Los románticos inventan la España de pandereta

09 / 10 / 2006 0:00
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Venían buscando bandoleros, les parecía magnífica la pobreza y disfrutaban con lo más morboso. Para la sensibilidad romántica no había nada tan seductor como el viaje por España.

07/08/06
Los españoles desayunan una jícara de chocolate, comen un ajo mojado en agua y cenan un cigarrillo”. Eso le habían advertido a Théophile Gautier antes de emprender su viaje a ese país tan “salvaje” y extraño, pese a ser vecino, que era España.
Cruzó por tanto la frontera lleno de aprensiones, aunque decidido a sacrificar su estómago a cambio de la fuerte experiencia que suponía un viaje por España. En la primera posada española en la que se detuvo, sin embargo, encontró una agradable sorpresa: le sirvieron un cocido de tres vuelcos, la sopa, los garbanzos y verduras, y las carnes. Era el plato nacional que iba a encontrar “de Irún a Cádiz”, y le pareció magnífico. Pero es que tras el cocido le pusieron pollo, truchas, merluza, cordero asado, espárragos, ensalada, almendras tostadas y quesos.
La realidad española no tenía nada que ver con la idea de nuestro país que atraía a los románticos. Es cierto que España se había quedado atrasada respecto a la Europa más desarrollada tras la catástrofe de la Guerra de Independencia y guerras civiles que la siguieron. También que había elementos pintorescos únicos, empezando por los toros, pero ni estaba en la Edad Media, ni era África.
Gautier revela con candidez los estereotipos con que vienen los jóvenes románticos. En Vitoria, la primera capital que encuentra, acude al teatro a una función de baile español. El espectáculo es ínfimo, y llega a la conclusión de que donde se ve el buen bolero español es en París.
Pero el Romanticismo, con su búsqueda de emociones, su exaltación de los sentimientos, había decidido mitificar a España, paraíso e infierno delicioso para escritores, artistas y enamorados, lleno de majas, de toreros y de bandoleros.
Bandoleros: mito y realidad
Los bandoleros son la gran atracción y la gran frustración. Nunca aparecen. Mérimée, el autor de esa gran españolada que es Carmen, confiesa “casi con vergüenza”que ha recorrido toda Andalucía sin que le asalten. Da como justificación que vestía ropas viejas y no tenía aspecto de llevar dinero. Pero eso no es excusa, porque como bien sabe Benjamin Disraeli, que antes de dedicarse a la política pretende ser escritor y viene a España tras las huellas de lord Byron,“si llevas menos de 16 dólares, te matan”. Por supuesto, él tampoco tiene la suerte de ser asaltado.
Más afortunada es Madame de Brickmann, una temeraria viajera francesa que recorre España sola y presume de haberse topado con “el famoso bandolero Mella”. Pero tampoco la atraca, porque es amigo de su guía andaluz, según alardea éste ante la ingenua turista.
El bandolerismo, una auténtica desgracia para los españoles que lo soportan, es una utopía para los extranjeros en busca de emociones. El bandolero es, en su visión, un trasunto del guerrillero de la Guerra de Independencia, que los ingleses han conocido como amigo y los franceses como enemigo, pese a lo cual les fascina. Es el hombre valiente, feroz, cruel y noble que representa el supuesto primitivismo de España.
El atraso, la pobreza, les encanta a esos hijos de familias burguesas aburridos de su bienestar. Washington Irving, cuyos Cuentos de la Alambra darán a conocer la España de pandereta en el mundo anglosajón, dice que “para el español, pobreza no es desgracia. La lleva consigo con un estilo grandioso, como su remendada capa. Es un hidalgo incluso en harapos”.
Gautier, en cambio, anota que cuando uno alaba las bellezas de España, “los españoles se excusan por no tener aún ferrocarriles, fábricas movidas por vapor o alumbrado de gas”. Es muy distinto ver las cosas desde dentro.
En lo que todos, extranjeros y españoles, parecen de acuerdo es en el gusto por los toros. El dramatismo del momento de la verdad, cuando el torero entra a matar, “vale por todo el teatro de Shakespeare”, según Gautier. Los gitanos, en cambio, provocan división de opiniones. No les gustan nada a Alejandro Dumas, que viene a España en la cúspide de su fama para escribir un libro de viajes que se espera atraiga muchos turistas, y recibe en pago adelantado la Orden de Carlos III. Llega a Granada y quiere una juerga en las cuevas del Sacromonte “con gitanos de verdad”, pero los encuentra sucios y soeces.“ Tengo lo que pedí”, reflexiona.
Morbo
Otros son más morbosos. En su libro sobre España, Mérimée dedica un capítulo a describir una sangrienta corrida. ¿Cómo mantener el nivel de sensacionalismo en el siguiente capítulo?, se pregunta: con una ejecución. En Valencia va a presenciar un ahorcamiento, que le deja encantado, porque está rodeado de liturgia, frailes, imágenes en procesión... Seguramente responde a la idea que el escritor francés tiene de la Inquisición, ese horror tan español, lamentablemente –para el turista– desaparecida.
El reo va vestido de hábito, lleva un crucifijo entre las manos atadas y marcha al patíbulo montado en borrico, mientras unos capuchinos van pidiendo limosna para misas por su alma, lo que genera una solidaridad con el criminal que sin duda le hará más llevadero el tormento. Habría que preguntarle a él. En todo caso el autor de Carmen llega a la conclusión de que la justicia es más humana en España que en Francia, y comprueba que los presidiarios conservan aquí una dignidad que se pierde en las cárceles francesas.
Con todos sus prejuicios y sus tópicos –en Cádiz “Fígaro está en cada calle”, escribe el joven Disraeli–, su distorsión de la realidad y su gusto morboso, los viajeros románticos crean una imagen seductora de España y son los adelantados del turismo en nuestro país, aunque también sean los nefastos creadores de la España de pandereta.“¡ Ay, señor –le dice un sastre granadino a un escritor francés que se encarga un traje de majo– ahora los trajes españoles no los compran más que los ingleses!”
Todos escriben
El crítico
Hay cientos de libros de viajeros románticos. Casi todos dan una visión idealizada y entusiasta de España y su gente. La excepción es Richard Ford, un rico “gentleman” inglés que entre 1830 y 1833 recorre hasta el último rincón del país. Su “Hanbook for travellers in Spain” (1.000 páginas, 140 itinerarios, extenso índice) establece el modelo de guía clásica, pero está lleno de descalificaciones y desprecios. ¿Por qué se quedaría tanto tiempo en España?
Masoquistas
Hans Christian Andersen, el famoso cuentista danés, nos da quizá la clave. Empieza su “Viaje por España” contando que las diligencias españolas son cajas de tortura con sólo una portezuela a un lado; si vuelcan de ese lado es imposible salir “y vuelcan siempre”. Lo cuenta con evidente regusto, porque el masoquismo es un elemento de la sensibilidad romántica. Vienen a España a sufrir, porque la vida cómoda en sus países les aburre.

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