Freud, la epistemología, Satanás... y Mastropiero
El último espectáculo de Les Luthiers, recién estrenado en Madrid, está entre los mejores de la historia del grupo. Se meten con todo, desde el jazz al Anticristo.
Less descubrí cuando caí en la cuenta, deslumbrado, de que Bach era la materialización del genio humano a la que muchísima gente llama Dios (esta deliciosa boutade es de Cioran), o sea, más o menos a los 18 años. Ya había aprendido a viajar hacia el nadir de mí mismo con la Pasión según San Mateo cuando alguien, no recuerdo quién, seguramente por gastarme una broma, me hizo escuchar la Cantata Laxatón, atribuida a un compositor para mí desconocido: Johann Sebastian Mastropiero.
Fue fulminante. Un grupo de media docena de inteligentísimos sinvergüenzas con acento argentino hacía una parodia maravillosa, cuidada hasta el menor detalle, de la Pasión del gran cantor de Leipzig, que es como los redichos llamamos a Bach. Estaba todo: los recitativos, los corales, las famosas cadencias, las arias, algunas perfectamente reconocibles... pero el texto no era el del Evangelio sino el prospecto de un laxante. En español. Aria de bajo, por ejemplo, allegro: “No debe ser utilizado cuando hay náuseas, / cuando hay náuseas no debe ser utilizado, / o dolor abdominal; / si hay náuseas, / si hay vómitos / o cuando hay dolor abdominal”.
El resultado de aquella completa maravilla (más tarde sabría que la había compuesto un tipo genial ya fallecido, Gerardo Massana, que tomaba el nombre del inimitable Mastropiero) era lo que el gran Forges llamaría, y ustedes perdonen la manera de señalar, “la descojonación de Espronceda”, poeta romántico que, sin él saberlo, puede haber estado detrás del texto de otra de las obras maestras del grupo, muy posterior: Las majas del bergantín (zarzuela náutica).
Como es natural, nos lanzamos todos francamente, y yo el primero, por la senda de encontrar sus discos. Tarea ardua y difícil en los tiempos del vinilo y del balbuciente compact disc. Pero no hay nada que un buen fan no logre y hace años que ahí están todos, discos y vídeos y DVD, con la obra completa de Les Luthiers, el grupo de humor musical más genial del mundo contemporáneo. Y del anterior, pues posiblemente también.
Han pasado 45 años. Se dice pronto. Los devotos, los irreductibles, los pertinaces, los millones de feligreses que vamos todos, con flores y a porfía, tras los pasos de Marcos Mundstock, Daniel Rabinovich, Jorge Maronna, Carlitos Núñez y Carlos López Puccio (falta, ay míseros de nos, Ernesto Acher, que se bajó del milagro: una desgracia como otra cualquiera), sabemos que Leslu, como les llamamos en un rasgo de amorosa complicidad, son como las golondrinas: siempre vuelven, y siempre traen cosas nuevas, y jamás dejan de asombrarnos, nunca permiten que dejemos de amarlos, y hace muchos años ya que, cuando estrenan un nuevo espectáculo, empezamos a reírnos como descosidos diez minutos antes de entrar en el teatro. O quince. Todavía me acuerdo de aquella noche mágica de finales de los 80 en el teatro Alcázar. Mi primer y eterno amor (no correspondido, como casi todos), Marité Suárez, y yo, acabábamos de ver por primera vez Viegésimo aniversario, espectáculo en el que se incluía El sendero de Warren Sánchez (salmos sectarios), y ambos salimos del teatro como si nos hubiesen dado una paliza. No es que nos hubiésemos reído: es que estábamos enfermos del estómago los dos. El desarreglo
original duró, en mi caso, dos días.
Pero teníamos el disco. Así que los
desarreglos subsiguientes ocuparon cuatro más.
Epistemología luthiérica.
Están mayores, es verdad. Ya no tienen la agilidad física de antes. Admitámoslo: tampoco las voces son las mismas, salvo las de Mundstock (el relator habitual) y desde luego la de Carlitos Núñez. Pero el espectáculo que acaba de llegar a Madrid después del habitual rodaje, Lutherapia, es... Vamos a ver cómo salgo de esta frase, que no es fácil. Es como todos. Sí, así está bien. No se puede decir que sea especialmente genial, porque todos son geniales.
Los luthieradictos sabemos desde niños que Leslu hacen, con o sin sus maravillosos instrumentos informales, dos tipos de obras: las de cinco minutos y las de un cuarto de hora. Las primeras son, en el 90% de los casos, joyas. Las segundas, o sea las largas, son cofres del tesoro, la cueva de Alí Babá o los sótanos de Fort Knox. Para componer El rey enamorado, Concerto grosso alla rustica, La bella y graciosa moza marchóse a lavar la ropa, La gallina dijo eureka o Rhapsody in balls (Handball blues), la última de las cuales pertenece al espectáculo que ahora podemos ver y en la que aparece el inenarrable bolarmonio, hacen falta muchísimo talento y a lo mejor un par de meses. Para componer la Cantata del adelantado don Rodrigo Díaz de Carreras, la ya mencionada Laxatón, Cartas de color, Teresa y el oso o El Día del Final (exorcismo sinfónico-coral), que también pertenece a este último show, hacen falta... pues 3.500 años de historia de la música occidental y una condición de genios absolutamente indiscutible.
Ahora yo voy a empezar a pasarlo mal porque no debo reventarles a ustedes el espectáculo, y cómo me lo callo, ¿eh? Pues poniéndome ficticiamente serio. Analítico. Epistemológico. Es que ahí está todo, en la epistemología.
Hace falta ser Les Luthiers para componer una cumbia sabrosona, Dilema de amor, en la cual se habla, de manera completamente seductora e insinuante, de Lacan, Marcuse, Sartre, Wittgenstein y sobre todo Erasmo de Rotterdam, que es ya el clímax de la relación erótica, como su propio nombre indica (“los jóvenes se aman con tanto entusiasmo / que solo con hablar ya llegan al erasmo”, dice la letra). El tema central de la pieza es la epistemología. Así, como suena. Bien, pues esta parte de la teoría científica se convierte en el leit-motiv de una larga sesión de psicoanálisis en el que Mundstock trata de sacarle un trauma de la cabeza al pobre Rabinovich. El atribulado Daniel tiene que escribir una tesis sobre la obra musical de Johann Sebastian Mastropiero y está bloqueado. No le sale. No puede. Somatiza.
El asunto se resuelve al final, con el exorcismo de El Día del Final. No es la primera vez que Leslu, que 45 años riéndose hasta de su sombra, se meten con los curas (ahí está San Ictícola de los peces), pero nunca lo habían hecho de manera tan punzante. La controversia sobre Satán, el Anticristo y el aborto no va a gustar a más de un chupacirios de los que están volviendo por sus fueros.
Pero son ellos en estado puro. Geniales como nunca. Este Día del Final está a la altura musical del legendario Laxatón, motetes polifónicos incluidos. En estos tiempos en los que ya no quedan motivos para reír, Leslu no son una opción: son una necesidad. Epistemológica.



