Lady Atholl, una duquesa entre rojos
Unos venían a luchar, otros en misión política y a otros les atraía la curiosidad morbosa o la fascinación por la Guerra Civil española.
21/08/06
"¿Por qué diablos no me traen chicas guapas?”, dijo el general Miaja cuando le presentaron a la delegación de damas inglesas, y añadió mirándolas torvamente: “Si se empeñan en convertirme en una estrella de varietés, lo menos que podían hacer era traerme regalos, una ametralladora o un avión”.
La visita al que la prensa internacional llamaba “el defensor de Madrid”en su búnker subterráneo de la Alameda de Osuna se había convertido en efecto en una de las atracciones que se ofrecía al turismo de guerra en la España republicana.
El grupo que tanto fastidiaba a Miaja era un significativo ramillete de turistas bélicos. Se trataba de cuatro inglesas maduras y no precisamente de una gran belleza, aunque eran gente a tener en cuenta. Rachel Crowdy era una importante funcionaria de la Sociedad de Naciones, donde había dirigido la lucha contra la trata de blancas y el tráfico de opio.
Las otras eran diputadas de la Cámara de los Comunes. Muy distintas entre sí, las unía la lucha contra la política de no intervención del gobierno inglés, que de hecho abandonaba a la República Española ante las agresiones de la Italia fascista y la Alemania nazi. Eleanor Rathbone, procedente de la clase media, era la única diputada que en aquellos tiempos se declaraba explícitamente feminista. Ellen Wilkinson, llamada Ellen la Roja, de clase obrera, se distinguía por su militancia de extrema izquierda y pacifista. Se convertiría en la primera mujer ministra de Educación, en el gabinete laborista de la posguerra.
Pero la más notable era la organizadora y voz cantante de aquella visita a la España republicana, Katherine Marjory Murray- Stewart, duquesa de Atholl. Lady Atholl era diputada conservadora, como no podía ser de otra forma en alguien de su rango. Por nacimiento venía de una familia con señorío feudal desde 1232, y se había casado con uno de los más rancios aristócratas del Reino Unido, el duque de Atholl, que acumulaba 17 títulos de nobleza y era ayudante de campo del Rey.
Señora feudal
Cuando lady Atholl oyó los exabruptos de Miaja, aunque no entendía una palabra de español, le dijo riéndose a la azorada intérprete: “Me figuro lo que dice, sé como hablan los generales por mi propio marido”. Su marido, además de general del ejército británico, tenía –y aún tienen sus herederos–, en sus dominios del castillo de Blair, el único ejército feudal que queda en Europa, un regimiento privado llamado Atholl Highlanders.
Lady Atholl había escrito un libro denunciando la dictadura de la Unión Soviética, pero no se quedaba en el ciego anticomunismo de los de su clase, sino que era una sincera y eficaz militante contra todos los totalitarismos, del signo que fueran. Se tomó el trabajo de traducir al inglés el Mein Kampf de Hitler para que sus compatriotas pudieran conocer la catadura del Führer, e hizo campaña contra la invasión de Abisinia por Mussolini.
Su carrera política había sido brillante, convirtiéndose en la primera mujer miembro de un gobierno conservador en 1924, y fue también pionera en la denuncia de la ablación del clítoris que sufrían las muchachas africanas.Todo un personaje la duquesa de Atholl, según nos cuenta en La forja de un rebelde Arturo Barea, que fue su guía oficial en el “Madrid bajo las bombas”.
Barea, que trabajaba en la Oficina de Censura, no solamente tenía que controlar a los corresponsales de guerra extranjeros, sino también al turismo de guerra, un nuevo concepto, como tantas cosas surgidas en la Guerra Civil española, acuñado por el diario inglés Daily Express.
“Introducción al general Miaja en las bóvedas de su cueva mohosa; una excursión a través del barrio de obreros de Cuatro Caminos y Tetuán con sus casitas destrozadas y del barrio de Argüelles con sus ruinas vacías; una ojeada al frente desde algún sitio relativamente seguro”, ése era el programa básico que les organizaba Barea.
Había dos clases principales de turistas, los políticos y los intelectuales. Los primeros, aparte de las misiones que trajesen de sus gobiernos o partidos, venían porque España era el principal escenario de la política mundial. Aquí se estaba librando el primer choque entre el nazi-fascismo y las democracias, que prefiguraba la II Guerra Mundial. La leyenda dice que un Kennedy casi adolescente vino a ver la Guerra Civil, pero quien es seguro que fue invitado de la República fue el joven Nehru, que se convertiría en padre de la India independiente y estadista de talla mundial.
Los intelectuales, aparte de simpatizar con la causa, buscaban casi siempre su realización personal, la emoción de una lucha épica, la excitación de saberse en el epicentro del mundo. Su diletantismo y su ingenuo izquierdismo no caían demasiado bien entre los españoles que estaban jugándose el porvenir. Tras la celebración de un congreso internacional de escritores en 1937, Azaña comentaba en su diario: “El congreso no ha valido nada... le cuesta un dineral al Estado”.
Imagen
Sin embargo a la República no le quedaba más remedio que traer a personalidades de la esfera internacional para contrarrestar la mala imagen que había provocado la anarquía de los primeros tiempos. Los asesinatos por los milicianos de miles de curas y burgueses, la quema de iglesias que sucedió al alzamiento militar del 18 de julio, les habían proporcionado justificación a los rebeldes ante el mundo.
Por eso, en el programa específico de una gran dama de derechas como era la duquesa de Atholl, se incluyó la asistencia a un servicio religioso en la iglesia protestante de las Calatravas, para demostrarle que una vez que el Gobierno retomó el control, ya no había persecución religiosa en la España republicana. Incluso participó en el oficio “un grupo de jóvenes milicianos cantando himnos”.
También la llevaron al palacio de Liria, la mansión de su amigo el duque de Alba, embajador de Franco en Londres, para que viese que no había sufrido el saqueo de los rojos, sino que había sido bombardeado por los franquistas.
La visita de Atholl tuvo sin embargo momentos de riesgo. Las damas inglesas fueron llevadas al Hotel Florida, en plena Gran Vía, el favorito del turismo de guerra. Habían preparado el almuerzo en la habitación de Barea, pero ellas quisieron comer con todo el mundo en el bullicioso sótano, para conocer “el ambiente”. Fue una feliz idea, porque a media comida una bomba cayó en el cuarto de Barea. “Le hemos salvado la vida”, le comentó la duquesa al rojo escritor.



