El hielo, placer de reyes
Bommel, Holanda, 8 de diciembre de 1585. El Mosa se hiela y la infantería española asalta la flota holandesa
En la corte de los Austrias gustaba lo frío, del rey abajo los madrileños aliviaban los veranos a base de horchata, agua de cebada y granizados. Para mantener estos caprichos en una era preindustrial, no había otro medio que almacenar la nieve de la sierra en depósitos construidos ex profeso, los pozos de la nieve. Y cuando el rey viajaba también lo hacía el hielo. En una cacería que ofreció a Felipe IV el duque de Medina-Sidonia en el Coto de Doñana, los 1.200 invitados disfrutaron de refrescos gracias al hielo que, cada día, traían 46 acémilas desde los pozos de nieve de la Serranía de Ronda, a 150 kilómetros. Gaspar Pérez de Guzmán y Gómez de Sandoval fue famoso acumulando deudas.
Todavía existe en el Guadarrama, junto al monte Abantos, en lo que actualmente es el Valle de los Caídos, el Real Pozo de Nieve de Felipe II, protegido por un tejado del XVII. Cada primavera se rellenaba con nieve envuelta en capas aislantes de hojarasca. Cabían 20.000 arrobas, es decir, 230 toneladas de nieve, un duro trabajo para los “neveros” que se dedicaban a este negocio.
De allí se bajaba en mula hasta Madrid, 68 kilómetros, una larga jornada, con bloques de hielo de 50 kilos en los capachos de esparto aislados con paja molida y helechos. En la Villa y Corte se almacenaba en la puerta de Fuencarral, llamada “Puerta de los Pozos de Nieve” (hoy Glorieta de Bilbao), y se vendía al público en el mercado de Santo Domingo. El negocio era desde 1607 un monopolio de la Casa Arbitrio de la Nieve y Hielos, empresa del comerciante catalán Pablo Xarquíes, que se hizo tan popular con su industria del frío que hasta lo cita Quevedo –“de cuyas manos Charquías / llena de nieve sus pozos”– en un romance.
El negocio del hielo se extendía por toda España y tenía especial entidad en Valencia, no solo por el elevado consumo en la patria de la horchata, sino porque desde el puerto de Alicante se exportaba nieve a Ibiza y el norte de África. Precisamente un médico valenciano, Francisco Franco, publicó en 1569 el Tratado de la nieve y del uso de ella, primer estudio europeo sobre la materia.
En Roma usaban la nieve en cocina y medicina, y las cortes principescas del Renacimiento italiano lo recuperaron en el Quattrocento. Esa ventaja explica que los italianos tengan la mejor heladería del mundo, porque en el resto de Europa no se generalizó su uso hasta el siglo XVI, al extenderse la Pequeña Glaciación, una era de enfriamiento global, que según la NASA tuvo lugar entre 1550 y 1850, con un periodo más crudo, el Mínimo de Maunder, entre 1645 y 1715. El Ebro se helaría siete veces entre el siglo XVI y el XVIII.
La más gráfica memoria histórica de ello son los cuadros holandeses de patinadores. El género lo inició el flamenco Pieter Brueghel el Viejo hacia 1565 con Paisaje nevado con patinadores, y alcanzó su máxima popularidad en el siglo XVII con Hendrick Avercamp. Los holandeses eran gente acostumbrada a enfrentarse a la naturaleza, capaces de arrebatarle territorio al mar trabajando como hormigas en la construcción de diques, de modo que, al contrario de lo que pasa ahora, se tomaron con buen talante el cambio climático y se dedicaron a disfrutar del patinaje y otros juegos sobre hielo.
La congelación de ríos, lagos y trozos de mar podía, sin embargo, provocar situaciones más dramáticas, como la del Milagro de Empel. Durante la Guerra de los Ochenta Años entre España y los rebeldes holandeses la suerte fue muy cambiante. Al tercio de Bobadilla le había tocado la mala en el otoño de 1585: se encontraba sitiado por la escuadra holandesa en la isla de Bommel, en la confluencia de los ríos Mosa y Waal. Los holandeses, maestros en el arte de dominar el agua, rompieron los diques y provocaron una crecida del río que obligó a los españoles a refugiarse en lo único que quedó fuera del agua, el montículo de Empel.
El milagro. Se hallaban en una situación insostenible, empapados, sin víveres y apiñados, presa fácil para la artillería de la flota holandesa, aunque a la propuesta de rendición, el maestre de campo Arias de Bobadilla respondió: “Ya hablaremos de capitulación después de muertos”. Pero cavando una trinchera apareció una tabla pintada con la Inmaculada Concepción, a la que los hombres del tercio, fervientes católicos como eran los españoles de la época, se encomendaron. Cayó la noche, vino un aire que creyeron morir de frío, pero al amanecer vieron el río congelado y los barcos holandeses presos del hielo. Para la infantería española fue entonces coser y cantar el asalto a los buques enemigos. Era el 8 de diciembre, precisamente el día de la Inmaculada, por eso la victoria se consideró el Milagro de Empel, y la Inmaculada fue investida “Patrona de la Infantería”.
Nefasta en cambio fue la suerte de Felipe IV con el enfriamiento global de la Pequeña Glaciación, pues el monarca, que tanto gustaba de los refrescos helados, murió literalmente de frío. Se hallaba en el Real Alcázar madrileño, famoso por su falta de confort, calentándose con un brasero pese a que era oficialmente verano, cuando las brasas se apagaron. Había que removerlas con la badila para que reiniciasen la combustión, pero en el rígido protocolo de la Corte española, ese oficio correspondía exclusivamente a un Grande de España, y ¡ay de quien lo suplantase! El Grande estaba ausente, el brasero no se removió, el rey se enfrió, y de resultas de ello murió un 17 de septiembre de 1660, cuatro días antes de que terminase un verano del Mínimo de Maunder, en la Pequeña Edad del Hielo.



