El tamaño (del libro) no importa

10 / 12 / 2010 0:00 PEDRO GARCÍA [email protected]
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Los librinos, de Ediciones B, aterrizan en España. Contra la crisis, miniaturas de papel en plena fiebre digital.

Hay quien piensa que en este planeta de asfalto y margen de beneficio, de quimeras y sueños digitales, lo grande siempre será más grande y lo pequeño, por el contrario, será cada vez más pequeño. Pasa con los edificios, los aviones o los satélites y pasa, cómo no, con muchos de los gadgets que nos rodean día a día. Teléfonos, ordenadores, reproductores de música... Un sinfín de dispositivos electrónicos que, mientras menguan, luchan por ser “el más ligero y potente del mercado” en una carrera en la que el libro de papel no tenía, hasta el momento, nada que decir. De no ser por los librinos.

Mientras en España el sector editorial ha anunciado este otoño un descenso del 10% en la ventas -mitad crisis, mitad fricción con los nuevos rivales electrónicos- en las librerías esperan que este pequeño invento -que huele a gran revelación- les ayude a cuadrar la caja estas navidades.

Las ideas que funcionan.

“Es una idea muy simple -explica Ricardo Artola, director editorial de Ediciones B-, de esas que hacen que todo el mundo piense: ‘Pero cómo no se me había ocurrido a mí antes’. Esas son las ideas que funcionan”. Con 135 gramos de peso, 12 centímetros de alto y letra de cuerpo 9 -su diseño puede consultarse en la web www.librinos.com-, su formato de lectura apaisada convierte dos páginas en la cuartilla de un libro tradicional, lo que permite leer sin esfuerzos.

La editorial de Artola acaba de poner en el mercado seis títulos y 120.000 ejemplares y por el momento, con poco más de una semana en las estanterías, las noticias no pueden ser mejores. Más allá de la repercusión en los medios de comunicación, el boca-oreja -la base de todo buen negocio en el terreno editorial- está funcionando de maravilla. “Estábamos muy ilusionados -matiza Artola- pero el eco nos ha superado”. Tanto que Ediciones B ya se está planteando ampliar la colección con otros títulos: “Por ahora hemos apostado por superventas de la casa, pero si se confirma la tendencia, seguramente sacaremos más librinos”. Aun así, los lectores españoles dictarán sentencia en los próximos meses.

El milagro holandés.

Del éxito de los librinos lo saben todo en la editorial holandesa Jongbloed, especializada en publicaciones religiosas. En 2006, en sus despachos nació una idea que tardó otros tres en gestarse y en septiembre de 2009, finalmente, vio la luz para dinamitar literalmente el mercado editorial holandés: gracias a los librinos -Dwarligger en flamenco-, Jongbloed ha vendido más de 400.000 ejemplares y comercializado unos 90 títulos en el último año. Eso en un país de 16 millones de habitantes.

Comparaciones aparte, Arhur Van Keulen, gerente de marketing internacional de la editorial holandesa, recuerda que su empresa tardó “tres años en desarrollar el producto con diseñadores, editores y lectores” hasta que dio con una idea que nació “de un debate sobre los límites del libro como formato”. Pero, ¿cómo y por qué la novedad ha entrado con tanta fuerza en los escaparates de las librerías en plena fiebre digital? Van Keulen advierte que los librinos no son “un competidor” del Ipad o los ebooks: “Lo que sucede es que nos hemos aprovechado de la nueva manera de leer que está naciendo gracias al mundo digital”. Para Artola, sin embargo, además de su “legibilidad” las virtudes de los librinos radican en “su portabilidad y su precio”. Y es que estas miniaturas de papel han nacido para viajar.

Su tamaño hace pensar en trayectos de autobús, avión o metro; horas punta aparte, cuestan 9,95 euros. Son libros urbanos y su fuerza descansa, quizá, en su novedad y su frescura de cara a las compras de Navidad. “Para los clientes son como chocolatinas en el escaparate”, bromea Xavi Monserrat, responsable de narrativa de Librerías Bertrand. “La respuesta de los lectores está siendo buena, seguro que en Navidad funcionará de maravilla. Además, no pesan nada”. Letras contra la crisis... y el exceso de equipaje.

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