La hoguera de las vanidades

09 / 02 / 2016 Luis Reyes
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Florencia, 7 de febrero de 1497. Quema de libros, pinturas, juegos y perfumes. 

El ajedrez es una “obra de Satanás” según la máxima autoridad religiosa saudí, que acaba de condenarlo en una fatua. Los talibanes prohibieron que los niños volasen cometas en Afganistán. La brutal serie de atentados yihadistas de París estaba dirigida contra las más populares expresiones del ocio en Europa, el fútbol, los cafés y bares, la música. Está claro que el fanatismo religioso tiene un problema con la diversión, se le atraganta.

También le sucedió al cristianismo, aunque afortunadamente hay que ir muchos siglos hacia atrás para encontrar actitudes violentas contra lo de pasárselo bien. El ejemplo de este fanatismo religioso que ha quedado como paradigma, por el choque cultural que suponía, fue La hoguera de las vanidades de Florencia, en el carnaval de 1497.

Florencia culminaba el Quattrocento, el espléndido siglo del pleno Renacimiento italiano. No había lugar donde la civilización brillara más, con una pléyade de artistas y humanistas como Miguel Ángel, Leonardo o Maquiavelo, por citar solo los famosísimos. Esto no quiere decir que Florencia fuese el Paraíso, naturalmente, existían muy sucias luchas por el poder, corrupción, vicio y crueldad... lo normal en la época. En aquel Quattrocento florentino destacaba, en lo bueno y en lo malo, una figura política, Lorenzo el Magnífico, de significativo apodo. Su familia se enriqueció importando de China píldoras medicinales, por lo que adoptó el apellido de Medici (Médicos) y un escudo que representaba seis pastillas. Los Medici, con la sangre que hizo falta por medio, lograron la primacía entre la aristocracia ciudadana hasta ser la familia reinante de la República florentina. Lorenzo el Magnífico sería el gran mecenas de Florencia, pero también el tirano que pervirtió la forma republicana de Gobierno.

Confesor. Como a Florencia tenía que ir lo mejor, Lorenzo llamó como confesor al más famoso predicador, el dominico Girolamo Savonarola, un auténtico fenómeno de masas cuyas misas reunían a 15.000 personas. Fue un error imperdonable en el gobernante para quien Maquiavelo había escrito El Príncipe, pues el confesor no solo atormentó a Lorenzo en el lecho de muerte amenazándolo con el infierno, sino que le arrebataría el poder a la familia Medici.

A la muerte de Lorenzo el Magnífico Savonarola se puso al frente del partido democrático, expulsó al hijo de Lorenzo, Piero de Medici el Infortunado, y restauró la República. Savonarola tenía el apoyo no solo del sector popular, sino de muchas personalidades destacadas, como el famoso Botticelli, hartas de la tiranía medicea y de las corrupciones que imperaban sobre Florencia. Pero el fraile no era un político ni un estadista, era un visionario religioso, un hombre de fe exaltada que pretendía sanear no solo Florencia, sino a la Iglesia. De haber triunfado su movimiento reformador es posible que no hubiera surgido el protestantismo luterano, en vez de ello el Papa le declararía una guerra a muerte que culminaría con su excomunión.

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