El tiempo en sus manos
Madrid-Stratford, 22-23 de abril de 1616. Falsa coincidencia de la muerte de Cervantes y Shakespeare.
Miguel de Cervantes se acostó aquella noche del 4 de octubre de 1582 con el mismo afán de los últimos dos años. ¿Atendería el rey su petición de un alto cargo en Indias? Méritos tenía: luchó heroicamente en Lepanto, sufriendo graves heridas que le dejaron manco; no obstante se había reenganchado para combatir al Turco durante cuatro años. Luego había padecido un lustro de cautiverio en Argel, y ahora luchaba de nuevo por asegurar la corona portuguesa en las sienes de Felipe II; poco antes había participado en la batalla de Isla Terceira. De modo que el soldado Cervantes se durmió soñando que el día de mañana sería gobernador de Guatemala, pero el día de mañana nunca llegó.
No llegaría en el sentido figurado, pues jamás le dieron el alto cargo en Indias, pero tampoco en sentido literal. Nunca hubo un 5 de octubre de 1582, cuando Cervantes se despertó era 15 de octubre. ¡Habían desaparecido diez días como por arte de birlibirloque!
En El Quijote, que tanto material tiene de la propia vida de su autor, el Ingenioso Hidalgo se despierta una mañana y ha desaparecido “el aposento de los libros”, el lugar donde Alonso Quijano se entregara a la lectura de libros de caballerías hasta que “se le secó el celebro”. Don Quijote achaca el prodigio a Frestón, “un sabio encantador, grande enemigo mío, que me tiene ojeriza”. El urdidor de la desaparición de los diez días de 1582 era también un sabio capaz de obrar prodigios, el Papa de Roma. La Bula Inter Gravísimas de Gregorio XIII dio ese salto en el tiempo para adecuar el almanaque de los hombres al tiempo solar, dando origen al calendario gregoriano que aún nos rige.
Con todos los avatares que sufrió la vida de Miguel de Cervantes, la pérdida de diez días puede parecer anecdótica, pero tendría una importante consecuencia simbólica. Ese bucle del tiempo haría coincidir casi en la misma fecha la muerte de Cervantes y la de Shakespeare, los días 22 y 23 de abril de 1616. Los dos más grandes escritores de la Historia, el inventor de la novela y el creador del mejor teatro, hermanados en el fallecimiento, como esas parejas amorosísimas donde la muerte de uno supone enseguida la del otro. ¿No era eso el acto culminante de Romeo y Julieta?
Egipto
El tiempo es un invento de la civilización, su dominio y manejo por el hombre es tan imprescindible para que haya Historia como la escritura, todo marcha junto. Cuando los hombres aprendieron el arte de la agricultura se encontraron con cosechas que permitían comer durante meses si se guardaban adecuadamente. Tuvieron que construir almacenes, primer elemento de las ciudades; tuvieron que inventar un sistema de anotación del grano que poseían, es decir, la escritura; y tuvieron que prever cuándo debían sembrar y recoger la cosecha, es decir, fijar el tiempo.
Todo esto sucedió en las grandes culturas agrícolas del Creciente Fértil, el Nilo y Mesopotamia. Hacia lo que hoy datamos 2.780 años antes del nacimiento de Cristo, los egipcios dominaban ya el tiempo con tal maestría que fijaron la duración del año solar en 365 días y un cuarto, añadiendo un día más cada cuatro años –el bisiesto– para acompasarse con el sol.
Han pasado cerca de cinco milenios y no nos hemos apartado de lo que inventaron los sacerdotes del Periodo Arcaico de Egipto, porque cuando Julio César lo conquistó, Roma, la primera potencia mundial, impuso en el orbe el calendario egipcio, llamado desde entonces juliano. Sin embargo había un fallo en el antiquísimo cálculo. La Tierra no tarda 365 días y un cuarto en girar alrededor del Sol, sino 11 minutos y 14 segundos menos.
Ese desfase fue acumulándose, y en el siglo XVI suponía ya diez días de diferencia entre el calendario solar y el humano, con graves consecuencias para la agricultura. Fue el Concilio de Trento quien decidió resolver la incongruencia. Gregorio XIII encomendó la tarea a la Compañía de Jesús, notable por las lumbreras que militaban en sus filas, y un astrónomo jesuita, Cristóbal Clavio, diseñó la corrección de los años bisiestos hoy vigente.
Más difícil fue trasladar los cálculos de Clavio del laboratorio a la vida cotidiana. Había que dar un salto en el calendario de diez fechas, entrar en un túnel del tiempo y salir en el futuro. Hubo grandes resistencias a esta osadía, que algunos tachaban de diabólica; el común de la gente lo veía como si le robasen diez días de su vida, hasta ese punto es importante la ficción del tiempo.
Calendario papista
Solamente los países más católicos obedecieron la bula papal y aceptaron el bucle temporal del 4 de octubre de 1582, aunque uno de ellos, España, abarcaba medio mundo. Italia y Polonia también lo hicieron, y Francia se adhirió dos meses después, pero en la Inglaterra protestante se rechazó de plano el llamado calendario papista. Los ingleses siguieron fieles al viejo calendario juliano durante dos siglos –no se adoptaría el gregoriano hasta 1752–, de modo que William Shakespeare, antiguo hombre de teatro retirado a disfrutar de sus riquezas a su pueblo de Stratford Upon Avon, falleció el 23 de abril de 1616 según la fecha local, aunque para nosotros sería el 3 de mayo, cuando Cervantes llevaba ya enterrado y bien enterrado algún tiempo. Pero lo que anota la Historia es que Cervantes murió el 22 de abril y Shakespeare al día siguiente, 23, como si no quisiera que se le escapara su compañía en la otra vida.
Asombrosa metáfora, dos poetas creadores de ficciones se ven envueltos en la ficción de los científicos creadores del tiempo, que les hacen dar el paso supremo casi en la misma fecha, aunque en la realidad pasasen once días entre un tránsito y otro. Los personajes se hermanan así artificialmente, parecen vidas paralelas dos existencias que un biógrafo convencional calificaría de absolutamente diferentes, salvo en el genio literario. Aunque de vez en cuando surgen coincidencias estupendas, concomitancias simbólicas que parecen inventadas, ya lo veremos. Todo es teatro, todo es novela...



