El hundimiento del Lusitania
AGUAS DEL ATLÁNTICO, 7 DE MAYO DE 1915 • Un submarino alemán hunde el trasatlántico inglés, causando la masacre de 1.198 pasajeros y tripulantes.
Los vigías estaban doblados, de modo que no se puede decir que no viesen la estela que recorrió 700 metros antes de llegar al barco, pero el Lusitania era un gigante de los mares, el barco más grande del mundo cuando fue botado en 1906, y no tenía la agilidad necesaria para esquivar al torpedo.
Desde el periscopio del submarino U-20, su comandante, el Kapitänleutnant Schwieger, comprobó satisfecho el impacto. Había avistado el trasatlántico cuando navegaba por superficie, pues los primitivos submarinos de aquellos tiempos no podían estar mucho tiempo bajo el agua, sólo se sumergían para atacar; se había acercado sin ser advertido y había disparado cuando tuvo un buen blanco.
El impacto de un solo torpedo en un barco de 32.000 toneladas no podía provocar su hundimiento rápido, quizá ni siquiera hundirlo, pero enseguida se produjo una segunda explosión, más violenta que la primera. “¿Las calderas o municiones?”, se preguntaba el Kapitänleutnant Schwieger en su diario de a bordo. Existen ambas teorías, puesto que el Lusitania transportaba municiones, pero en todo caso fue la segunda explosión la que provocó que el enorme buque se fuese a pique en tan sólo 18 minutos.
El Lusitania se hundió de proa casi en vertical, como alguien que salta a la piscina desde el trampolín, pero cuando la proa tocó fondo, como la profundidad era solamente de 96 metros y el barco medía 241 de eslora (largo), casi 150 metros de buque quedaron alzados en el aire, en una increíble pirueta. La tripulación no tuvo tiempo para botar más que seis de los 48 botes salvavidas. Muy pocos para las 1.959 personas que iban a bordo.
Cuando los socorros llegaron a la zona dos horas después, solamente pudieron recoger a 761 supervivientes. 785 pasajeros y 413 miembros de la tripulación habían muerto a causa del ataque del
U-20. Con 1.198 víctimas no militares, a las 15.10 horas del 7 de mayo de 1915 se acababa de inaugurar un nuevo tipo de guerra en la que la población civil sería sometida a feroces ataques y grandes masacres, como si fuese el amenazante enemigo.
La guerra submarina.
“En abril de 1915 Inglaterra gozaba de una supremacía en el mar como jamás se había visto, ni aun en los días de Nelson”. Fue Winston Churchill, en aquel momento primer lord del Almirantazgo (ministro de Marina, en la curiosa terminología británica), quien escribiría posteriormente esas palabras. Con esa superioridad aplastante, la Royal Navy había impuesto un férreo bloqueo comercial a Alemania, para que no le llegasen materias primas por mar.
Tanto Alemania como Gran Bretaña necesitaban suministros de ultramar para sostener el esfuerzo de guerra, especialmente Inglaterra, una isla mucho más pequeña y con menos recursos naturales que el Imperio alemán. De manera que el Estado Mayor germano decidió pagar a los ingleses con su propia moneda, atacar sus rutas comerciales marítimas. Para eso sólo disponía de un medio, una nueva arma prácticamente experimental: el submarino.
El submarino era por naturaleza un asesino. Los poderosos cruceros ingleses podían dar el alto a cualquier buque mercante, detenerlo, registrarlo, ejercer labor de policías. Los endebles submarinos sólo podían matar, huir y esconderse, como criminales. Además, sólo podían matar a víctimas inermes, no se atrevían a atacar a los navíos de guerra, solamente a los mercantes. Y cuando los ingleses pusieron cañones en sus barcos mercantes, se acabó la humanidad, lo de avisar antes de hundir el barco para que los tripulantes largaran los botes salvavidas. Serían asesinos, y con alevosía...
En Berlín hubo resistencias al empleo de este arma. La capacidad de destrucción y masificación de la Gran Guerra acabó pronto con cualquier vieja idea de guerra de caballeros, pero lo que temía el Ministerio de Exteriores alemán eran las complicaciones internacionales, sobre todo que el hundimiento de mercantes provocara la entrada en el conflicto de Estados Unidos. Pero en febrero de 1915, el almirante Von Pohl, nuevo jefe de la flota germánica y decidido partidario de la guerra submarina, ganó la mano a los políticos y la campaña se puso en marcha.
Pronto toda la cuestión de la guerra submarina giraría alrededor de la
reacción estadounidense. La embajada alemana en Washington, por ejemplo, ponía anuncios en los periódicos advirtiendo al público estadounidense del peligro de viajar en barcos de bandera británica, pretendiendo así cubrirse frente a lo que, antes o después, podría ocurrir: una masacre de americanos inocentes.
Y eso es lo que sucedió con el torpedeamiento del Lusitania. El lujoso trasatlántico de la Cunard había zarpado de Nueva York rumbo a Liverpool, y entre su pasaje iban dos centenares de viajeros americanos, de los que murieron 128. Entre ellos había ciudadanos prominentes, como uno de los multimillonarios Vanderbilt, cuya familia ofreció una recompensa de 125.000 libras esterlinas –una auténtica fortuna en la época- por su cadáver.
Víctimas vengadas.
Parecía que esta matanza traería la entrada de Estados Unidos en la guerra. Algunos pseudohistoriadores conspiracionistas, germanófilos negacionistas e ideólogos de la extrema derecha británica, que habitualmente achacan a Churchill todo tipo de perversidades, pretenden que el primer lord del Almirantazgo no dio protección naval al Lusitania para facilitar el ataque alemán, y provocar así la declaración de guerra americana.
En todo caso ésta no se produjo... todavía. El presidente Wilson, que mantuvo posturas pacifistas hasta después de su reelección en 1916, se limitó a presionar amenazadoramente a Alemania para que cesaran este tipo de ataques, y de hecho la campaña submarina de la Kriegsmarine cesó en junio de 1915.
Sin embargo, en otoño de 1916, tras el fracaso de la ofensiva alemana sobre Verdún, con un nuevo alto mando alemán en manos de Hindenburg y Ludendorff, partidario de la guerra hasta sus últimas consecuencias, se reanudó la actividad submarina. A principios de 1917 Berlín advirtió a Washington que torpedearía los mercantes norteamericanos que entrasen en una inmensa zona de exclusión, y enseguida comenzaron los ataques.
La opinión pública americana, en principio partidaria de “no meterse en los líos de los europeos”, había comenzado a evolucionar a partir del hundimiento del Lusitania, y ahora se tomó la advertencia alemana como un ultimátum inaceptable. El 2 de abril de 1917, el Congreso de los Estados Unidos declaró formalmente la guerra al Imperio alemán. Las víctimas del Lusitania serían al fin vengadas, porque la participación yanqui resultaría decisiva para la derrota alemana en la Gran Guerra.



