La muerte del ‘Gatopardo’
El príncipe de Lampedusa logró en realidad sobrevivir a la muerte; alcanzó la inmortalidad gracias a su magistral única novela, “El Gatopardo”.
20/07/07
Vivió como su personaje, como un aristócrata del viejo estilo, distante, discreto, improductivo, un miembro de la nobleza española de Sicilia que había heredado el legendario orgullo de los Grandes de España.
Nunca tuvo un trabajo remunerado, pero como uno de los mejores –aristócrata viene del griego aristos, el mejor– hizo algo excelente para bien de la gente que estaba por debajo de él: Il Gattopardo, una de las mejores novelas del siglo XX.
Podría decirse que murió un tórrido día de verano hace medio siglo justo, pero en realidad se las arregló para seguir viviendo a través del príncipe de Salina, el protagonista de Il Gattopardo, que era su bisabuelo y era él mismo. Como el libro apareció publicado poco después de su muerte, no hay más remedio que reconocer que Giuseppe Tomasi, príncipe de Lampedusa y duque de Palma di Montechiaro, acostumbrado desde la cuna a los privilegios, alcanzó el prodigio de la reencarnación.
La cuna
La primera vez que nació lo hizo en Palermo en 1896. Su infancia transcurrió entre los distintos palacios sicilianos de la familia y París, donde sus padres iban temporadas. Hasta los 15 años no fue al instituto, tenía preceptores que le dieron una educación exquisita.
Estudió Derecho, que no compromete a nada, y cuando Italia entró en guerra en 1915, se fue al ejército, el único trabajo pertinente para un noble. Tuvo mala suerte, los inicios de Italia en la Gran Guerra fueron calamitosos y Lampedusa fue hecho prisionero por los austriacos en el desastre de Caporetto. Un siglo antes, los aristócratas prisioneros pasaban su cautiverio en los palacios de la nobleza enemiga, tratados como huéspedes. La masificación de la Gran Guerra no permitía esas cortesías, y el príncipe de Lampedusa no estaba dispuesto a tolerar el campo de prisioneros. Se escapó y logró volver a Italia andando desde Hungría.
Ahí acabó su servicio público. En la siguiente contienda mundial fue movilizado como oficial en la reserva, pero la guerra de Mussolini no iba con él. Los terratenientes que se encargaban de la explotación agrícola de sus haciendas se libraban de ir, y Lampedusa se aprovechó del privilegio, aunque nunca se ocupó de las tierras.
Pero no hay que pensar que era un noble ocioso, un parásito. Siempre tuvo una intensa actividad intelectual, aunque no necesitase vivir de ella. Gran lector y estudioso desde niño, leía a Tolstoi en ruso y a Stendhal en francés, pues aprendió cinco idiomas, el último de ellos, un año antes de morir, el español. Se permitía la excentricidad de hablarle en una lengua diferente a cada uno de sus perros.
En uno de los parlamentos fundamentales de Il Gattopardo, el príncipe de Salina le explica a un caballero venido del Norte de Italia: “El sueño, querido Chevaley, el sueño es lo que los sicilianos quieren, ellos odiarán siempre a quien los quiera despertar”.
Un crítico ha señalado que ese sueño siciliano actuó sobre Lampedusa durante casi 60 años. Sin embargo, un día, cuando ya tenía 57 años, acompañó a un primo poeta, el barón Lucio Piccolo di Capo d’Orlando, a unas jornadas literarias en un balneario del Norte. Allí, su primo fue presentado por el gran escritor Eugenio Montale, y este contacto con la crema literaria italiana le estimuló.
“Siendo matemáticamente seguro que yo no soy más estúpido que Lucio, me he sentado en el buró y he escrito una novela”, le explicaría en una carta a un amigo. Así nació esa obra maestra que es El Gatopardo.
Durante dos años, Lampedusa trabajó como un oficinista. Todas las mañanas temprano se iba a la biblioteca del círculo de Grande Conversazione della Nobiltà (Grandes Conversaciones de la Nobleza) y escribía sin parar hasta las tres de la tarde. No necesitaba darle vueltas a la obra, porque la tenía muy madurada en su cabeza. “Hace 25 años me anunció que quería escribir una novela histórica –le diría su esposa, la baronesa Alexandra Wolff-Stomersee, a su editor, Bassan–. Pensaba en ella continuamente, pero nunca se decidía a empezarla”. Y en cuanto la escribió, se murió. Sólo le dio tiempo a comprobar lo inútil del trabajo, pues dos de las grandes editoriales, Mondadori y Einaudi, rechazaron El Gatopardo.
Un día, el famoso escritor Giorgio Bassani, que se ocupaba de una nueva colección en la editorial Feltrinelli, recibió un original mecanografiado que no llevaba firma, enviado por una amiga suya. Desde la primera página advirtió que era “una obra seria”. Telefoneó a su amiga, pero ésta no sabía quién la había escrito. A ella se la había mandado un amigo de Palermo...
La busca
Bassani viajó a Sicilia, hizo de detective y llegó hasta la viuda Lampedusa, que le entregó el manuscrito, un cuaderno finamente caligrafiado.
Desde que se publicó en 1958, fue un éxito de público, pero los críticos de la izquierda ortodoxa arremetieron contra ella. Leonardo Sciascia le reprochaba que no se ocupase del reparto de tierras, y le acusaban de haber copiado una novela del XIX, Los Virreyes, muy apreciada por la progresía porque su autor, De Roberto, arremete sin piedad contra la nobleza siciliana.
Sin saber que un día los mentecatos le acusarían de copiar a De Roberto, el príncipe de Lampedusa había expresado cierta vez una opinión que descalifi caba a Los Virreyes como modelo. “Es una novela sobre la aristocracia vista a través de los ojos de un criado”.
Un punto de vista imposible de adoptar para El Gatopardo.
Dos veces obra maestra
Lampedusa nació por tercera vez en 1963, ahora en el fabuloso mundo del cine, cuando la película “El Gatopardo” se consagró como una obra maestra. La había dirigido el único que tenía la sensibilidad apropiada, Luchino Visconti, cuyo nombre completo era Luchino Visconti di Modrone, conde de Lonate Pozzolo... Pero a la vez, Visconti era miembro del Partido Comunista, de modo que su película suponía el encuentro de la izquierda ortodoxa con “El Gatopardo”. Visconti, esteta y homosexual exquisito, capaz de arruinar una película para meter un actor guapo, acertó esta vez con las tres bellezas elegidas: Burt Lancaster, Alain Delon y Claudia Cardinale.



