. Estamos ante un hombre prodigioso que ha vivido la vida con una plenitud extraordinaria, que ha sido inmensamente feliz, que ha hecho dichosos a incontables seres humanos y que escribía sin zapatos.

Aún más: no conozco a una sola persona (es posible que las haya, pero yo no sé quiénes son) que odie a Gabo. Ni siquiera Vargas Llosa, con quien se agarró a trompadas hace tanto tiempo que ninguno de los dos se acordaría ya del motivo si no fuese por nosotros, los periodistas. Ni siquiera quienes están en los antípodas de su posición política han podido resistirse al vértigo de leer sus obras, en las que mezclaba lo verosímil y lo imposible con tal maestría que alguien, alguna vez, llegó a hablar de magia, y el término hizo justa fortuna. Él, zumbón, siempre dijo que no contaba más que lo que veía en su Colombia natal y que todo era notarialmente cierto, hasta la ascensión al cielo en cuerpo y alma de Remedios la Bella llevándose las sábanas de Fernanda del Carpio.

Nos enseñó a leer y nos enseñó a escribir. Como decían de su amigo Cortázar, “nos abrió la puerta para ir a jugar”. No es fácil sentir dolor, o angustia, o desgarro, ante el tramo final de la larga vida de un hombre así. Se siente gratitud, lo mismo que con la abuela Delfina. Creo que él, enfermo o no, se sentiría incómodo ante cualquier forma de llanto.

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