Jorge Herralde, cuatro décadas de libros
Lleva cuarenta años editando libros. Su nombre es sinónimo de olfato: se equivoca con los autores muchas menos veces que la mayoría de sus colegas, y eso le ha dado prestigio a ambos lados del Atlántico.
Con su sonrisa enigmática y el aura que desprende, podría ser un mago o druida de los tiempos antiguos. Su discreción, los rumores que su paso levanta, le hacen más enigmático aún. Se sabe que es un docto miembro del sanedrín literario, se le achacan maniobras de maquiavelo moderno. Y sin embargo, en la distancia corta, Jorge Herralde desvela con naturalidad el enigma de su sonrisa que ahora es pícara y revela lo mucho que le divierte vivir. Hombre de suaves maneras, no esconde la verdad tras los velos de la conveniencia. Deja ver con claridad el tesón que ha puesto en su oficio, la pasión con la que siempre ha vivido, y aún vive, su tajante apuesta editorial. El enigma, finalmente, tiene un nombre: inteligencia. Y hasta dos apellidos de linaje: elegante e irónica.
Ha cumplido cuatro décadas al frente de su embarcación en las procelosas aguas del mundo literario. Parece un hombre sencillo. Lo es. Pero se trata del mejor editor de España.
¿Quién iba a decirle que sería prácticamente el único de los antiguos en quedar con la bandera de la independencia bien visible en el mástil?
Anagrama es hoy una editorial señera con cerca de 3.000 obras publicadas y una lista de autores a la altura de cualquier grupo poderoso. El premio Herralde de Novela sigue siendo una referencia insobornable y el Anagrama de Ensayo, una apuesta continua en la vanguardia del pensamiento.
Vocación.
En los años 60 Jorge Herralde era un joven airado en lucha contra la dictadura franquista. Pero su combate guerrillero consistió más en la formación del pensamiento que en la acción directa. No pertenecía a la aristocracia editorial de los Bosch, Janés y compañía, igual que su amiga Esther Busquets, aunque como ella descendía de la gran burguesía ilustrada que arraigó en Barcelona. Estudió ingeniería y comenzó a trabajar en una empresa familiar metalúrgica en la que su espíritu languidecía: “Hice la carrera por respeto a mi padre, pero fui ingeniero de cuerpo presente y mente ausente”.
En otoño del 67 comienza varios proyectos editoriales que no llegan a cuajar “porque con la censura como árbitro implacable, sacar lo que uno quería resultaba más difícil que bailar el hula-hop”. Aunque cintura sí debía de tener, porque finalmente coló muchos títulos impensables para aquella censura desmañada y torpe con todo lo que no fuera atentar contra lo católico, la decencia o el caudillo. En un año, le desaconsejaron 39 títulos.
En abril del 69 creó Anagrama. “Eran tiempos muy difíciles para la edición, pero también muy intensos. La oposición al régimen era muy activa, había constantes reuniones, iniciativas. El Mayo francés reforzó el interés intelectual y la ley de Fraga hizo posible cierta apertura en la libertad de expresión. En ese caldo de cultivo surgieron un puñado de editoriales rompedoras”.
A la suya le puso Anagrama, por el título italiano Senso y Anagrama. “Me gustó la palabra y lo que significa: el símbolo, su capacidad de síntesis”. Y se lanzó: “Decidí publicar por las bravas en vez de mandar el original a la censura previa. Esta opción era más arriesgada, porque la policía podía secuestrar la tirada. Entre los primeros que saqué coló uno muy crítico de Jacques Vergé, pero me secuestraron uno de Vicente Verdú bastante inocente”.
Comienza un estilo.
“Al principio hubo un predominio del ensayo político en todo el pantone de la izquierda heterodoxa. Lo agrupaban tres colecciones: Argumentos, Documentos y Cuadernos. En 1973 puse en marcha el premio Anagrama de Ensayo y al final de la década hubo una extensión a cuestiones de la vida cotidiana con énfasis en el feminismo, la libre vivencia de la sexualidad o el uso maduro de las drogas.
Esos fueron los pilares. Otras editoriales hermanas montaban sus colecciones: Carlos Barral enfilaba proa hacia el horizonte narrativo; Esther Tusquets sacaba adelante Lumen mientras su hermano y Beatriz de Moura ponían en pie la impecable editorial Tusquets. Con ellos, más el Grupo 62 de Castellet (en castellano, Península), Laia, Fontanella y Cuadernos para el Diálogo, formó la distribuidora de Enlace, que consiguió mucha presencia en las librerías. “La lucha contra la censura se convirtió casi en un deporte, en un más difícil todavía, como en el circo. Entonces los editores éramos más cómplices que rivales”.
La turbulenta primera mitad de los setenta dio paso a cambios drásticos a los que Herralde, chico aplicado, no fue ajeno. Hay que reconocer que una de las claves del triunfo de este forjador literario es haber estado siempre a la altura de los tiempos. La Transición acabó con los afanes revolucionarios. La posmodernidad introdujo relajación en la rigidez de costumbres y la libertad como ejercicio. “La doble crisis económica, la evolución política y el fenómeno underground provocaron, a comienzos de los 80, un cierto desencanto lector que motivó el abandono de la literatura política”.
El sello definitivo.
“A la necesidad, virtud”, pensó don Herralde. A la disminución del ensayo le sucedió el incremento de la narrativa. A los contactos y estrategias con sus colegas catalanes se sumaron las relaciones con editores independientes europeos para traducir la mejor literatura: Gallimard y Minuit en Francia, Feltrinelli en Italia, Hanser y Wagenbachen Alemania. Y por encima de todo, el descubrimiento o captura de autores fundamentales en España y en el mundo, que es la labor primordial del editor auténtico. No vamos a hacer aquí relación de sus muchos autores fundamentales, de Auster a Borroughs, que fueron la vanguardia que tiró del fabuloso ejército de Anagrama.
Herralde ha primado más las colecciones que los autores en su entramado editorial, como aconsejan los principios racionales del enciclopedismo ilustrado y la hermeneútica. Yerra quien sostiene que esta es una política cicatera con el autor, orientada a mermar sus ganancias en favor de la editorial. Desde luego es cierto que Herralde nunca ha pagado los cuantiosos adelantos que los grupos poderosos han ofrecido a los autores de éxito en tiempos de bonanza. No lo puede hacer una editorial independiente con un sello de calidad exigente que nunca la convertirá en expendedora para las masas.
“¿Mi fórmula? Un equilibrio entre calidad por encima de todo, política de autor (seguimiento exhaustivo de los autores más dotados), búsqueda de nuevas voces y competitividad comercial”. Supo descubrir a escritores tan valiosos como Álvaro Pombo, Javier Marías, Vila-Matas o Roberto Bolaño. El último, uno de sus logros más queridos, murió y los otros tres se fueron con la competencia. Sucumbieron, naturalmente, al señuelo jugoso de los adelantos millonarios.
“Así es la vida”, responde Herralde cuando se le piden más explicaciones. No le abandona su sonrisa de mandarín ni las suaves maneras que revelan un espíritu exquisito y bastante satisfecho. Se lo ha ganado.



