La novela se tiñe de negro

09 / 01 / 2014 10:17 Daniel Jiménez
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Muchos escritores célebres se están pasando a la novela negra. El género está de moda. Hoy ya no eres nadie sin un crimen en tus páginas.

Desde una esquina de la calle Guzmán el Bueno, con la gabardina ondeando al viento y el sombrero calado, el reportero observa el trasiego de personas que entran en la librería Estudio en escarlata (Madrid), lugar de referencia para los lectores que no se cansan de investigar y resolver toda clase de crímenes urdidos por otros. Aplasta la colilla y entra en el lugar del crimen. Se acerca sigilosamente al librero y le susurra al oído: “¿Es cierto que J. K. Rowling ha cambiado la varita mágica por una placa y una pistola?”. El librero asiente: “Si eso te sorprende, agárrate los machos, porque el 3 de enero sale la nueva novela de Isabel Allende y también ella se ha pasado a la novela negra”.

Así es. Todos los escritores se están pasando a la novela negra. El fenómeno ha dejado de ser una moda pasajera para convertirse en un auténtico boom. Las grandes editoriales han creado, o relanzado, colecciones de género, pero también las pequeñas publican títulos clásicos (Rey Lear está publicando todas las novelas de Francisco García Pavón protagonizadas por Plinio; Libros del asteroide acaba de publicar El asunto Mongol del mexicano Rafael Bernal y la Guía de novela negra que en su momento publicó Errata Naturae: la primera guía en español del género). Premios, festivales, ventas superlativas. El género negro es ahora la gallina de los huevos de oro. Qué lejos quedan los códices de Dan Brown, las catedrales de Ken Follet, los vampiros de Stephanie Meyer. Hasta las fustas de E.L. James han dejado de resultar tan apetecibles. El héroe del momento es el investigador que lucha contra el crimen, y puede ser un detective, un juez, un periodista o un desempleado; cualquiera que intente poner orden ante semejante caos. ¿Quiénes son los asesinos y quiénes las víctimas de este nuevo caso?

El escritor Rodrigo Fresán hace las funciones de editor para la colección Roja y negra de Mondadori. “No creo que el boom de lo negro sea casual. La novela negra tiene altos picos de popularidad en momentos de grandes injusticias sociales. No en vano, el género noir por excelencia surge en la época previa y posterior a la gran depresión en EEUU”. Ahí empezó todo, con las novelas de Dashiell Hammet y Raymond Chandler. También hoy vivimos tiempos oscuros, y un buen remedio antes de salir a la calle a impartir justicia por nuestra propia cuenta es la lectura. “La novela negra tiene un componente que resulta tranquilizador para el lector –puntualiza Fresán– porque los malos acaban recibiendo su merecido”. La realidad, por desgracia, siempre supera a la ficción.

Juan Salvador López es el librero que nos ha dado el chivatazo sobre el caso Allende. En 2004 fundó una librería que a día de hoy sigue siendo única en España, porque está especializada en géneros populares. En su mesa de novedades descansa el nuevo libro policiaco de J.K. Rowling, El canto del cuco. La novela de la creadora de Harry Potter se publicó en Inglaterra con el seudónimo de Robert Galbraith. Obtuvo buenas críticas y ventas aceptables, pero cuando se destapó la autoría real, la demanda se disparó en un 500% en un solo fin de semana. En España lo acaba de publicar Espasa, pero no aparece el nombre de la autora en la portada del libro y tampoco sale su foto. “Por eso no está funcionando tan bien como esperaban”, apunta Salvador López. En su opinión, las grandes editoriales tienen gran parte de culpa en este nuevo auge del género, puesto que “han puesto el listón muy bajo y han usado unos criterios editoriales ridículos. ¿Se puede publicar una novela simplemente porque Stieg Larsson estuvo toda una noche leyéndola? Pues no debería, pero sí se publicó y hasta se promocionó así”, se lamenta. Sorprendido pero extrañamente aliviado añade: “Nosotros hace mucho tiempo que no vendemos ni un solo ejemplar de la trilogía Millennium”.

Jesús Egido dirige las editoriales Rey Lear y Reino de Cordelia. Aunque los datos que maneja demuestran que los escritores españoles no venden ni la mitad que los extranjeros, él sigue apostando por los nacionales. Este mes ha publicado España negra, una antología de relatos del género. Como si de una rueda de reconocimiento se tratara, Tiempo ha conseguido hablar con algunos de los escritores seleccionados y con otros cuyas huellas también fueron encontradas cerca del cadáver. Porque si no hay muerto, como señala nuestro librero, no hay novela negra. Lorenzo Silva, director del festival literario Getafe Negro, no quiere señalar a ningún culpable. “El lector y el escritor son libres, el primero tiene miles de libros a su disposición, no solo los de la mesa de novedades, y el segundo puede escribir  sobre lo que le dé la gana”. El escritor de El alquimista impaciente ve como algo positivo este resurgir del género “ya que atrae a más escritores de talento y eso hace que aumente el número de obras notables”. Juan Bolea, por su parte, ha dado vida a la detective Martina de Santo, cuya última aventura es El oro de lo jíbaros, publicada por B. El escritor gaditano explica el éxito del género apelando a su versatilidad: “Yo no creo que la novela negra haya desbancado a otros géneros, sino que se alimenta de ellos. Es, además, un vehículo ideal para épocas de crisis, como látigo de la corrupción generalizada y corona fúnebre de los últimos sueños sociales”. La superabundancia, no obstante, puede tener consecuencias nefastas, “como ocurrió con la novela histórica, donde cualquier pelmazo se creyó un literato”.

No te repitas, Sam.

Carlos Salem firmó en 2008 su segunda novela, Matar y guardar la ropa (Salto de página), “un comienzo extraordinario en la novela policial”, según comentó en su día uno de los padres del género en España, Juan Madrid (escritor que se ha librado de esta investigación porque se niega a usar teléfono móvil e Internet). Para Salem, que con su última novela ha dado el salto a la colección Serie negra de RBA, la abundancia sería buena “si no se buscara tanto repetir modelos comercialmente exitosos. Además, las editoriales han habituado al lector a los escritores extranjeros, como si nos fuera más familiar un finlandés que un mexicano”. Rosa Ribas comenzó su carrera literaria en editoriales minoritarias. Avalada por Alicia Giménez-Bartlett, otra maestra del género en paradero desconocido, Ribas publicó a mediados de año Don de lenguas en Siruela. Su posición es tajante. “Muchos productos malos fabricados expresamente pensando que los lectores son fáciles de embaucar se han estrellado. Lo que ocurre es que de estos no se habla. Quiero confiar en la inteligencia del lector, que lo tiene que ser por definición, porque lee. Si los lectores son tontos, ¿qué nos queda?”. Pablo Sebastiá, uno de los fundadores del grupo 12 Plumas Negras que está detrás de esta antología, saca pecho para evidenciar esta nueva realidad. “Hace dos décadas apenas había diez escritores españoles que se atrevieran a adentrarse en el género negro, y que una editorial publicara una novela policiaca era casi imposible. Hoy somos varias docenas los escritores que hablamos del mundo del lumpen, creando una literatura arriesgada, comprometida e inconformista”. Para cerrar esta primera parte del caso, nos ceñimos a su sentencia: “Escribir género negro es escribir crítica social”.

Uno de los últimos fenómenos editoriales lo ha protagonizado Dolores Redondo con su trilogía del Baztán. La primera novela, El guardián invisible (Destino), vendió 100.000 ejemplares. La segunda, Legado en los huesos, acaba de llegar a las librerías y ya se está hablando de su adaptación al cine por uno de los productores que llevó a cabo la adaptación de la trilogía Millennium (sic). Redondo alude a uno de los argumentos más repetidos por los detractores del género: su condición de literatura menor. “Creo que la novela negra está reivindicando su calidad para ocupar el lugar que siempre debió tener en la literatura nacional, algo que en otros países es normal aunque aquí no sea así”. Marta Sanz, genuina renovadora del género con novelas como Black, Black, Black (Anagrama), le da un valor añadido a la cuestión: “Hemos devaluado el valor de la cultura, así como su posible trascendencia social, y esa devaluación nos ha desprestigiado a todos. Aunque yo todavía confío en la responsabilidad inherente a la escritura. Confío en la existencia de escritores intrépidos para lectores intrépidos”.

Jorge Martínez Reverte publicó este mismo año la última entrega de su serie protagoniza por el periodista Gálvez, Gálvez entre los leones. Aunque este escritor multifacético a veces se satura de leer sobre crímenes, reconoce que “hay gente que no se sacia jamás”. Para él este extraño boom está demostrando que “existe una buena oferta de escritores que cultivan el género”. Entre ellos hemos encontrado a Fernando Cámara, quien se ha alzado este año con el premio García Pavón en su XVI edición por su novela Con todo el odio de nuestro corazón (Rey Lear), cuyo argumento inicial guarda un paralelismo sobrecogedor con cierto acto amenazante que tuvo lugar hace pocas semanas y cuyos protagonistas fueron un diputado, un exbanquero y una sandalia. El propio autor explica su libro sin tapujos cuando se le pregunta cómo debería enfrentarse un detective a los crímenes que nos asaltan a diario. “Me he enfrentado yo mismo, como personaje, junto con unos ciudadanos ficticios de a pie, hartos de la situación: un estafado por las preferentes, una directora de sucursal amenazada, un profesor en paro... Y hemos decidido asesinar a un notorio expolítico, exbanquero y empresario, a ver si prende el miedo donde debe. Y todo eso lo hemos hecho en nombre de una ciudadanía confusa, apática y oxidada. ¿Qué consecuencias trae esa acción? El libro me ha enseñado cosas. Espero que a los lectores también”.

De qué te ríes, Sam.

Juan Soto Ivars ha optado por una vía más conciliadora: el sentido del humor. Ganador del premio Ateneo joven de Sevilla con su tercera novela, Ajedrez para un detective novato (Algaida), el libro confirma la apuesta de El Cultural, que le seleccionó como uno de los mejores escritores jóvenes del pasado año. Moviéndose entre lo esperpéntico y lo satírico, Soto Ivars ha urdido una novela que vuelve a darle un nuevo giro a un género plagado de lugares comunes (y aun así en continua transformación y adaptación, como parece haber quedado claro). “Si he elegido una trama de novela negra quizás sea porque vivimos en tiempos criminales, o porque quería parodiar un género bastante dado a los tópicos”. Es cierto, lo peor está por llegar, el asesino siempre vuelve al lugar del crimen y el único detective capaz de resolver este misterio eres tú, Sam. Así que caso cerrado.

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