La Guerra de Invierno
Istmo de Carelia, 30 de noviembre de 1939 · Fuerzas soviéticas invaden Finlandia en lo que esperan que sea un paseo militar.
El mundo entero miraba con angustia hacia la Línea Maginot a finales de otoño de 1939. El 1 de septiembre Hitler había invadido Polonia dando inicio a la Segunda Guerra Mundial. Dos semanas después los rusos también habían atacado a los polacos desde el Este, repartiéndose el país con los nazis de acuerdo con el siniestro tratado germanosoviético. Polonia había desaparecido, pero Francia e Inglaterra le habían declarado la guerra a Alemania. Ahora la Wehrmacht y los ejércitos aliados se preparaban para el combate a ambos lados de la Línea Maginot, aunque nadie parecía querer dar el primer paso.
Sin embargo la chispa no saltó en la frontera francoalemana, sino en la región geográficamente más excéntrica de Europa, un país tan nuevo que no tenía Historia, Finlandia, que el Ejército Rojo invadió el 30 de noviembre. Stalin no había saciado su apetito expansivo con Polonia y, tras ocupar también las repúblicas bálticas, provocó una contienda marginal de la Segunda Guerra Mundial que se llamaría la Guerra de Invierno.
Finlandia solamente tenía 22 años de independencia, hasta la Revolución de 1917 había formado parte del Imperio zarista –y antes del sueco– aunque nunca fue asimilada por Rusia pues sus gentes eran de otra etnia, su lengua radicalmente diferente, y su religión luterana muy distinta de la ortodoxa rusa. Aprovechando las conmociones revolucionarias los finlandeses se habían liberado del yugo ruso y habían adoptado un sistema político democrático, lo que les alejaba aún más de Rusia, convertida en un Estado comunista.
Stalin pretendía anexionarse algunas regiones estratégicas, especialmente ampliar el interland de Leningrado (la antigua San Petersburgo), y convertir a su pequeño vecino en un país satélite. Calculó que le sería muy fácil, dada la mínima potencia militar finlandesa, cuyo ejército, por ejemplo, no contaba con ningún transmisor de radio y era de los más pequeños de Europa, en consonancia con su exigua población de tres millones y medio de habitantes. Cuando estalló el conflicto, la República Finlandesa solo pudo movilizar 180.000 soldados.
Frente a eso la Unión Soviética se alzaba como un auténtico gigante en todos los órdenes, con una población de 150 millones de habitantes y un ejército de 1.800.000 hombres en tiempos de paz, que en caso de movilización podía llegar a 11 millones de combatientes. Para la ofensiva se asignaron cinco ejércitos con un total de 450.000 hombres y un millar de tanques. Sin embargo, lo que se creía que iba a ser un paseo militar se convirtió pronto en un conflicto maldito para los soviéticos.
La honda de David.
Aunque parezca mentira, el alto mando soviético –o lo que había sobrevivido de él tras las purgas estalinianas– cayó en el mismo error en que caería el alemán al invadir la URSS unos meses después, envió al Ejército Rojo mal equipado para un invierno que sería de los más crudos, con temperaturas que en las latitudes tan septentrionales de Finlandia llegarían a 40 bajo cero. Ese fue el primer factor del fracaso ruso.
Además los finlandeses, con pocos medios habían construido una eficaz barrera defensiva que cubría el istmo de Carelia, por donde debía lanzarse la ofensiva principal, pues era la puerta de la región industrializada y poblada de Finlandia y el camino a su capital, Helsinki. Esas fortificaciones fueron bautizadas por el pintor Jorma Gallen-Kallela, que caería heroicamente en la guerra, como “Línea Mannerheim”, en referencia al jefe de las fuerzas finesas, Gustav Mannerheim (ver recuadro), quien demostraría ser un gran jefe de guerra.
Pero el elemento decisivo de la campaña fue la calidad de los combatientes finlandeses. No solo tenían una alta motivación y moral de combate, pues luchaban por su libertad, por su misma existencia como nación, sino que estaban perfectamente adaptados a las condiciones del encuentro. Eran gente robusta y bien alimentada, acostumbrada a esquiar desde niños, a vivir en el frío extremo y que conocía perfectamente el medio y la forma de sobrevivir en él. Su equipamiento de ropa, esquíes, raquetas e incluso armas, era muchas veces particular y siempre muy superior al soviético. Las unidades de guerrilleros esquiadores, sobre todo, se convirtieron en una pesadilla para los soldados rusos.
Durante dos meses y medio la Línea Mannerheim resistió el asalto soviético, mientras que al Norte, en el resto del frente, se producía la catástrofe rusa. Fue aniquilado un ejército entero de siete divisiones de infantería y una brigada de tanques, que debía realizar una operación envolvente encima del lago Ladoga para atacar por detrás la Línea Mannerheim, y el resto de las formaciones rusas también quedaron fuera de combate. El mando del Ejército Rojo comprendió que no podía operar lejos de sus bases y decidió concentrar sus fuerzas contra la Línea Mannerheim. Allí, finalmente, se impondría su enorme superioridad material, pero mientras tanto Stalin había comenzado a tantear las posibilidades de acuerdo.
Tras un mes de bombardeo aéreo, frente al que los fineses no podían defenderse, los rusos rompieron la Línea Mannerheim a mediados de febrero. Los recursos de Finlandia habían llegado al límite, y se iniciaron conversaciones de paz, que fue firmada en Moscú el 18 de marzo de 1940. Finlandia cedió territorios fronterizos estratégicos y parte de su industria, pero conservó la independencia. Había sufrido 80.000 bajas, un coste carísimo para tan pequeña población, aunque obligó a los rusos a pagar un peaje de 200.000 bajas y mucho descrédito internacional. Así terminó el primer acto de esa guerra marginal rusofinesa paralela a la Segunda Guerra Mundial, pero faltaba poco más de un año para que se alzara de nuevo el telón.
La Guerra de Continuación.
Un mes antes de lanzarse a la conquista de la URSS, Alemania advirtió de sus intenciones a Finlandia y hubo reuniones entre militares de ambos países para coordinar su acción. Los fineses tenían ansias de revancha, llamaban a la Paz de Moscú Välirauha (la “Paz Transitoria”) y aprovecharon la oportunidad en lo que bautizarían “la Guerra de Continuación”.
La operación Barbarroja comenzó el 21 de junio de 1941, y el 10 de julio el ejército finés se sumó a la invasión, aunque en forma muy distinta del rodillo alemán. Cuando en 15 días sus tropas recobraron el istmo de Carelia perdido en la Guerra de Invierno, Mannerheim ordenó parar a 30 kilómetros de Leningrado: Finlandia solo quería recuperar sus territorios. Esa actitud tendría consecuencias estratégicas pues al detener su avance no llegó a completarse el cerco de Leningrado, que pudo resistir y durante los tres años siguientes consumiría gran parte de las fuerzas alemanas –incluida la División Azul española–.
La prudencia de Mannerheim se demostró clarividente, porque la victoria relámpago que pretendían los alemanes en Rusia no se logró. Llegó el invierno y los alemanes no entraron en Moscú. Mannerheim conocía bien a los rusos porque había sido ruso la mitad de su vida, sabía de su capacidad de resistencia, de modo que el 6 de diciembre, recuperados todos los territorios finlandeses, suspendió definitivamente la ofensiva.
Las hostilidades se reanudaron en 1944, cuando el Ejército Rojo lanzó su ofensiva de verano. Para entonces la victoria soviética era segura y Mannerheim propuso un alto el fuego el 4 de septiembre; el 19 se acordó el armisticio en Moscú y la paz se firmaría en París en 1947. Finlandia cedió a la URSS todos los territorios que ambicionaba Moscú y pagó una considerable indemnización de guerra, pero Stalin tuvo en cuenta que Mannerheim había salvado a Leningrado y, al contrario que con los otros países del Este, respetó la independencia de Finlandia y no le impuso un Gobierno comunista.



