Whigs, caníbales y vándalos
Londres, 1863. Richard Burton, descubridor de las fuentes del Nilo, funda el Cannibal Club.
El joven con acento de clase alta hizo la reserva con nombre falso, porque nunca habrían admitido a aquel grupo. Ocuparon un comedor reservado del White Hart, uno de esos pubs ingleses que son monumentos del patrimonio nacional, una casa del siglo XV con soberbio mobiliario y renombrada cocina, pero según iban cayendo las botellas el banquete se convirtió en pandemónium y empezaron a romperlo todo. El dueño llamó a la Policía, aunque los jóvenes intentaron resolverlo añadiendo 500 libras en efectivo a la factura.
En aquel pueblecito de Oxfordshire no tenían celdas para todos, de modo que encerraron a los cuatro más borrachos, entre los que estaba el que llevaba la voz cantante. Resultó ser “el honorable” Alexander Fellowes, sobrino carnal de la entonces princesa de Gales, lady Diana, y general (presidente) del temible Bullingdon Club, un dining club (sociedad de cenas) de Oxford célebre por sus vandálicos destrozos.
El dining club es una institución peculiar del tradicional way of life inglés que apareció cinco siglos atrás. Según la casuística se distingue del gentleman’s club en que no tiene un local propio, sino que se reúne en restaurantes, hoteles o pubs para realizar su actividad social, cenas y debates. El más antiguo fue el Kit-Kat Club, sucesor al parecer de una Orden del Brindis, alegre grupo de bebedores que se reunía a brindar por las bellezas de moda a finales del XVII. Sin embargo, como otras sociedades inglesas aparentemente triviales, tuvo un papel en la Historia de Inglaterra, pues su origen está en realidad ligado a los ideales de la Gloriosa Revolución de 1688, y tuvo protagonismo en la promoción del partido Whig (Liberal) y sus objetivos: Parlamento fuerte, limitación del poder del rey, enfrentamiento con Francia y no admitir a un católico en el trono.
En 1705 se le unió el Beefsteack Club, que compartía con el Kit-Kat la ideología liberal y la vocación literaria. Pero además esta dining society reverenciaba como objeto de culto al filete de buey que le daba nombre, paradigma del patriotismo entre sus socios, pues veían encarnados en él los conceptos de “libertad y prosperidad” del partido Whig. El simbolismo patriótico de comer buey parece una extravagancia inglesa, y lo cierto es que el más antiguo y señero cuerpo de la Guardia Real, encargado de proteger las joyas de la corona, es conocido como Beefeaters, comedores de buey.
Aunque el primitivo Beefsteak Club desapareció relativamente pronto, sus ideales fueron mantenidos por varios otros de parecido nombre, entre los que destacaría la Sublime Sociedad del Beefsteak, a la que se apuntó el príncipe de Gales y luego el rey Jorge IV. Esta afiliación real es índice de que los dining clubs se convirtieron pronto en centros de poder, pues reunían a la aristocracia, la clase política y la intelectualidad de la época.
El ideario whig de libertad y prosperidad de los primitivos clubs de cenas hallaría su contrapunto en los esperpentos y actitudes antisociales de algunos como el Bullingdon Club citado al principio. Fue creado en Oxford en 1780 como club de cricket y caza del zorro, pero al cabo de un siglo el carácter de sociedad de cenas desplazó al deportivo. Eran cenas muy especiales llamadas “Bullingdon blind” (blind, ciego, alude a la fenomenal borrachera que se hizo obligatoria).
El alcohol en los jóvenes les llevaba al gamberrismo, y convirtió en ritual el trashing, destrozo del local, seguido del religioso pago al contado de los daños. En 1895 el trashing alcanzó notoriedad nacional cuando los bullers (miembros del club) rompieron 468 ventanas del siglo XVIII del colegio Christ Church. La universidad prohibió sus reuniones durante 15 años, pero eso –o pasar alguna noche detenido– lo hacía aún más atractivo para los señoritos de Oxford. Y no estamos hablando de señoritos de medio pelo, pues entre los bullers figuran los reyes Eduardo VII y Eduardo VIII de Inglaterra, Federico IX de Dinamarca y hasta ¡un rey de Siam! La clase política está bien representada en el Bullingdon, desde el padre de Churchill hasta el actual primer ministro David Cameron, o el hasta ahora alcalde de Londres Boris Johnson (véase la foto), y el mundo académico, por el hispanista Raymond Carr, premio Príncipe de Asturias.
Cenáculo morboso
Aún más escandaloso que el Bullingdon sería el diner club fundado en 1863 por el famoso explorador Richard Burton, descubridor de las fuentes del Nilo, que le dio un nombre avieso: Cannibal Club. No es que se comiera carne humana, pero los miembros del club participaban de un morboso interés por los aspectos más salvajes y repugnantes de los pueblos colonizados por el Imperio británico: sacrificios humanos, cultos fálicos, ablación del clítoris, fetichismo y antropofagia. Burton era un adalid de la teoría poligenista, que sostiene que no hay un origen común para la humanidad, sino varios diferentes para las distintas razas, una justificación seudocientífica para el racismo.
El Cannibal Club, cuyas cenas presidía, a modo de tótem, la figura de un negro royendo un hueso humano, sería considerado hoy el sumun de la incorrección política, aunque no era solamente un cenáculo de racistas, era también una especie de núcleo antisistema cuyas orgías desafiaban el puritanismo y las convenciones de la época victoriana. Allí se reunía una pandilla de personalidades brillantes pero estrafalarias, deseosas de escandalizar, como el político republicano Charles Bradlaugh, elegido varias veces para la Cámara de los Comunes, que tras cada elección se negaba a jurar lealtad a la Corona e iba a la cárcel, o el polémico juez sir James Plaisted Wilde, cultivador de rosas y defensor de la teoría de que Shakespeare no escribió sus obras, o el poeta Algernon Swinburne, que escribía sobre lesbianismo y sadomasoquismo para horror de la gente decente. Porque no hay que olvidar que una de las razones de ser del Cannibal Club de Burton era cubrir un mercadillo de pornografía para gentlemen.


