El suicidio de los sicarios
Los extremistas judíos encerrados en la fortaleza asesinan a las mujeres y niños y luego se suicidan, para no caer prisioneros de los romanos.
Herodes el Grande sabía vivir y sabía gobernar. Comprendió que “el pueblo elegido”, pese a su soberbia, no era nadie comparado con los romanos que dominaban el mundo, y se puso al servicio de Roma, que le hizo “Rey de los judíos” aunque no era hebreo o precisamente por eso.
Sus súbditos le consideraban un extranjero, tanto por su origen idumeo (pueblo descendiente de Esaú, el hermano de Jacob) como por su cultura helenística. Para congraciarse con ellos reconstruyó el Templo de Jerusalén con una magnificencia como no había tenido ni en tiempos de Salomón, pero como no se fiaba de su pueblo fortificó Masada, convirtiéndola en un refugio inexpugnable.
Masada es una peña que se alza en el desierto de Judea junto al Mar Muerto, sobre cuyo nivel se eleva 450 metros. La cima es una superficie aplanada, ideal para la construcción y el asentamiento, con forma de barco y unos 600 metros de largo por 300 de ancho. Sus condiciones defensivas eran inmejorables, pues sólo tiene dos accesos: por el interior el camino de la Roca Blanca, que ya no existe, y por la parte del Mar Muerto el sendero de la Serpiente, una penosísima ascensión que se enrosca como un reptil, y que hoy suben con esfuerzo los amantes de los retos, mientras que los turistas lo hacen en funicular.
Herodes reforzó estas condiciones con una muralla y una torre dando cara al sendero de la Roca Blanca, el punto más débil de la fortaleza. Además, tomó las medidas para que Masada fuese autosuficiente, pues no le valdría de nada ser inexpugnable si su guarnición aislada se moría de hambre y sed en el terrible clima del desierto de Judea. Diseñó una red de acueductos para llevar el agua de lluvia hasta aljibes subterráneos con 750.000 litros de capacidad, construyó almacenes bien protegidos del clima del desierto, donde alimentos no perecederos podían aguantar mucho tiempo, y dedicó terrenos a huertos y granjas para dotarse de alimentos frescos.
La guerra de los judíos
No es de extrañar que un hombre tan precavido reinase 44 años pese a ser detestado por sus súbditos, pero ya hemos dicho que no sólo sabía gobernar, sino también vivir. Levantó un maravilloso palacio en terrazas, con agradables jardines, para, si se tenía que refugiar en Masada, hacerlo con lujo y comodidad. Desde allí, los días claros casi podía divisar la inquietante Jerusalén, entonces como ahora vivero de extremistas, refrescado por el aire que corre en las alturas de Masada y hace la vida soportable cuando el Mar Muerto está a 45 grados.
Por las burlas de la Historia, todo ese diseño de Herodes para protegerse frente a los fanáticos religiosos judíos le serviría de protección al núcleo más extremista de éstos en su rebelión contra Roma.
En el año 66 de la era cristiana, más de seis décadas después de la muerte de Herodes el Grande, el pueblo judío se rebeló contra Roma, azuzado por los zelotes, los celosos de Dios, un movimiento fundamentalista del judaísmo. Dentro de lo que podríamos llamar nacionalismo religioso judío había un grupúsculo aún más extremista, escisión de los zelotes, a quien los romanos llamaron “sicarios”, asesinos que matan con puñal (del latín sica, puñal), por sus prácticas terroristas. Un grupo de sicarios logró apoderarse por sorpresa de Masada al inicio de la rebelión, y allí seguían, inalcanzables, cuando ésta había sido completamente aplastada, Jerusalén conquistado y el pueblo judío expulsado al exilio. Pero para el orgullo de Roma no era admisible que quedara un foco de resistencia, por aislado e intrascendente que fuese.
En el año 72, el gobernador de Palestina, Lucio Flavio Silva, se puso al frente de la Legio X Fretensis y marchó a tomar Masada. La legión romana era una gran unidad de 4.000 soldados de infantería de excelente calidad, que se complementaba con tropas llamadas “auxiliares”
–sobre todo caballería- procedentes de los aliados. Con sus auxiliares, Lucio Flavio Silva llevaba en total unos 10.000 combatientes, más unos miles de cautivos judíos para trabajos no especializados.
En Masada había un millar de personas incluidas mujeres y niños, pues al primer grupo de sicarios se unieron otros huidos de Jerusalén con sus familias. Tenían abundantes alimentos, reservas de agua y mucho armamento, aunque éste no lo utilizarían, confiando la defensa al terreno. Los romanos no intentaron un asalto inmediato, que resultaba imposible, sino que pusieron en marcha su formidable maquinaria de asedio. En primer lugar y siguiendo la táctica usual, levantaron una muralla todo alrededor de la plaza sitiada, para impedir que los defensores escaparan o les sorprendiesen con una salida. Ese muro, de tres metros de altura y un perímetro de tres kilómetros, estaba salpicado por ocho campamentos, también amurallados según la costumbre romana, donde se distribuían las tropas sitiadoras.
Los sicarios no podían escapar pero llegar a ellos no sería fácil. Sin embargo los legionarios romanos, además de sólidos soldados de infantería, eran expertos zapadores. César había utilizado la brutal capacidad de trabajo de sus legionarios para amedrentar a sus enemigos, como cuando construyó en sólo diez días un gran puente sobre el Rhin que, ocho días después, tras su incursión de castigo contra los germanos, desmontó.
En Masada la Legio X Fretensis construyó un agger, una gigantesca rampa para alcanzar la muralla. Lo hizo por la parte del interior, donde el desnivel era menor ya que la Roca Blanca estaba a unos 150 metros por debajo de la muralla. Aun así la obra de ingeniería era gigantesca, hasta el punto que ha subsistido hasta nuestros días y todavía puede verse.
Necesitaron tres meses de trabajo y miles de toneladas de material para levantar una rampa que tenía unos 20 metros de ancho, casi 200 de base y 100 de altura, con una pendiente del 51%. Por allí subieron hasta la plataforma que remataba el agger una torre de asalto, que superaba en altura a la muralla de Masada. Desde ella podían bombardear a los defensores mientras un ariete situado en la parte inferior golpeaba la muralla hasta derribarla.
Decisión desesperada
Pero tras la muralla derribada había otra, construida durante el asedio. Era de capas de piedra y madera, para absorber los golpes del ariete, de forma que el general romano ordenó prenderle fuego. Cuando se alzaron las llamas que formaron una cortina entre ambos bandos, los sicarios supieron que el final era inminente. En cuanto se extinguiera el incendio, los legionarios entrarían al asalto y no habría formar de resistirlos. Ya sólo quedaba una salida al cautiverio o la muerte al filo de la espada romana: el suicidio colectivo.
Flavio Josefo, un historiador judío helenizado, es la fuente contemporánea que relata los avatares de Masada en su Historia de la Guerra de los Judíos, y dice que los romanos “cuando allí se toparon con el montón de muertos, no se alegraron, como suele ocurrir con los enemigos, sino que se llenaron de admiración por la valentía de la resolución”. Quizá la falta de alegría de los legionarios era porque, al no hacer prisioneros, perdían el premio de su venta como esclavos.



