La única batalla de Felipe II

31 / 08 / 2011 10:27 Luis Reyes
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San Quintín (francia), 10-27 de agosto de 1557 · Las tropas españolas derrotan de forma aplastante a las francesas. Felipe II asiste a la campaña.

El día de San Lorenzo dicen que es el más caluroso del año, porque se conmemora a aquel mártir asado vivo en unas parrillas. Desde luego fue caliente para los franceses el San Lorenzo de 1557, cuando su ejército fue destrozado por una fuerza invasora española que avanzaba hacia París.

El encuentro tuvo lugar en San Quintín, una población fortificada del Norte de Francia que hacía de obstáculo en la ruta hacia la capital, y tuvo dos fases. El 10 de agosto fue la batalla campal entre españoles y franceses, y tras la aplastante derrota de estos se produjo el asalto a San Quintín, que duró varios días y terminó también con victoria española. Aparte de las importantes consecuencias históricas que explicaremos, San Quintín es famosa porque fue la única vez en que Felipe II acudió a un campo de batalla, recuperando brevemente la imagen del rey-guerrero medieval que había cultivado su padre (véase recuadro).

San Quintín tuvo lugar en circunstancias muy especiales. En primer lugar Felipe estaba casi recién estrenado como rey de España, pues su padre Carlos V (Carlos I de España) había abdicado el año anterior. Curiosamente, Felipe subió al trono de España cuando llevaba fuera del país desde 1554. La razón de esta prolongada ausencia es que antes de ceñir la corona española Felipe II era ya rey, de Inglaterra, por su matrimonio con María Tudor.

Durante tres años Felipe residió entre Inglaterra, donde se había tomado en serio su papel de cosoberano, y los Países Bajos, donde tuvo lugar todo el complejo proceso político de traspaso de las múltiples soberanías de Carlos V a su hijo. Por esta razón, cuando estallaron las hostilidades con Francia Felipe II estaba en Bruselas, muy cerca de lo que sería el teatro de operaciones bélicas.

Carlos V había estado en guerra intermitente con los franceses durante todo su reinado, disputándose Italia. La última tregua había sido rota por Enrique II de Francia al enviar tropas en apoyo del Papa Julio IV, en guerra con los españoles. Felipe II, ahora al frente de los destinos de España, decidió que la mejor respuesta a la ofensiva en Italia sería atacando el corazón de Francia, París.

París amenazado.
La capital gala queda muy lejos de la frontera española, pero muy cerca de la de Flandes, donde el nuevo monarca tuvo los largos meses de mal tiempo, en los que no se podía emprender una campaña, para preparar su plan. Lo primero era conseguir medios económicos para sostener la guerra y, una vez que se lograra el dinero, levantar un ejército. Valiéndose de su condición de rey de Inglaterra, y del amor entregado que María Tudor sentía por su marido, logró tanto fondos ingleses como 7.000 soldados de ese país, que se unirían a la usual amalgama de nacionalidades de los ejércitos españoles de la época, donde las tropas españolas eran siempre una elite minoritaria.
El ejército reunido en Flandes invadió Francia en lo más caliente del verano de 1557. Como era usual iba bajo las órdenes del gobernador español de los Países Bajos, el duque Manuel Filiberto de Saboya, Cabeza de Hierro. Era un militar experimentado, soberano de un pequeño estado, pariente y protegido de la monarquía española. Sin embargo, Felipe II no podía dejar pasar la ocasión de respirar el humo de la batalla, que tenía tan cerca. No hubiera sido digno de un rey joven renunciar al bautismo de fuego. De modo que vistió la magnífica armadura llamada de San Quintín, con la que le retrataría tras la batalla Antonio Moro, y se fue a la campaña al frente de la reserva, 18.000 hombres que debían reforzar los 42.000 de Cabeza de Hierro.

Cuando llegó al frente había tenido lugar ya la batalla principal, un auténtico desastre para Francia cuya magnitud se deduce de la desproporción de bajas: los españoles sufrieron 300 bajas, los franceses 6.000, más otros 6.000 que cayeron prisioneros, con toda la artillería y 50 banderas. Entre los prisioneros había un millar de nobles, incluido el jefe supremo francés, el condestable de Montmorency, y varios príncipes.

Cabeza de Hierro quería continuar hacia París, pero Felipe II tomó el mando efectivo, como comandante en jefe nato que era, e impuso su criterio de tomar primero la plaza fuerte de San Quintín, para no dejar tras de sí una amenaza sobre sus líneas de suministro. Eso llevó varios días, hasta el 27 de agosto, con lo que se perdió la ocasión de llegar a París fácilmente, en un momento en que el ejército francés estaba en desbandada. Algunos historiadores creen que fueron las sempiternas dificultades económicas, la falta de fondos para prolongar la campaña, lo que motivó el frenazo impuesto por Felipe II. En todo caso, cuando la noticia le llegó a Carlos V, que estaba retirado en el monasterio de Yuste, criticó la decisión de su hijo. La oportunidad de llevar la humillación al máximo, ocupando la capital francesa, se demoraría 33 años.

Las consecuencias.
La victoria española en San Quintín tendría consecuencias históricas. La más evidente para nosotros es el monasterio del Escorial, la obra magna del Renacimiento español, que Felipe II mandó construir como un acto votivo en agradecimiento al Cielo por el triunfo. Por eso se lo dedicó a San Lorenzo, en cuyo día fasto se había dado la batalla, y el plano de la construcción sigue el esquema de la parrilla en la que fue quemado el mártir.

Desde el punto de vista político, San Quintín, y luego otra victoria española en Gravelinas, marcarían las relaciones entre España y Francia por casi todo lo que quedaba de siglo. La paz de Cateau-Cambrésis, con la que terminó la guerra, reconoció definitivamente la hegemonía española sobre Italia –la causa del enfrentamiento hispano-francés desde tiempos de Fernando el Católico- y, aunque no se recogiera expresamente en el tratado, supuso el control español de la política interior francesa por casi cuatro décadas, que culminaría en la ocupación de París por un ejército español entre 1590 y 1594.

Y además tuvo esa consecuencia que aparece en los cuentos, el vencedor se casó con la bella princesa. Felipe II, ya viudo de María Tudor, tomó por tercera esposa a la hermana del rey francés, la hermosa e inteligente Isabel de Valois, con la que viviría eso tan raro en la Historia pero imprescindible en la literatura: una auténtica historia de amor.

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