El mercader de la muerte ha muerto

13 / 12 / 2011 9:48 Luis Reyes
  • Valoración
  • Actualmente 0 de 5 Estrellas.
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • Tu valoración
  • Actualmente 0 de 5 Estrellas.
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
¡Gracias!

San Remo, Riviera italiana, 10 de diciembre de 1896. Fallece Alfred Nobel, inventor de la dinamita y fundador de los premios más prestigiosos del mundo.

Los muertos nunca quieren morirse, desde que el hombre es hombre los muertos quieren seguir viviendo en el recuerdo de los vivos. Los grandes monumentos más antiguos de la civilización, las pirámides de Egipto, son los túmulos mortuorios de Keops, Kefren y Micerinos. Llevan en pie 4.500 años, y mientras lo hagan no habrán muerto del todo aquellos tres faraones.

Los grandes soberanos perpetuaban su memoria con gigantescos mausoleos –el de Franco en el Valle de los Caídos es ahora mismo centro de polémica política, y con ella el general sigue vivo entre nosotros-. La Iglesia instituyó días de fiesta para conmemorar la muerte de sus mayores santos. Los poderosos de nuestros tiempos dejan grandes fortunas a fundaciones que mantengan vivo su nombre. Pero ninguno ha tenido tanto éxito en ello como Alfred Nobel, inventor de la dinamita, cuyo obituario se celebra cada 10 de diciembre con la más importante ceremonia cultural del mundo, la entrega de los premios Nobel.

En realidad, Alfred Nobel murió dos veces. Cuando murió la primera vez en Cannes, el 12 de abril de 1888, un periódico local tituló: “Le marchand de la mort est mort” (El mercader de la muerte ha muerto). Debajo decía: “El doctor Alfred Nobel, que se hizo rico buscando maneras para matar a más gente y más deprisa que nunca, murió ayer”.

La noticia era errónea en su parte final, no había muerto Alfred Nobel, sino su hermano Ludvig. Pero la primera parte sí era cierta. El científico se había hecho inmensamente rico inventando y fabricando explosivos, brindando medios a los que quisieran emplearlos, en la guerra o en el terrorismo, para “matar más gente y más deprisa que nunca”. No era toda la verdad, como veremos, pero fue suficiente para conmocionar a Alfred Nobel tanto o más que el fallecimiento de su querido hermano.

Y de ahí surgió la idea que haría a Nobel inmortal. No quería ser recordado como un mercader de la muerte. Cuando se muriese de verdad los periódicos tendrían que hacer otro género de comentarios, pasaría a la Historia como un benefactor. Y a eso dedicó una de las mayores fortunas del mundo.

Familia científica.

Alfred Nobel había nacido en Estocolmo en 1833, en una familia con tradición científica e investigadora. Descendía de Olof Rudbeck, famoso naturalista del siglo XVII, descubridor del sistema linfático, y su padre, Inmanuel Nobel, era un ingeniero que había inventado el conglomerado de madera, entre otras cosas.

Las otras cosas no eran tan inocentes, se trataba de lo que entonces se llamaba máquinas infernales, minas de alto poder destructivo, torpedos... El zar Nicolás I lo tomó a su servicio durante 20 años para que desarrollase armas que le hicieran más poderoso que sus enemigos. Alfred creció por tanto en San Petersburgo, donde comenzó a estudiar química con el eminente químico ruso Nicolai Zinin, mientras su padre se hacía rico fabricando armas para la Guerra de Crimea.

La muerte de Nicolás I supuso sin embargo la ruina de la industria familiar, Fonderies et Ateliers Mécaniques Nobel Fils, pues le sucedió Alejandro II, un zar pacifista que puso fin a la Guerra de Crimea. El joven Alfred se buscó la vida emigrando a Estados Unidos, donde se encontró con otra guerra, la de Secesión. Alfred prosiguió sus estudios de química en Norteamérica, pero también trabajó con el ingeniero sueco John Erikson, que construyó para la Marina de guerra unionista el primer buque acorazado de la Historia, el Monitor. Parece que la vida de Alfred Nobel iba a estar fatalmente ligada a la guerra y la destrucción.

Esa destrucción golpearía en su propia casa. La industria familiar, ahora dirigida por el hermano de Alfred, Ludvig (el de la falsa muerte), se dedicaba a la fabricación de explosivos con notable éxito comercial. El italiano Ascanio Sobrero había inventado un nuevo explosivo, la nitroglicerina, pero más bien parecía que la hubiera inventado el mismo diablo: no solamente tenía una potencia destructiva desconocida hasta entonces, sino que era muy inestable, parecía tener voluntad propia y estallar cuando quería, siendo peligrosísima para quien la manipulaba y transportaba. En 1864 la fábrica de la empresa Nobel en Heleneborg saltó por los aires, matando al hermano pequeño, Emil.

Dilemas morales.

Alfred dedicó entonces toda su ciencia y capacidad de trabajo a descubrir un método que hiciera segura la nitroglicerina. Así, tras varias fases de inventos, llegó a lo que en principio se llamó “explosivo seguro Nobel” y que hoy conocemos como dinamita (del griego dinamis, fuerza). Toda la brutal fuerza destructiva de la nitroglicerina había sido dominada por Nobel, como quien logra ponerle bocado a un caballo salvaje. A partir de su invento, el peligro, la destrucción, sería para aquello contra lo que se utilizara la dinamita, no para quien la manejase.
Nobel era una extraordinaria mezcla de científico y empresario, y esto hizo que nadie sino él mismo se beneficiara de sus inventos (355 patentes a su nombre). Su visión comercial le hizo entrar también en el incipiente negocio del petróleo, y en definitiva levantó un auténtico imperio económico. Pero su lado de hombre de ciencia le hacía plantearse dilemas morales que resultarían insólitos en un empresario.

Es justo señalar que la dinamita de Nobel no solamente servía para la muerte y la destrucción, de hecho fue capital para el desarrollo del mundo industrial en el último tercio del XIX y hasta nuestros días, pues gracias a ella se desarrollaron extraordinariamente las obras públicas, la minería, la construcción de ferrocarriles... Pero por otra parte, Alfred Nobel no tuvo escrúpulos en reconvertir la centenaria empresa siderúrgica sueca Bofors en fábrica de cañones, núcleo duro hasta hoy de la importante industria armamentista nórdica.

Pero definitivamente no quería que le llamaran mercader de muerte, y en noviembre de 1895, en el Club Sueco-Noruego de París, firmó su famoso testamento, dejando su enorme fortuna a una fundación que otorgaría los premios de todos conocidos, los más prestigiosos del mundo. Murió antes de que transcurriese un año en San Remo, en la Riviera italiana, muy cerca de Cannes, donde había tenido lugar su primera muerte.

Cuando ya estaba muriéndose salió de la imprenta una obra suya, un drama llamado Némesis. Alfred Nobel siempre había tenido inclinaciones artísticas, había escrito poesía, aunque no había alcanzado lo que él creía madurez literaria hasta el final de sus días, con Némesis. Pero sus albaceas estaban tan entregados a la causa de su fama que destruyeron todos los ejemplares del libro. Su asunto, la trágica y escabrosa historia de Beatrice Cenci, un caso de incesto, sadismo y parricidio en el Renacimiento, fue considerado escandaloso y blasfemo, y la relación de Nobel con la literatura debía ser, y ha sido, la de máximo benefactor de los mejores escritores.

Así se construye una fama inmorta

Grupo Zeta Nexica