Gabo, la historia de una amistad
El escritor colombiano Plinio Apuleyo Mendoza rescata un texto conmovedor sobre su relación con Gabriel García Márquez que incluye varias cartas inéditas.
Es diciembre, está nevando y estamos en Suecia. Es 1982. Un menudo escritor colombiano al que siempre hemos visto sonreír (“con ese bigote inspirado y lineal”) ha decidido romper el protocolo. La razón es sencilla: el frac trae mala suerte. Por eso el hombre que entra en el gran escenario del teatro donde se entregan los Nobel lleva un traje blanco. Los amigos que le han acompañado hasta allí llevan rosas amarillas para conjurar el mal fario. Uno de ellos, colombiano como él, está a su lado cuando el escritor premiado mira, ve flores por todas partes, gente de etiqueta, y susurra: “Mierda, esto es como asistir uno a su propio entierro”.
Anécdotas personales, vivencias en varios países y declaraciones tanto o más asombrosas que la anterior constituyen el corpus central del libro Gabo. Cartas y recuerdos, que el escritor Plinio Apuleyo Mendoza (Tunja, Colombia, 1932) ha publicado en el sello editorial B. El libro cuenta la relación de amistad entre ambos, que se conocieron en Bogotá y se hicieron amigos en París cuando ejercían como periodistas. Desde entonces, Mendoza y Gabo, como le gusta que le llamen, recorrieron Europa y participaron en varios acontecimientos fundamentales de la historia de Latinoamérica.
“Compartimos muchas realidades –afirma Mendoza–. Conocimos el mundo comunista y tuvimos la misma impresión los dos. Vimos la caída de un dictador en Venezuela y la llegada de la democracia. Vivimos los primeros tiempos de la revolución cubana con el mismo entusiasmo. Estuvimos en La Habana cuando Fidel llegó. También en Colombia compartimos muchas experiencias. El único momento que tuvimos distancia fue con el caso Padilla”. Mendoza se refiere al encarcelamiento por el régimen castrista del poeta cubano Heberto Padilla, a principios de los 70. Pero nos estamos adelantando a los acontecimientos.
El libro de Mendoza fija en la memoria varias imágenes del Nobel colombiano que no todos conocíamos. Gabo en Colombia intentando seducir a una camarera. Gabo viendo por primera vez la nieve y saltando como un loco. Gabo en París sin pagar el alquiler durante meses. Gabo flaco y desnutrido, verde de hambre y de frío. Gabo soñando que el socialismo no funciona. Gabo llegando a México con 20 dólares en el bolsillo. Gabo en un segundo plano en las fiestas literarias. Gabo aferrándose a la escritura como si fuera una tabla a la deriva después de un naufragio. Gabo escribiendo las historias tal cual las escuchó en su infancia.
Decir que Gabriel García Márquez es el escritor más famoso de la Tierra no es una exageración. La publicación en 1967 de su novela Cien años de soledad fue el punto culminante del estallido de la literatura latinoamericana en el mundo: el boom. En muy poco tiempo la novela cosechó un éxito de público jamás alcanzado hasta entonces por un autor del Cono Sur y la crítica la elevó de inmediato a la categoría de clásico contemporáneo. El nombre de García Márquez se unía al de Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes y Julio Cortázar, quienes habían abonado un terreno que Gabo fecundaría y cuyo fruto gozarían millones de lectores.
Sin embargo, el autor de El otoño del patriarca y El coronel no tiene quien le escriba no deseaba la celebridad. Mendoza lo explica así: “Era una persona que andaba por todas partes libre, conversando de esto y de aquello, y de pronto todos los reflectores se colocaron encima de él. Le cambió la vida. Hay gente a la que le fascina eso, pero a él no, a él le inquieta, le asusta”. El libro de Mendoza ha rescatado varias cartas de Gabo enviadas a su amigo en los años 60. Cuando el éxito de Cien años es incuestionable, Gabo le escribe a su amigo que preferiría pasar inadvertido. Tras el Nobel, la repercusión de sus palabras y de sus declaraciones obligó a Gabo a no conceder entrevistas, a cerrar el círculo de amigos. Pero hubo excepciones notables. La más llamativa fue la relación con Fidel Castro. La más duradera, la amistad con Mendoza. Por encima de posicionamientos políticos y distancias kilométricas, entre Gabo y Plinio nunca peligró la amistad. Ni siquiera tras el caso Padilla.
“Yo era el jefe de redacción de la revista Libre, que agrupaba a los escritores del boom y cuando se redactó la carta no localicé a Gabo porque estaba en Macondo, allá en Aracataca –explica Mendoza–. Entonces les dije a Vargas Llosa y a Juan Goytisolo que pusieran su firma, bajo mi responsabilidad”. Más de un centenar de escritores mostraron su disconformidad con el encarcelamiento del poeta, entre ellos Sartre y Cortázar. Cuando Gabo volvió al mundo real su actitud había cambiado. “Qué sorpresa cuando me llegó la carta y me dijo que él no quería firmar –recuerda Plinio–, así que me tocó rectificar.”
Al parecer, Gabo se había acercado hacia la revolución. “Él creía que el futuro sería de ellos, de los mamertos, como llamamos a los comunistas en Colombia. Ahí fue cuando Fidel se hizo amigo suyo y le convirtió en su cómplice”. Cada vez más separados ideológicamente, Mendoza y Gabo siguieron siendo amigos y se valieron de su amistad para “ayudar a muchos escritores a salir de la cárcel: al propio Padilla, a Norberto Fuentes, a Raúl Rivero, también a gente de la calle”.
Política y literatura.
Resulta inevitable hablar del proceso aperturista que está llevando a cabo Raúl Castro en la isla. “Yo personalmente no creo en nada de eso. Creo que Gabo sí, pero yo no. Son pequeñas tentativas pero es muy difícil que eso constituya una solución real para el problema cubano”. La deriva política que fue tomando Gabo se contraponía a su concepción de la literatura. Él mismo le escribió a Mendoza: “El primer compromiso de un escritor es escribir lo mejor que pueda”. El autor de Entre dos aguas lo ratifica: “Ese fue su verdadero compromiso durante toda su vida. Contar lo que quería contar y hacerlo bien”. Un ejemplo: la historia de Remedios la Bella. Mendoza la resume así. “Fue una mujer que se fugó con un camionero, pero la abuela de Gabo contó a todo el mundo que se la había llevado el viento cuando estaba tendiendo la ropa. Luego Gabo escribió la historia y en ella Remedios la Bella subía al cielo en cuerpo y alma. Era su manera de contarlo”.
Sin noticias de Gabo.
Hace mucho tiempo que no tenemos noticias de Gabriel García Márquez. Alejado de la escritura y de los medios de comunicación, Gabo sigue viviendo en México. El año pasado se cumplió el 30 aniversario de su Nobel. Se emitieron programas especiales, hubo celebraciones, reportajes, pero Gabo seguía sin aparecer.
“No está bien –reconoce Mendoza–. Varios amigos lo han visto y hay versiones contradictorias. Tiene pérdidas de memoria. Su hermano ha reconocido que tiene demencia senil. Una verdadera pena”. ¿Cuándo fue la última vez que se vieron? ¿Pudieron hablar del libro? “Fue en Barcelona, hace cinco años. Me acerqué a verlo. No lo encontré bien, tenía olvidos inmediatos, pero nos largamos a hablar de nuestro pasado y de la cantidad de cosas que habíamos compartido y esa memoria antigua la tenía intacta”. Mendoza hace un alto al hablar, se le nota visiblemente afectado por la salud de su amigo, pero añade, no sin extrañeza: “Al menos lo vi feliz”.
Gabo abrazando a los viejos amigos. Gabo recorriendo Suecia vestido de blanco. Gabo asistiendo a su propio funeral. Gabo sonriendo. Gabo asustado. Parece del todo improbable que García Márquez vuelva a escribir un libro. Mendoza asegura que “Gabo jamás escribirá la segunda parte de sus memorias, ni tampoco terminará una novela en la que trabajaba hace unos años”. Todo parece indicar que no habrá más generaciones de Buendía, ni más coroneles esperando una carta que nunca llega, ni más patriarcas en el otoño de sus vidas. “Se pasó la vida asustado, primero por lo que podía pasarle; después por lo que le pasó”, zanja Mendoza. La suya ha sido una historia vivida para contarse. Por el propio Gabo, y por aquellos que siempre serán sus amigos.



