El grafiti español revoluciona el arte urbano

26 / 10 / 2015 José Manuel Gómez
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Suso33, Okuda y el colectivo Boa Mistura son tres nombres punteros de un arte que nació clandestino pintando vagones de metro. Sus obras cotizan al alza alrededor del mundo

Suso 33 posa en su estudio de Madrid.

Suso33 ha reunido en el libro ONe Line (La Fábrica) treinta años de grafiti, algo más que un catálogo de la exposición celebrada en el Centro de Arte Tomás y Valiente (Ceart) de Fuenlabrada (Madrid). La mayor sorpresa que se llevaba el visitante de la exposición de Suso33 es lo que se intuye en su última obra, desarrollada el pasado año en una residencia artística en Escocia. Su obra más reciente se integra en el entorno natural. “Decidí trabajar con las texturas y manchas que el paso del tiempo había dejado en los edificios de la destilería” escribe en Cuaderno de Escocia, la memoria que ha publicado sobre su estancia en Dufftown.

Suso 33 ha comenzado a pintar con agua. Su obra se evapora. El vídeo es el único testigo. Parece un círculo que se cierra: ¡el arte ha muerto! ¡Viva el arte!

EL GRAFITI EN MADRID

A mediados de los ochenta surgieron en los muros y paredes de Madrid una serie de firmas perfectamente reconocibles. Muelle comenzó a firmar todo tipo de superficies desde 1982, en poco tiempo le siguieron otros como Bleck La Rata. Según la terminología del grafiti eran escritores. Nada que ver con tener aspiraciones literarias, lo suyo era dejar su firma (tag), dejaban su firma sobre todo tipo de superficies. Hoy aquellos pioneros son conocidos como los flecheros, tenían en común que siempre dejaban una flecha bajo su logotipo. Era una manera de autoafirmación. Muelle dejó de pintar en 1993 y murió de cáncer hepático dos años más tarde y Bleck La Rata se fue a vivir a Nueva York y dejó de pintar.

Aquellos pioneros no estaban conectados con la cultura del hip hop, de hecho, algunos se definían como punks o heavies. La conexión neoyorquina con el hip hop llegó desde Torrejón, Móstoles, Alcorcón y otras ciudades del sur de Madrid con las películas Beat Street y Style Wars y con la más peligrosa de sus gestas: decorar vagones de metro. Eso convirtió al grafiti en el enemigo de alcaldes y gestores de transportes. En 1989 estalló la primera generación del rap español acompañados de DJ’s, breakers (bailarines) y grafiteros. Una cultura que ya había calado en las grandes ciudades del planeta entero.

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Jota Mayúscula visita al principio del verano a Suso33 en su estudio, el DJ es amigo del grafitero y un admirador “es un genio”. Jota presenta el programa El rimadero en Radio 3 y es otro más de los admiradores de Suso 33. “Hay más de 30 temas de hip hop que me citan, eso me hace sentirme muy orgulloso”, explica Suso, que, sin embargo, en sus gustos musicales se muestra más ecléctico. “Después de nuestro encuentro en Guernica en 2008 Enrique Morente me propuso irme de gira con él. Algunos de sus músicos habían hecho grafiti y yo era un héroe para ellos”.

LOS COMIENZOS, DE LA DELINCUENCIA AL ARTE

Suso33 es un autodidacta que se ha abierto camino armado de aerosoles. “A mí me influyó la película Style Wars, luego conocí al hombre que estaba detrás, el fotógrafo Henry Chalfant. La primera vez que vino a España dimos una conferencia en la universidad. No pude hablar, ¿cómo le iba a quitar un minuto a ese hombre?”.

La película Style Wars (1983), producida y documentada por Henry Chalfant, comienza cuando el metro de Nueva York sale de las cocheras, aún es de noche, hay un farol iluminando el traqueteo del medio de transporte más eficaz de la Gran Manzana. Los vagones pasan uno a uno ante el farol, todos han sido bombardeados por los grafiteros. El primer ser humano que habla a la cámara es un inspector de policía del metro. Enseña una firma y dice “eso no es arte, eso es un delito”.

Suso33 también ha pintado vagones de metro, forma parte de una vida artística que comenzó como un delincuente. “Un día decidí presentarme como artista y entré en las galerías de arte”, pero Suso33 decidió mantener un pie fuera del mundo del arte tal y como muestra la pieza Legal-Ilegal.

El artista pintó una puerta sobre una pared en ruinas y se llevó la puerta a la galería de arte, dejando parte de la obra en la calle.

La aparente sencillez de la propuesta delata un compromiso con el arte por encima del dinero. “El año pasado el Ayuntamiento de Madrid me contrata para hacer un mural gigante en el barrio de Tetuán. No tenía ni idea del plan de reestructuración del barrio, ni de que fueran a hacer visitas guiadas al mural. Lo que me interesó es que en esa misma plaza yo llevaba pintando 20 años, sin permisos y sin que me paguen. Cuando estaba pintando salía la gente del edificio y me invitaban a comer y a café. La gente mayor reconocía mi estilo: ‘Es lo que he visto toda la vida aquí’, me decían. Para mí fue un reconocimiento a tanto trabajo que había hecho porque sí, por amor al arte, porque sí, corriendo peligro durante años”.

Sin embargo, Suso33 no cotiza al alza en el mercado del arte, tal y como lo hace Banksy, que ha logrado cobrar 25.000 libras esterlinas (34.000 euros) por alguna de sus obras. Banksy esconde su personalidad mientras que su agente vende su obra en su galería de arte o en la casa de subastas Sothebys. Este verano montó Dismaland, una parodia de Disneyland. “Me interesa Banksy –explica Suso33– pero no tengo mucho que ver. Me sorprende cómo han entrado Basquiat y Keith Haring en la historia del arte como grafiteros cuando nunca lo fueron. Ellos pintaban en la calle pero nunca hicieron grafiti”. 

“Suso33 mantiene el proceso pictórico vivo, y lo convierte en una acción artística real que traslada al escenario pintando e improvisando en la mejor tradición del jazz”, escribe Henry Chalfant. Esta semana Suso33 ha inaugurado Representaciones escenográficas de Pinturas Negras, una exposición en Bilbao (SC Gallery) con sus trabajos para el teatro. “Me contratan porque soy muy rápido”, dice el artista sin poner demasiado énfasis. “Lo que ha sido lento y pesado es la edición del libro. Ha sido la peor experiencia de mi vida. Prefiero pintar paredes”. Después de firmar los primeros ejemplares, el grafitero concede que el esfuerzo ha merecido la pena.

OKUDA Y LA CATEDRAL DEL SKATE
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Okuda está estos días buscando financiación popular (24.111 euros) vía Verkami para el proyecto Kaos Temple, la transformación de un iglesia situada en Llanera (Asturias) y reconvertida por el colectivo Church Brigade en un parque dedicado al skate. “Nunca se ha usado como iglesia. La gestionan unos amigos que me ofrecieron hacer lo que quisiera. Es un proyecto personal, por eso estoy haciendo crowdfunding para poder pagar el material”. Okuda va a pintar techos, fabricar vidrieras, pero desmiente que atraviese una etapa gótica. “No, se trata de usar un elemento tradicional como las vidrieras en un enfoque contemporáneo”.

Okuda ha pasado de pintar grafitis en la calle por la cara a llevar quince años realizando proyectos. “Solo depende de una cosa: trabajo; Internet ayuda mucho”, dice, e insiste en su cuenta de Instagram. “Hago tres proyectos al mes, la mayoría, fuera de España, trabajo con una galería aquí, otra en Alemania, otra en Australia”. En agosto, los Alpes, en Suiza; en septiembre, en Kiev (Ucrania). Amigo de Suso33, han pintado juntos en alguna ocasión. “Nos retroalimentamos entre nosotros, Suso pinta más en España, yo lo hago más fuera”. Una de las obras a la vista en Madrid es su intervención en la estación de metro Paco de Lucía en Madrid.

La agenda de Okuda es muy apretada, ha estado en
 Milán y su próximo destino es Cabo Verde, aunque antes pasará por Ámsterdam y Leipzig. El arte urbano se mueve.

BOA MISTURA
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El colectivo Boa Mistura acaba de participar en un encuentro en Bogotá, Colombia. Boa Mistura tiene su sede en el centro de Madrid, un estudio abierto desde el año 2010. “Nos conocemos desde el colegio, en nuestro barrio, Alameda de Osuna, empezamos a hacer grafiti”. Un arquitecto, dos licenciados en Bellas Artes, un ilustrador y un ingeniero de caminos dieron el salto al Street Art en el año 2001, poco más tarde se bautizaron como Boa Mistura (Buena Mezcla, en portugués). Uno de los trabajos que más se ha visto de ellos es la portada del disco de Carlos Santana Corazón, que sorprendió al  guitarrista favorablemente. Pablo Purón, Pablo Ferreiro, Javier Serrano y Juan Jaume son de la misma edad y fueron inspirados por el único ausente en la sesión de fotos, Rubén Martín. “Rubén era mayor que nosotros, era el tipo al que admirábamos cuando entramos en la universidad. Cada uno de nosotros firmaba con su apodo hasta que un día fuimos a pintar con Rubén y repetimos el fin de semana siguiente. Decidimos buscar un nombre al colectivo y así nació Boa Mistura. En aquella época casi todos los grupos de grafiteros se denominaban con anglicismos, nosotros escogimos un nombre en portugués. Nuestra conexión con el grafiti venía por Torrejón de Ardoz (el lugar por donde entró la cultura del hip hop en España). Torrejón nos pillaba cerca del barrio”, explica Javier.

Boa Mistura utiliza más el rodillo de pintura que el espray propio del grafiti. Su lema es “El arte es una herramienta de cambio”, y su obra aparece en Cuba (en La Habana), México, Panamá, Sudáfrica, Argelia o Brasil. Proyectos comunitarios en los que el colectivo casi nunca hace caja. El arte urbano, Street Art, se mueve. Hasta Google ha creado Art Project, donde se puede visualizar la obra de los artistas urbanos. Algunos son escépticos: “Prefiero encontrarme una obra al doblar la esquina, eso sí es emocionante”, decía una visitante a la exposición del grafitero.

Grupo Zeta Nexica