Éxito e imposturas

26 / 04 / 2016 Luis Reyes
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Londres, 1612. Aparece en inglés la primera edición del Quijote en otra lengua.

El éxito de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha fue instantáneo y mundial. Cervantes no logró su afán de viajar a las Indias, pero su criatura cruzó el Atlántico y tomó posesión de las Américas; meses después de su edición príncipe no solamente se leía, sino que en Perú se hacían fiestas en las que aparecían Don Quijote y Sancho como personajes de moda. Enseguida la publicaron en inglés y en francés: “Hay fama que se está imprimiendo en Amberes, y a mí se me trasluce que no ha de haber nación ni lengua donde no se traduzca”, dice el bachiller Carrasco al principio de la segunda parte, imbricando la realidad del libro que relata las andanzas de Don Quijote en la ficción de la propia novela, una de esas genialidades que hacen de Cervantes el mejor novelista de la Historia.

Pero el triunfo despierta celos y alumbra insidias, que en el mundo de la escritura se llaman plagio. Un aprovechado que se hacía llamar Avellaneda usurpó la creación cervantina y tuvo la desfachatez de publicar una continuación apócrifa de las andanzas de Don Quijote. En la auténtica segunda parte, Cervantes se despacha a gusto con el escritor de “resfriado ingenio” que se atrevió “a escribir con pluma de avestruz grosera y mal desaliñada las hazañas de mi valeroso caballero”.

Cervantes tenía temibles enemigos en el medio literario, como Lope de Vega, a quien algunos creen ver detrás del Quijote de Avellaneda, pero no se cuestiona la paternidad de Cervantes sobre sus obras, pues se palpa su propia vida en lo que escribe. Cuando habla el Licenciado Vidriera, es el joven Miguel que llega a Italia y se alista en los tercios; cuando relata su historia el Cautivo, audaz ensayo de novela dentro de otra novela, es la crónica del cautiverio en Argel del escritor; y el prodigioso elenco de tipos populares, ambientes y azares que componen el Quijote retratan la vida misma que Cervantes conoció como recaudador por La Mancha y Andalucía.

Hemos pretendido buscar en nuestras Historias de este mes de abril, centenario de Cervantes y Shakespeare, un hermanamiento entre el español y el inglés, pero al llegar a este punto de los sinsabores que provoca el éxito, lo que aparece es antítesis, como si Inglaterra y España ocuparan sus Antípodas. Porque de Shakespeare no se dice que le plagiaran, sino que fue él quien plagió, y no hubo un Avellaneda inglés que le suplantara, sino que muchos piensan que fue él quien suplantó al auténtico autor de sus obras. Las dudas se basan en que el William Shakespeare de Stratford no tenía educación universitaria, ni había viajado, ni sabía idiomas, no podía tener por tanto la cultura y el mundo que traslucen sus obras.

Precisamente la primera referencia documental que existe de Shakespeare en Londres es un panfleto de 1592 de Robert Greene, miembro del grupo de escritores universitarios de la época, que despectivamente llama “Shake-scene” (sacude-escena) a Shakespeare, y dice que es un “cuervo arribista” que se adorna “con nuestras plumas”, es decir, que suple su falta de educación copiando a los autores más cultos.

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