Eugenia Silva deja a su millonario por un escritor

24 / 07 / 2006 0:00
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Dicen que el amor es eterno mientras dura y Eugenia silva ha cambiado de eternidad: antes había un millonario y ahora un misterioso escritor cuarentón.

22/05/06

Acaso estaba harta de esperar sin confirmar. Eso debió de ser porque la sobrina maniquí de Antonio Hernández Mancha –hija de su hermana preferida, María Eugenia– no sólo decidió cambiar de postura sentimental sino de afincamiento: Madrid reemplaza al Nueva York que ha visto su triunfo internacional, especialmente como musa de Armani y portada habitual de todos los figurines de ¡Hola!, donde Nati Abascal derrocha buen gusto y sapiencia. Chocaba ver a Eugenia, muy frecuentadora de saraos madrileños, casi siempre acompañada, o más bien respaldada, por un jovencito feble con el que se mostraba apasionada, una demostración exagerada para ser verdad.

De igual manera que hasta ahora mantuvo en una relativa discreción su historia con el heredero Santo Domingo –tío de la actual novia de Andrea Casiraghi–, no encajaba semejante exteriorización de sentimientos, casi siempre enmarcados en algún evento. Parecía ostentosa demostración de lo que no había. Por fin se ha descubierto, o al menos intuido, qué hay detrás de su habitual reserva y ese mostrarse cálida con quien tan sólo es amigo y habitual ayudante de fotógrafos postineros: Eugenia puede haber roto el matrimonio internacional de un escritor cuarentón casi maldito que acaba de darle un toque a Santa Teresa, aunque Nueva York y Manhattan han sido protagonistas de sus últimos escritos. Casado y con un hijo, vive apasionado romance que obliga a Eugenia a frenar su imparable proyección mundial, siempre de aquí para allá. El amor, como paréntesis y relax laboral, no está nada mal. Aunque Eugenia se haya perdido convertirse, ¡ay!, en tía política del futuro soberano monegasco, una manera de devolverle la pelota al principito Alberto que tanto nos maltrató a la hora de otorgar las próximas olimpiadas.

Ruptura parece que sin posible reconciliación, igualito que lo de Erika Ortiz, la hermanísima, y el escultor de Vigo, algo ya anticipado aquí. Tras volver el mozo de un año en el extranjero la cosa no tuvo reanudación. Y el hecho ha servido no sólo para clarificar posturas amorosas, hay más: porque así hemos descubierto –¡aleluya!– que nunca estuvieron casados, como pretendían y vendieron. Otro fraude familiar, qué clan, donde del bodón de hace dos años ahora cumplidos eliminaron a la nueva señora Ortiz por estar casada civilmente, y eso les parecía impropio de una boda principesca. Doblada se la metieron al oficiante, y encima figurando y comulgando piadosos en primera fila familiar, Erika sobresaliendo bajo aparatoso pamelón rojo entonado con el traje. Suena a engaño de quien en tiempos fue vendedora de enciclopedias a domicilio y, gracias al enlace fraterno, se ha visto transformada en decoradora con el apoyo interesado y nada casual de un Emilio Aragón que vio oscurecido su primer ballet, Blancanieves, con la escenografía desfasada y antigua de tan trepadora hermanísima.

Tita y los árboles

Era runrún constante, con lo ya inminente de Carmen Martínez-Bordiú, en la última gran convocatoria social madrileña que pareció reconciliar a las dos Españas en torno a unos reconocidos huevos estrellados: los de Lucio Blázquez, el ya característico restaurador de la Cava Baja. Recibió un homenaje casi manifestación más numerosa que la congregada por Carmen Thyssen en torno a su ya polémica arboleda cuasi perdida como la poética de Alberti. Crear escándalo público es una manera hábil de hacer olvidar que ella también hizo desaparecer valiosas y centenarias especies arbóreas cuando ampliaron el edificio museístico con la hasta entonces residencia renacentista, bueno, tan sólo neo, de los condes Ruiz de Castilla. Yo sabía algo por la condesa Cristina Ordovás, sorprendida por semejante dos de mayo organizado maquiavélicamente por Tita. No sólo es Ruiz-Gallardón el que elimina vestigios monumentales, a Tita le salió el tiro por la culata aunque Esperanza Aguirre insistía en lo de Lucio con su ya reconocida postura antitala:

–Mientras yo esté de presidenta, en Madrid no desaparecerán más zonas verdes, hasta ahí podíamos llegar. Es una campaña que mantengo desde que tenía 15 años y soñaba con la política. Incluso reñía con mis amigas cuando quitaban de en medio una maceta, imagina cómo estoy ante los árboles centenarios de un paseo único en el mundo.

Tampoco es para tanto: no se trata de los Campos Elíseos. Pero es una manera ecológica de hacer faena, que estamos en vísperas. Así se desahoga repitiendo lentejuelas cremosas y mustias al lado de la empujadora María Blázquez, madre de los tres hijos de Lucio, muy cerquita del alcalde madrileño para que sus suspiros no fuesen al mar.

En el espacioso patio de La Masía de José Luis se citaron festejando estamentos de las dos Españas. Pero sin el griterío ya habitual del Parlamento: pegados al muro que algunos tildaban de paredón, políticos de otro tiempo y mejor fuste como José Luis Corcuera; ese Txiqui Benegas transformado, o deformado, en modelo caminante del buen comer; también José María Mohedano cual correveidile y un taciturno Alfonso Guerra, quizá pensativo comprobando que es imposible la conciliación. Y más tal y como está el patio: desde su perspectiva, y como si entre pinchos de tortilla y croquetas hubiera invisible frontera, el trajín sí le permitía ver la otra España no compartida ni aún asimilada: el gesto siempre ausente pero presente de la casi octogenaria duquesa de Franco, una apostura que sonreía ante las maliciosas felicitaciones envenenadas por el próximo y nada grato casorio familiar. Y ya van tres las de Carmencita, un no parar, como la agudeza ocular de Carmen Franco, siempre protegida por fieles como Chata López Saenz o la viuda Coloma Gallegos. Aires de otro tiempo, acaso como la apostura de un Luis Valdés, emparejado a la rubia Carmen Lomana, cerca de la danzante María Rosa en el aire alternador de Adolfo Abril. Curro Romero, ya casi busto inmortal, gesto de sobriedad eterna humanizado y hecho risa por la amorosa entrega de la espléndida Carmen Tello. Una dedicación matrimonial compartida con Montse Fraile en el caso del irreemplazable José María García, ya con ganas de salir. Superó el mal y se le veía como en sus tiempos de batallas deportivas bien evocadas lo mismo por Florentino o un Juan Palacios que pactaba con Fernández Tapias llevarlo de vicepresidente en su candidatura. Fefé ya tiene la misma barriga rebasadora de Benegas, podrían competir como Tello y Montse Fraile en fraternidad por un Alfredo al que el mítico Jacobo Zabludovsky daba último parte de Rocío Jurado: ante Ximena Farazo, imparable delegada del turismo mexicano que esa noche se reencontraba con Madrid.

–Al llegar de México llamé a Ortega y lo encontré desesperanzado. Intenté animarlo, a ver.

Pura retrospección

Todo era pura retrospección: desde la gloria de un Curro con 72 que no aparenta, a las fatigas del Niño de la Capea con el debut de su primogénito:

–Se pasa peor por un hijo que ante el riesgo del marido –reconocía su esposa Carmen, ganadera salmantina, ante Agustín Rodríguez, alma del Ercilla bilbaíno que tanto conocen Arturo Bertrand y Los del Río. El dúo andaluz desmintió haber perdido una fortuna con los sellos.

–Una mijita, tan solo una mijita –confirma Antonio ante la blancura diamantífera de Iñi San Eduardo, que ya no se habla con su antigua colaboradora Mae Dominguín, o un Eduardo Serra procurando anonimato mientras Lita Trujillo sobresalía en bronceado tan santo y seña como la elegancia de Oneto y la ironía de Raúl del Pozo o la barba de Pérez Reverte. María Sharapova, con Aranchita, rió eligiendo con Santana a nuevos recogepelotas. Un casting que más pareció elección de nuevo Míster España, tal era la cantidad de Apolos. O dignos de pasarela grancanaria donde Moda Cálida se consagró como la tercera gran pasarela española, exponente no sólo de diseños playeros bien lucidos por la madurez de Nieves Álvarez, el infantilismo de Verónica Blume y Martina Klein o la rotundidad brasileña de Rayka, actual pareja de Ronaldo.

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