La paloma de Fidel

17 / 01 / 2012 13:55 Luis Reyes
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La Habana, 8 de enero de 1959 · Entrada triunfal en la capital de Cuba de Fidel Castro. La multitud entra en éxtasis cuando una paloma blanca se posa en su hombro.

Acuérdate de Sandino”, le habían advertido a Fidel. Entonces todavía estaba relativamente reciente el trágico final del caudillo guerrillero nicaragüense: Augusto César Sandino parecía haber ganado la partida cuando en 1933 logró echar de Nicaragua a los marines estadounidenses. Se confió, fue a Managua sin tomar medidas de seguridad y fue asesinado en febrero de 1934.

Ahora, 25 años después, otro caudillo guerrillero que había empezado la guerra con solo 12 hombres, Fidel Castro, parecía tener en su mano todos los ases. No es que no se esperase su triunfo, a finales de 1958 el país entero contaba con ello; el jefe militar enemigo, el general Cantillo Delz, había parlamentado con Fidel a finales de diciembre, ofreciendo parar las operaciones del Ejército y detener al dictador Fulgencio Batista.

Pero todo se había precipitado porque el astuto Batista lo vio venir y se quitó de en medio de forma tan espectacular que Coppola no resistió la tentación de incluirla en El Padrino. En la fiesta de Nochevieja presidencial, después de las campanadas, Fulgencio Batista anunció ante cientos de invitados que aquello se había acabado y que él se iba de Cuba con su familia –y con 100 millones de dólares-. Tomó el avión que tenía preparado y salió de la Historia para entrar en Marbella.

La noticia se difundió en la mañana del 1 de enero, aquello sí que era “Año Nuevo, vida nueva”. En La Habana comenzaron las manifestaciones espontáneas, y los partidarios clandestinos de la revolución sacaron las armas y se echaron a la calle. Era especialmente notable la presencia de los estudiantes del Directorio Revolucionario, un grupo que había hecho causa común frente a Batista con el Movimiento 26 de Julio de Fidel Castro, pero que no le obedecía.

Llegan los barbudos.

Hasta el día 2 no llegaron a la capital los barbudos, como se conocía a los hombres de la guerrilla. Primero llegó la columna de Camilo Cienfuegos, que ocupó la fortaleza de Columbia; al día siguiente, la del Che Guevara. Mientras tanto el hombre de máxima confianza de Fidel, Raúl Castro, entró en Santiago de Cuba. Fue en esta ciudad, bien controlada por su hermano y declarada capital provisional de la República, donde Fidel se dio el primer baño de masas, pronunciando ante la multitud entusiasta uno de esos largos discursos que se han hecho famosos. Allí mismo demostró que todo el poder estaba en sus manos por el método de delegarlo: nombró presidente de la República a Manuel Urrutia, y primer ministro a Miró Cardona, dos juristas de ideología liberal que durarían en sus cargos seis meses y seis semanas, respectivamente, y que terminarían en el exilio.

En esos primeros días el Che Guevara, desde su cuartel general de la fortaleza de la Cabaña, dirigía la limpieza de La Habana. Hay documentadas 164 ejecuciones de partidarios de Batista ordenadas por el Che, aunque el número exacto de fusilados nunca se ha establecido con seguridad, los anticastristas hablan incluso de 4.000. Con esta purga se eliminaron los elementos más peligrosos del régimen anterior capaces de montar la oposición violenta o un atentado contra Fidel. Quedaba un riesgo secundario, los militantes armados del Directorio Revolucionario y otras organizaciones aliadas de conveniencia frente a Batista, pero fuera de la disciplina de los barbudos, a los que se fue controlando.

La marcha de Fidel hacia La Habana fue lenta, iba recorriendo el país, parándose para hablar en todas las poblaciones de cierta entidad, entrando en comunión con las multitudes. De paso utilizaba el retraso como el Cid, aumentando la ansiedad por verle de los que esperaban, haciéndose desear.

Al fin, el 8 de enero, su columna escoltada por carros blindados entró en La Habana por la Carretera Central. Hizo una parada en el palacio presidencial para entrevistarse con el presidente que él había nombrado, pero lo abandonó enseguida, diciéndoles a los periodistas que él no estaba interesado en ocupar aquella sede. Aparentaba desdeñar el poder, aunque el poder era todo suyo. Siguió el desfile por el famoso Malecón de La Habana, como los generales romanos victoriosos cuando hacían su ritual paseo triunfal por Roma, entre masas de gente que se abrían a su paso, que lo aclamaban enfebrecidas.

Su destino era la fortaleza de Columbia, ocupada por Camilo Cienfuegos, lo que tenía un sentido emblemático de victoria sobre el régimen anterior, pues allí había dado Batista el golpe de Estado que le llevó al poder en 1952. Un inmenso gentío se congregó para escuchar al héroe de la revolución.

La expectación era enorme; primero hablaron unos teloneros y a las 11 y media de la noche, por fin, Fidel se acercó al micrófono. Comenzó su primer discurso en La Habana y de pronto apareció volando una paloma blanca que se posó en su hombro. La multitud quedó maravillada, los creyentes creían ver al Espíritu Santo que bajaba del Cielo para iluminar al Mesías cubano, o a Obatalá, la deidad pura y blanca de la religión yoruba, si eran adeptos a la santería (ver recuadro). En un caso u otro “la gente pensaba que Fidel era el enviado de Cristo”, afirmaba Juan Almeida, el único comandante negro de la guerrilla. “El Espíritu Santo iniciaba una epifanía posándose sobre Fidel”, diría por su parte el sacerdote Ernesto Cardenal, uno de los impulsores de la teología de la liberación y ministro del gobierno revolucionario sandinista en Nicaragua.

Incluso para los ateos más recalcitrantes la situación resultaba mágica. El famoso discurso de Fidel, “quiero decirle al pueblo y a las madres de Cuba, que resolveré todos los problemas sin derramar una gota de sangre”, hablaba de paz, cuyo emblema es la paloma blanca; el lugar se llamaba Columbia, que viene del latín columba (paloma)... y allí estaba la paloma posada sobre su hombro, más otras dos que se colocaron a los lados del micrófono. Hasta el más materialista reconocía que Fidel era un hombre capaz de prodigios.

Esa noche quedó asentado un poder mucho mayor que el que le daban los fusiles de los guerrilleros o, posteriormente, la hábil utilización de la ideología marxista y del aparato del Estado comunista. Esa noche nació el poder carismático de un mito.

El misterio permanece.

Hay hipótesis para todos los gustos explicando el prodigio. Muchos que en un principio creyeron que “Fidel era el enviado de Cristo”, y que luego han ido engrosando el exilio en sucesivas oleadas, apuntan a las soluciones tramposas: que el uniforme de Castro había sido impregnado con feronomas de palomo para atraer sexualmente a las palomas, o que a las pobres aves les habían hecho tragar perdigones para que no pudiesen levantar el vuelo.

Pero hay también una historia dentro de esta historia que le da un giro inesperado. Entre los que aguardaban llenos de esperanzas políticas al victorioso guerrillero estaba Luis Conte Agüero, secretario general del Partido Ortodoxo, el partido democrático y nacionalista en el que militaba Fidel Castro cuando inició la rebelión armada, muchos de cuyos miembros le habían seguido a la guerrilla. Conte se hallaba en la tribuna, en un discreto segundo plano, y parecía el más asombrado de todos los espectadores ante el prodigio de la paloma.

Años después, ya en el exilio, Conte Agüero le contó al periodista cubano Luis Ortega, también presente en la noche de la paloma y también exilado, que desde el 1 de enero había empezado a entrenar a una paloma para que se posara en el hombro del orador. Pretendía “ponerle un toque de religiosidad al primer encuentro del gran líder y su pueblo (...) darle un sentido carismático a la llegada de Castro a La Habana”. Conte Agüero preparó su número en secreto, quería darle una sorpresa a Fidel y a todos con aquel toque místico. Sin embargo, cuando disimuladamente soltó la paloma entrenada, esta no cumplió su papel y se perdió en la noche. Fueron otras tres palomas que no estaban en el programa, soltadas desde el público, las que acudieron al “enviado de Cristo”, una a su hombro, las otras junto al micrófono, como atestiguan múltiples fotografías.

¿Habían recibido mejor entrenamiento estas palomas que la de Conte Agüero? ¿Era un milagro? ¿Era magia africana? El misterio de la paloma de Fidel sigue impenetrable.

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