Carlos Fuentes, el último latinoamericano

12 / 09 / 2011 12:41 Daniel Jiménez
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El escritor mexicano vivo más relevante acaba de recibir el premio Formentor y publica dos libros al mismo tiempo. A sus 83 años, aún le queda mucho que decir.

La literatura es un arte intemporal y universal que se nutre de experiencias históricas tanto como de la realidad, la imaginación y la memoria. En los convulsos tiempos que estamos viviendo, tiempos de esperanza e incertidumbre, resurge con fuerza una idea, un sentir que es común a todos los ciudadanos: ¿hacia dónde va nuestra historia? Carlos Fuentes (Panamá, 1928), uno de los pensadores más importantes del mundo hispanoamericano, tiene claro que “los parámetros de la civilización están cambiando”. Y nos recuerda, en su último ensayo, titulado La gran novela latinoamericana (Alfaguara), que “la historia renace cada día, porque la historia la hacemos nosotros”.

La historia renace y muchas veces, además, como le gustaba imaginar a Borges, se repite. En 1961, un selecto grupo de intelectuales reunidos en un hotel de Palma de Mallorca creaba uno de los galardones literarios más emblemáticos de la época, el Premio Formentor. En su primera edición, el galardón, patrocinado por la editorial española Seix Barral y con la participación de editoriales europeas tan prestigiosas como Einaudi y Gallimard, recayó precisamente en Jorge Luis Borges. Sin embargo, unos años más tarde, el premio desapareció por problemas con la censura. 50 años después de su creación, el Formentor ha vuelto a renacer para caer con todo su peso histórico sobre el mexicano Carlos Fuentes, uno de los escritores que mejor se ha servido de la literatura para reconstruir la historia de su país, México, insertándola en el devenir de ese lugar tan real y tan mágico conocido como Latinoamérica. 

Para deleite de los borgianos, existe otra conexión que no podemos dejar de señalar. En 1959, Camilo José Cela y Carlos Barral se reunían en las dependencias del mismo hotel Formentor para inaugurar una serie de encuentros literarios que darían lugar a la creación del premio Biblioteca Breve. En su primera edición -año 1962-, el galardón fue a parar a la obra La ciudad y los perros, del entonces jovencísimo escritor peruano Mario Vargas Llosa. Dicho premio, así como el posterior descubrimiento de una serie de autores que querían refundar la literatura escrita en castellano, como Gabriel García Márquez, Julio Cortázar o el mismísimo Carlos Fuentes, que ese mismo año publicó La muerte de Artemio Cruz, supuso el inicio de lo que sería conocido a nivel mundial como el boom de la literatura latinoamericana.

Para conmemorar los 50 años de este fenómeno editorial, que se cumplirán precisamente el año que viene, en los circuitos literarios ya se están anunciando toda clase de celebraciones. Casualidad, magia o lógica pura, lo único cierto es que Latinoamérica se está preparando para convertirse, una vez más, en el centro del Nuevo Mundo, tan exótico como hiperrealista. Para eruditos y para profanos, las dos obras de Fuentes aparecidas estos días en Alfaguara, el citado ensayo y el libro de cuentos Carolina Grau, “donde la fantasía juega un papel muy importante -dice Fuentes-”, son una magnífica introducción a la literatura del nuevo continente, acaso el hecho literario más trascendente ocurrido en la segunda mitad del siglo pasado.

El futuro de la novela.

Tras recibir los premios Formentor, Cervantes y Príncipe de Asturias, entre otros, al autor de Los años con Laura Díaz solo le falta el Nobel. ¿Piensa en ello? “No –responde tajante-. El Nobel no se lo dieron a Marcel Proust, ni a Tólstoi, ni a Kafka. ¿Por qué me lo iban a dar a mí?”. El Formentor se prolonga los días 16, 17 y 18 de septiembre en unas Conversaciones cuyo tema es tan indispensable como recurrente: El futuro de la novela. Entre la crónica y la ficción. Al acto acudirán autores como Jorge Edwards y Claudio Magris. Este último, como recoge Fuentes en su ensayo, afirmó hace poco que “Europa debe aprender a leer de nuevo a Latinoamérica”. Pero ¿de verdad sabemos qué es Europa, qué es Latinoamérica? ¿Sabemos hacia dónde va la historia?

La deslocalización y las redes sociales han derribado las fronteras, y los nacionalismos perviven como una incómoda resaca. “Las revueltas en el mundo árabe son parte de un cambio global –opina Fuentes-. En todas partes están cambiando los parámetros de la civilización, en China, en India, en Inglaterra, en España. Solo que todavía no sabemos cómo llamarlo”. Mientras Europa se enreda en una nube de deudas, Latinoamérica se pierde investigando su identidad hasta cuestionar abiertamente lo que significa ser latinoamericano. El también mexicano Jorge Volpi (1968) es quien ha ido más allá afirmando que América Latina ya no existe, que el Nobel a Vargas Llosa ha sido una ceremonia de réquiem, y que el peruano y Carlos Fuentes son los últimos intelectuales propiamente latinoamericanos, los últimos miembros de una especie en extinción. Entonces, ¿podría ser Carlos Fuentes el último latinoamericano?

Fuentes publicó su primera novela, La región más transparente, a los 30 años. En ella ya encontramos la vocación de todas sus ficciones: reinventar la realidad y la historia de México, su pasado mítico, su presente ininteligible y su futuro incierto. A lo largo de los años, este maestro del estilo fue añadiendo a su producción literaria nuevos títulos que exploraban esas coordenadas. Novelas como Cambio de piel, que en 1967 ganó el simbólico premio Biblioteca Breve, o Terra Nostra (1975), cuestionan la validez de la historia como relato objetivo y otorgan a la literatura la capacidad de modificar la memoria para construir la identidad de una nación y de su pueblo.

En 1987, este prolífico escritor recibía el premio Cervantes. Para entonces ya estaba en marcha su proyecto narrativo denominado La edad del tiempo, un fresco de la historia mexicana donde cada nueva obra suya tiene destinado un lugar. Novelas de carácter romántico, como El baile del Centenario, conviven aquí con obras de contenido político, como Adán en Edén. Todas ellas muestran la incesante lucha de Carlos Fuentes por romper los géneros para convertir la novela en un espacio plagado de narraciones tomadas por historias, paradojas aparentes y cuestionamientos cuestionados.

Quién entiende las novelas.

La preocupación de Fuentes por el destino de su país es tan exhaustiva que en una ocasión Julio Cortázar le recriminó que sus novelas solo podían comprenderlas los mexicanos. Es cierto. México es el origen y el destino de su narrativa, de su obra ensayística, de la mayoría de sus cuentos y de sus obras de teatro. Pero su dominio de la lengua, sus referentes estilísticos y sus ambiciones creativas son universales. Porque “la novela -dice Fuentes- no refleja la realidad: crea realidad”.

“Creo que Volpi se equivoca –responde Fuentes-. Yo no represento ninguna totalidad. Es cierto que Gabo, Vargas Llosa y yo, entre otros, sentíamos la obligación de decir lo que no se había dicho. La actual generación ya no tiene esa obligación porque el pasado ya está dicho. Ahora hay que decir el presente y eso es lo que les incumbe a ellos”. Por este motivo, una de las vertientes de la actual literatura latinoamericana es la novela sobre el mundo del narcotráfico. Fuentes lo entiende como un fenómeno normal: “Si la literatura resultante es buena permanecerá. Pero lo ideal sería acabar con la materia prima de esas historias”. Para ello, el pensador mexicano aboga por la despenalización de las drogas, el aumento de la represión contra los criminales y “llegar a un acuerdo con Estados Unidos”.

El propio Jorge Volpi, miembro de la generación autodenominada Crack, es uno de los referentes de la nueva literatura latinoamericana. “No se trata de un canon –afirma Fuentes sobre su extenso ensayo-. Son mis intereses, mis lecturas, mis gustos”. El libro es una clase magistral sobre literatura, una obra de referencia desde los tiempos de la conquista hasta la actualidad. Rulfo, Borges y Carpentier son algunos de los escritores mejor tratados. De los contemporáneos, el argentino Ricardo Piglia, el colombiano Juan Gabriel Vásquez o el peruano Santiago Roncagliolo reciben igualmente alabanzas. Especial atención, como es lógico, reciben los mexicanos Daniel Sada, Sergio Pitol o Juan Villoro, y las mexicanas Carmen Boullosa, Ángeles Mastretta y Margo Glantz.

Pero toda selección conlleva una limitación. Dos de las exclusiones más llamativas en esta obra enciclopédica son las del argentino Ernesto Sábato, apenas nombrado un par de veces, y la del chileno Roberto Bolaño. Resulta significativo que en el libro se consigne a Isabel Allende pero no al autor de 2666, para la crítica posiblemente la mejor novela publicada en lo que llevamos de siglo. ¿Por qué? Fuentes se excusa de manera sincera: “Hay gente que no está porque no cabe en el esquema del libro, otros no están porque no me gustan. Bolaño no está simplemente porque no lo he leído”. Argumento discutible pero irrefutable. Cuando le preguntamos sobre cuál de todas sus obras debería formar parte de esta selección, Fuentes es categórico: “Yo he escrito una obra, no una novela. Unos de mis libros son cojos y otros bizcos, pero yo los quiero a todos igual”.

Sea o no el último latinoamericano, Carlos Fuentes es, desde luego, uno de sus representantes más concienzudos, lúcidos y comprometidos. “La historia -escribe el mexicano- renacerá cada día con sus luces de tareas inacabadas, libertades por conquistar, culturas por preservar y vigorizar”. Exista o no, América Latina es probablemente la región que más versiones conoce de sí misma, la región más transparente y más enigmática. Y la mejor manera de unir las piezas informes que vertebran esa realidad es valiéndose de la escritura. “Hay un mundo diferente para cada escritor. Su imaginación y su memoria crean un libro único que no tiene por qué coincidir con las estadísticas.” Una vez más, el futuro de la historia y de la literatura está en manos de los habitantes del Nuevo Mundo. Veremos de qué son capaces esta vez.

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