La guerra del Bosco
Bolduque, Brabante, 1516. Fallece El Bosco, pintor favorito del mecenazgo español de la época.
El centenario del Bosco no es una celebración amable como el de Cervantes y Shakespeare, con sus múltiples declaraciones de amor entre Inglaterra y España. Los holandeses han desenterrado el hacha de guerra, como si quisieran vengar viejos y nuevos agravios, desde la rendición de Breda al Mundial de Fútbol de Sudáfrica, pasando por la conversión al catolicismo de la princesa Irene en 1964, por culpa de un español. Un cierto Comité de Investigación y Conservación del Bosco creado en su ciudad natal descalificó a principios de año tres de las seis pinturas del Museo del Prado, que forman la mayor y más importante colección del Bosco del mundo.
Para apagar fuegos Beatriz de Holanda –exreina desde que abdicó en su hijo– ha venido a inaugurar, mano a mano con los reyes de España, la gran exposición del Bosco en el Museo del Prado. Para los chovinistas holandeses, este gesto, acorde con las buenas relaciones de ambas Casas Reales, es casi una traición. Beatriz ya fue considerada una renegada cuando se casó hace 50 años con un alemán exmiembro de las Juventudes Hitlerianas, y el cortejo nupcial fue abucheado a lo largo de su recorrido e incluso atacado con bombas de humo. Así se las gasta un pueblo que, curiosamente, tiene fama de tolerante.
La exposición del Prado, la más importante que se ha dedicado nunca a este genial pintor
–un tercio de cuya obra está en Madrid– ha sentado como una afrenta en Holanda. Los holandeses sienten una gran frustración por no tener obras del Bosco, al que consideran poco menos que una gloria nacional expoliada. En realidad Jeronimus van Aecken vivió en una época en que no existía Holanda; nació en el ducado de Brabante, provincia de los Estados de Borgoña, también conocidos como Países Bajos, en una próspera ciudad en la zona límite de la francofonía, por lo que tenía dos nombres, en francés y neerlandés: Bois-le-Duc y Hertogenbosch (Bosque del Duque), al que se añadiría el español de Bolduque.
La guerra de religión entre católicos y protestantes dividiría los Países Bajos en lo que hoy llamamos Bélgica y Holanda. La frontera artificial creada por la diplomacia hizo que, por pocos kilómetros, Bolduque quedara en territorio holandés, y por eso se considera al Bosco un pintor holandés y no flamenco. Pero en realidad sería España el país con el que tuvo una vinculación más importante en la última etapa de su vida, pues la monarquía española se convirtió en su principal mecenas desde Isabel la Católica, que poseía varias pinturas del Bosco. La colección real fue enriquecida con más boscos por Felipe I el Hermoso, Carlos I y Felipe II, cuyo entusiasmo por el pintor le convirtió en su primerísimo coleccionista. En 1574 tenía ya 33 obras de este artista, de producción muy escasa, y aún le faltaba sumar grandes adquisiciones como El Jardín de las Delicias, la obra maestra del Bosco.
La afición española por el singular pintor hizo que adquirieran sus obras otros personajes de alta cuna, como la infanta Isabel, hija mayor de los Reyes Católicos, don Juan Manuel de Villena, el duque de Alba y su hijo natural don Fernando de Toledo, doña Mencía de Mendoza, o don Diego y don Felipe de Guevara. Este último fue un auténtico experto, el primero que escribió sobre El Bosco, del que poseía la mayor colección después del rey de España, que por cierto la adquirió tras la muerte de Guevara.
En resumen, a lo largo del siglo XVI España se convirtió en el auténtico país del Bosco, donde había que venir para ver sus pinturas y donde se publicaban tratados sobre él. Por eso, pese a los incendios del Real Alcázar (donde había una docena de boscos) o del pabellón de caza del Pardo (otros doce), y del expolio de la invasión francesa, Madrid sigue siendo la capital indiscutible del Bosco, pues entre el Prado, el Escorial y el Museo Lázaro Galdiano tiene ocho de las 27 pinturas autógrafas supervivientes, además de varias de su taller. En cambio el Museo de Brabante Norte de Bolduque, que es quien ha promovido el polémico comité descalificador, no posee ninguna, y en toda Holanda solamente hay una y un fragmento.
Vieja rencilla
El centenario del Bosco ha manifestado una vez más el fondo de hostilidad a lo español del subconsciente colectivo nacional holandés. Es lógico, pues la nación holandesa se forjó en la lucha contra la corona española en la Guerra de los Ochenta Años, la segunda más larga de la Historia. Fueron los holandeses los inventores de la Leyenda negra y aunque nadie en España tenga conciencia de la antigua lucha, en Holanda es fácil encender los ánimos cada vez que hay cualquier conflicto con algo español. Eso explica la extrema violencia con la que jugaron los holandeses en la final del Mundial de Sudáfrica, o la extraordinaria motivación con la que fueron por la revancha en el Mundial de Brasil.
Ahora, mediante la descalificación holandesa de tres boscos del Prado (Los Pecados Capitales, la piedra de la locura y Las tentaciones de San Antonio Abad), se pretendía rebajar la calidad de la exposición que se acaba de inaugurar en Madrid, para que no hiciese excesiva sombra a la que abrió a principios de año el Museo de Brabante Norte, lo que se consideraría una humillación nacional. En un gesto de magnanimidad que evoca al del general español Spínola con el holandés vencido en la Rendición de Breda, el Prado prestó para la exhibición holandesa una de las grandes obras del Bosco, el Tríptico del carro de heno. Pero ante la falta de correspondencia a la caballerosidad española, el Prado sacó también la artillería y, al presentar la exposición a la prensa, su comisaria Pilar Silva dio una lección magistral de una hora desmontando los argumentos holandeses, incluso ridiculizándolos con una sorna contenida y elegante. Pese al carácter técnico de la explicación los cientos de periodistas presentes reaccionaron con la mayor ovación que se ha escuchado en el Museo del Prado.



