El tránsito a la inmortalidad

03 / 05 / 2016 Luis Reyes
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Madrid y Stratford, 23 de abril de 1616. Fallecen Miguel de Cervantes y William Shakespeare.

Si Miguel de Cervantes hubiera muerto joven lo habría hecho espada en mano, como valeroso soldado de oficio que era. Murió viejo, pero también empuñó hasta el final otra arma honrosa, la pluma, pues vivió esa dicotomía prodigiosa que caracteriza a nuestro Siglo de Oro, donde los poetas profesaban de hombres de guerra. El mismísimo Don Quijote se refirió a ello en su “curioso discurso de las armas y las letras”.

Estaba Cervantes en los 68 años y padecía, según describe en el prólogo del Persiles, una “hidropesía, que no la sanará toda el agua del mar Océano que dulcemente se bebiese”. Los médicos lo mandaron al pueblo de su mujer, Esquivias, a ver si el campo le sentaba bien, pero igual que tan pronto curó las heridas de Lepanto se reenganchó de soldado, al poco decidió volver a Madrid, acudir a la llamada del deber de escritor, pues quería terminar Los trabajos de Persiles y Segismunda antes de irse al otro barrio.

Logró esta última hazaña hacia primeros de abril de 1616, y el 19 le escribió a su mecenas, el conde de Lemos, la famosa dedicatoria en la que, con escalofriante estoicismo, hace humor de su inminente fallecimiento, pues la inicia aludiendo a “aquellas coplas antiguas que quisiera yo no vinieran tan a pelo en esta mi epístola:

Puesto ya el pie en el estribo, / con las ansias de la muerte, / gran señor, ésta te escribo”. Después se deja de versos e informa crudamente “ayer me dieron la extremaunción y hoy escribo ésta: el tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan”.

Culminar el Persiles, que en contra del resto de la humanidad él consideraba su mejor obra, no supuso rendirse ya a la muerte, sino que siguió trabajando a destajo, según le permitían sus fuerzas, en un libro de refranes, Las semanas del jardín, recopilando los dichos de Sancho Panza. “Todavía me quedan en el alma ciertas reliquias y asomos de Las semanas del jardín y del famoso Bernardo”, terminaba su dedicatoria a Lemos, aunque reconocía que si el cielo le diese vida para ello “no sería ventura, sino milagro”.

Tras el adiós a Lemos escribió el prólogo de Persiles con su aún más emotiva despedida a sus amigos: “¡Adiós, gracias! ¡Adiós, donaires! ¡Adiós, regocijados amigos; que yo me voy muriendo y deseando veros presto contentos en la otra vida!”. Todo esto tres o cuatro días antes del tránsito final.

¿Y qué hacía el bueno de William Shakespeare en esos momentos? Nada que haya quedado para la posteridad, estaba dado de baja como escritor desde que se retiró a la paz de Stratford. Otra vez el contraste entre una vida apasionante y otra plana que nos ha llamado la atención en Historias anteriores, ese misterio de Shakespeare, su estupenda invención de un mundo que no conocía. Porque no importa que el pueblerino de Stratford “tomase prestados” sus argumentos de Marlowe o del lucero del alba, el caso es que nadie como él representó el drama de las pasiones humanas, y encima en la más bella lengua inglesa que se haya escrito, teniendo la osadía de inventar palabras nuevas y hacerse padre del inglés moderno.

¿Por qué nos privó de sus obras en los últimos años, cuando se retiró con menos de 50? Apenas se guardó una gota de tinta para un último escrito que iría impreso en piedra sobre su enterramiento: “Buen amigo, por Dios te lo pido, no remuevas el polvo aquí enterrado. Bendito sea el hombre que respete estas piedras y maldito sea el que toque mis huesos”. ¡Es una maldición para los profanadores de tumbas! Un anatema digno de un endiosado faraón egipcio, de uno de esos funestos reyes de su teatro. Por un momento el burgués apegado a las cosas materiales, el rico propietario que se había gastado una fortuna de 440 libras en comprar derechos sobre los diezmos de la iglesia de Stratford para asegurar su tumba, volvió a ser el gran Shakespeare de las tragedias.

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