La maldición de Hatshepsut

10 / 12 / 2010 0:00 Luis Reyes
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DEIR EL BAHARI, LUXOR, 17 DE NOVIEMBRE DE 1997 • Terroristas islámicos asesinan a 58 turistas que visitaban el templo funerario de Hatshepsut.

El rey Hatshepsut no habría existido en un régimen islamista. Si el fanatismo musulmán no tolera que una mujer conduzca un automóvil –como sucede en Arabia Saudí- mucho menos toleraría que condujese un país. Porque eso es lo que hizo Hatshepsut, hija del faraón Tutmosis I y esposa de Tutmosis II, a la muerte de éste. Se arrogó el título de “rey del Alto y Bajo Egipto” –no reina, rey-, adoptó la parafernalia masculina, incluida la barba con que se la representa, gobernó con mano firme durante 20 años y preparó a su hija para que la sucediera.

No se sabe si este desafío femenino a las normas de los hombres determinó la acción de los terroristas islámicos, no se sabe si eligieron precisamente el templo mortuorio de Hatshepsut como lugar simbólico de pecado, o si buscaban simplemente un punto donde acudiesen muchos turistas. El caso es que lavaron bien lavadas, con sangre de infieles, aquellas escalinatas.

La actividad turística había empezado muy temprano, no sólo porque esa es la cruz de los viajes organizados, sino para evitar el calor de aquel lugar desértico, pues aunque fuera noviembre el sol se haría insoportable en las horas centrales del día. El grupo de viajeros incluía cinco parejas de recién casados japoneses.

La masacre.

Eran las 8.45 de la mañana cuando llegó otro autobús turístico, pero los que se bajaron de él no empuñaban vídeos ni máquinas fotográficas, sino ametralladoras. Nunca ha estado claro cuántos venían en ese peculiar grupo, la policía mataría a seis aunque quizá se escaparan otros. Pero seis fueron suficientes, seis hombres decididos con armas de alta potencia de fuego pueden desatar una tormenta de balas. Cuando comenzaron a disparar, los turistas fueron cayendo por decenas, unos muertos, otros malheridos.

El pánico fue total, nadie se les enfrentó, muchos no fueron capaces de huir. No fue una acción rápida, los terroristas iban sin prisas, no pretendían hacer el atentado y salir corriendo. Habían asumido morir en la misión, de manera que se dedicaron a perseguir concienzudamente a sus víctimas. Aparte del templo, no había a dónde escapar, el paisaje desértico de Deir el Bahari no tiene ni un árbol, ni un matorral. Durante tres cuartos de hora, los fanáticos islamistas continuaron su cacería. Incluso agotaron la munición, pero eso no les detuvo. Desenfundaron cuchillos y continuaron la matanza ritual con el arma blanca.

En 45 minutos habían perecido 58 turistas: 36 suizos, ocho japoneses, seis británicos, cuatro alemanes, un francés, un búlgaro y dos colombianos. Entre ellos había un niño inglés de 5 años y cuatro parejas niponas en luna de miel. También murieron un guía egipcio y tres policías, y había veintitantos heridos graves. La lista de bajas, que no de víctimas, se completaría con los seis terroristas muertos por la policía cuando intentaban huir.

En su momento, antes de que el 11-S inaugurase una nueva dimensión, fue la mayor matanza de turistas de la Historia. La acción fue reivindicada por Al Gama’a al Islaimiya, una organización terrorista egipcia surgida en 1973. En principio fue emanación de los Hermanos Musulmanes, el veterano movimiento fundamentalista egipcio, una escisión extremista que despreciaba los métodos políticos de los Hermanos y que para implantar un Estado islámico no admitía más método que la jihad, la guerra santa, en definitiva, el terrorismo. Su jefe era el jeque Omar Abdelramán, preso en Estados Unidos.

Fue precisamente allí donde Al Gama’a al Islamiya se dio a conocer al mundo en 1993, intentando derribar las Torres Gemelas del World Trade Centre mediante potentes explosiones en los sótanos. En los 90, la última década del segundo milenio, se vivieron acontecimientos que eran como un anuncio de lo que vendría al comienzo del tercer milenio.

Algún cronista habló de la maldición de Hatshepsut. Hay una tendencia a buscar maleficios en lo que atañe a los faraones, desde que se empezó a especular con las muertes sospechosas de los descubridores de la tumba de Tutankhamón (ver Historias de la Historia del número 1.405 de Tiempo), pero lo cierto es que en 45 minutos habían muerto, como en un sacrificio oficiado ante el templo de Hatshepsut, muchas más personas que las que se achacaban al maleficio de Tutankhamón.

En realidad sí se puede hablar de una maldición de Hatshepsut, pero fue otra distinta y se dio hace 3.500 años. Fue una fatalidad que impidió que se mantuviera limpia la sangre divina de los faraones, y en su tiempo se vio como algo mucho peor que los actuales estragos del terrorismo. Los faraones descendían de los dioses, y para mantener pura su divina estirpe solamente se casaban entre ellos, los hermanos con las hermanas, a veces los padres con las hijas. A partir del fundador del Imperio Nuevo, Ahmés I, se repite sin embargo una suerte fatal, no nacen hijos varones de las parejas reales durante tres generaciones, lo que obliga a admitir en la realeza a simples mortales.

Teogamia.

La hija de Ahmés I se casa con un general, aunque es un gran guerrero, que es asociado al trono con el nombre de Tutmosis I. No tienen varones, la heredera es precisamente Hatshepsut, a la que casan con el hijo de una concubina del faraón, convertido en rey Tutmosis II, que tampoco tiene ni una gota de sangre divina. Y el destino se repite, Hatshepsut y Tutmosis II sólo tienen hijas. Se vuelve a recurrir al hijo de una concubina, Tutmosis III, que se casa con su medio hermana, la hija segunda de Hatshepsut.

Son solamente ellas las que transmiten la legitimidad, de modo que Hatshepsut decide que sean ellas las que gobiernen. Se aprovecha de que a la muerte de Tutmosis II su hijo, Tutmosis III, es pequeño y debe ella por tanto ejercer la regencia. Retira al niño a un templo, anuncia su teogamia, es decir que su auténtico padre no fue Tutmosis I, sino el mismísimo dios Amón hecho carne –lo que es apoyado por los sacerdotes de Amón, muy bien retribuidos- y se proclama a sí misma “rey del Alto y Bajo Egipto”.

Se hace con todos los resortes del poder actuando como único soberano, como auténtico faraón, e incluso prepara a su hija mayor para que la suceda en el mando. Su plan es establecer un matriarcado para las descendientes de los dioses, pero la maldición lo frustra... Su hija muere en la adolescencia, y al final será Tutmosis III, de simple sangre mortal, pero varón, quien la suceda en el poder.

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