El gran fracaso de los servicios de inteligencia

04 / 03 / 2014 9:19 Fernando Rueda
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Los autores del 11-M habían estado controlados por el CNI y los servicios de información de la Policía o la Guardia Civil, y algunos confidentes llegaron a alertar de un posible atentado. ¿Por qué no se pudo evitar?

A nadie le gusta reconocerlo abiertamente, pero diez años después del 11-M hay un consenso general entre los servicios de información de la Policía Nacional y la Guardia Civil, y el Centro Nacional de Inteligencia (CNI): los atentados se pudieron llevar a cabo porque cometieron graves fallos. Entre ellos se siguen echando la culpa, pero todos aceptan un grado de responsabilidad, agravado por la falta de coordinación. Algo demostrable: entre todos ellos habían estado controlando los movimientos de los terroristas en los años anteriores, pero no fueron capaces de evitar que los trenes saltaran por los aires.

La Policía tenía varias células islamistas controladas. La Guardia Civil había hecho el seguimiento de varios terroristas y de un tráfico de explosivos. Y el CNI tenía bajo control a varios de ellos y, especialmente, al emir del grupo, Allekema Lamari. Es complicado justificar cómo con tal cúmulo de información no pudieron evitar que murieran 191 personas y que 1.775 resultaran heridas. Esta es la historia. El Centro Nacional de Inteligencia disponía al inicio del siglo XXI de un Área de Terrorismo Islamista con un peso al menos diez veces inferior al que dedicaban a la lucha contra ETA. Pensaban que en España los islamistas residían, pero no cometían atentados.

Fue tras los sucesos del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos cuando la perspectiva empezó a cambiar, en parte por el descubrimiento de que algunos de los terroristas que se habían inmolado habían pasado por España y en parte porque la CIA comenzó a pedir mucha colaboración y mano dura contra ellos.

Azizi, una huida extraña.

En los meses posteriores, todo el empeño del CNI y de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado fue dirigido a desarticular la célula de Al Qaeda que se había montado en España. De ella formaba parte Amer el Azizi, un marroquí que estaba controlado por el CNI y con el que tenían una cierta relación. Nacido en Casablanca, traductor de español, llevaba varios años en los que había captado a los miembros de la célula que dirigía Abu Dahdah y a uno de los personajes clave del 11-M, el Tunecino.

En noviembre de 2001, agentes de la Policía Nacional le tenían controlado, incluso con cámaras especiales instaladas en los alrededores de su casa, prestos para detenerle junto con sus compañeros en la llamada operación Dátil, cuando dos agentes del CNI fueron a verle y golpearon repetidamente la puerta de su casa sin conseguir respuesta. Azizi sospechó que algo iba mal, se afeitó la barba y consiguió abandonar España. Nunca se ha conocido su relación concreta con el CNI, pero la Policía achacó al Centro actuar por su cuenta y evitar su detención.  Convertido en el enlace entre los terroristas del 11-M y Al Qaeda, regresó a Madrid a principios de 2003, lo que se ha podido saber porque vendió legalmente su coche. Después desapareció y no se supo nada de él hasta que la dirección de Al Qaeda confirmó que un misil lanzado por un drone en Pakistán había acabado con su vida.

El CNI y la Policía tras Zougam.

Otro de los implicados en el 11-M que controlaron los agentes del CNI fue a Jamal Zougam, empleado de un locutorio. Como ocurrió con varios de los terroristas muertos o detenidos, el servicio de inteligencia y al mismo tiempo los servicios de información de la Policía intentaron captarle. Cada uno campaba a su aire, compitiendo con los que deberían ser sus aliados en la lucha contra el terrorismo islamista. Una vez detenido, ya con poco que perder, Zougam reconoció los intentos de captación.

El tercer caso, y el más importante, es el de Allekema Lamari, que había sido militante del Grupo Islámico Armado (GIA) argelino, y que fue clave en los atentados de los trenes. Al poco de llegar a España en 1997, fue detenido en una operación policial contra una célula del GIA. En 2002 quedó en libertad por un error judicial y a partir de ese momento todos sus movimientos en Valencia fueron controlados por el CNI.

El servicio secreto dispuso de la mejor información gracias a Sabagh Safwan, más conocido como el Pollero, un colaborador que mantenía buenas relaciones con los islamistas y que pasó a recibir la orden de dedicar todos sus esfuerzos a informar sobre las actividades de Lamari. Gracias al Pollero los servicios de espionaje supieron que Lamari había salido de prisión mucho más radicalizado de lo que ya estaba antes de entrar y que estaba obsesionado con la venganza. En el servicio estaban tranquilos, pues conocían al minuto todos sus movimientos gracias a su confidente.

Medio año antes del 11-M, elPollero les informó de que Lamari estaba poniéndose en contacto con otros islamistas para organizar un atentado en España, aunque carecía de cualquier pista relativa al dónde, al cómo y al cuándo. Lo que inicialmente era un tema preocupante, se convirtió en especialmente grave cuando meses antes desapareció y nadie supo dónde se escondía. El 6 de noviembre de 2003, el CNI dio la alerta a la Policía y la Guardia Civil para que le buscaran, avisando de que tenía intención de cometer un atentado.

Todos le buscaron pero nadie supo localizarle. El 6 de marzo, un nuevo informe del CNI alertaba de que a su desaparición había que sumar la de cinco de sus acólitos, que habían abandonado sus puestos de trabajo. Lamari reapareció como uno de los responsables de la colocación de bombas en los trenes y después, el 3 de abril, se encontraron sus restos entre los terroristas que se inmolaron en un piso de Leganés antes del asalto de la Policía.

El Tunecino desaparece.

El trabajo anterior a los atentados de los servicios de información de la Policía fue objetivamente tan bueno como el del CNI, incluso mejor. Al caso citado de Jamal Zougam se sumó el de Serhane ben Abdelmajik Fakhet, alias el Tunecino, que fue controlado hasta pocos días antes de que participara en los asesinatos y del que no se supo nada hasta que se inmoló junto a otros responsables.

Otro caso fue el de Abdelkader el Farssaoui, más conocido como Cartagena. Imán de la mezquita de Villaverde desde el año 2002, se convirtió en confidente de la Policía –en algunos momentos también del CNI–, y colaboró durante años en la identificación de simpatizantes islamistas, entre los que estaban los autores materiales de la colocación de bombas en los trenes. Él y algunos otros informadores hacen concluir a un miembro de los servicios de información de la Policía que en los meses previos al estallido de las bombas tenían controladas varias células islamistas.

El Chino y la Guardia Civil.

Algo similar a la Policía y al CNI fue el trabajo de la Guardia Civil, aunque menor en dimensiones. Ellos siguieron a Jamal Ahmidan, alias el Chino, que se había dedicado al tráfico de drogas y que en un primer momento no tuvo una relación directa con el terrorismo islamista. Posteriormente se descubrió que fue un elemento activo en los atentados del 11-M en su versión de financiación. Acabó su vida inmolándose junto a seis compañeros en el piso de Leganés. El Chino también fue controlado en algún momento por la Policía.

Todos estos datos dejan en evidencia que entre el CNI, la Policía y la Guardia Civil tenían controlados en mayor o menor grado a todos los terroristas implicados en el 11-M. Y que si los atentados se llevaron a cabo fue debido a una falta de coordinación entre ellos y a una mala interpretación de la información. Además de la filtración que señalaba que Lamari estaba preparando un atentado, hubo otras pistas. Por ejemplo, el 18 de octubre de 2003, el emir de Al Qaeda, Osama Bin Laden, amenazó públicamente a España, como enemigo del islam, por su participación en la guerra de Irak. A pesar de ello, horas después de la comisión del atentado, los informes del CNI y de la Policía no reflejaban la certeza de que hubiera sido obra del terrorismo islamista y se creía en la versión de ETA. Una versión que el director del CNI, Jorge Dezcallar, sostuvo durante 48 horas, según ha atestiguado el entonces presidente del Gobierno, José María Aznar. Según parece, ni el espionaje masivo de la agencia estadounidense NSA consiguió ningún tipo de prueba sobre la autoría islamista. Aunque los policías sí que empezaron a creer en el ataque por motivos religiosos cuando a las pocas horas apareció el vehículo con cintas del Corán.

Todos quedaron en evidencia al no haber sido capaces de evitar los atentados y prueba de ello es que el nuevo presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, creó el 28 de mayo de 2004 el Centro Nacional de Coordinación Antiterrorista, que, por cierto, tiene sus días contados con el actual Gobierno.

Esa medida se unió a otras. El CNI contrató centenares de agentes, la mayor parte de los cuales fueron destinados a la lucha contra el terrorismo islamista, algo similar, de menor dimensión, a lo que pasó en la Policía. Se pretendía poner la lucha contra este tipo de terrorista al nivel que debería haber estado antes del 11-M. Sus resultados han sido buenos.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

COMENTARIOS

  • Por: alfredo sedano 07/03/2014 9:37

    pero ¿quién cometió los atentados? hay cosas que no pueden ser fallos. ¿se ha planteado usted alguna alternativa?

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