Lübeck medieval

25 / 09 / 2017 Michael Juhran
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30 aniversario como Patrimonio de la Humanidad. 

Arenques del mar Báltico y el mar del Norte, sal de Luneburgo, pieles de Rusia, cereales del Báltico y bacalao de Noruega: con estas mercancías, los mercaderes de Lübeck, en el norte de Alemania, dominaron entre los siglos XII y XVII el comercio en Europa. Hoy, ninguna otra ciudad alemana permite sumergirse de forma tan auténtica en los tiempos de la Liga Hanseática. Sobre todo este año merece la pena visitar la ciudad porque celebra el 30 aniversario de la proclamación de su centro medieval como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. La ciudad báltica de Lübeck debe la distinción otorgada en 1987 por la Unesco a su historia como “reina de la Hansa”. El número 30 está presente en todas partes de la ciudad. Por ejemplo, las personas de 30 años de edad tienen entrada libre a los museos municipales bajo el lema “¡De repente 30!”. La ciudad ha desarrollado un programa que invita a redescubrir su propia historia. También los turistas están invitados. Un lugar para celebrar la efeméride es el Museo Hanseático Europeo, donde el visitante puede enterarse de cómo los comerciantes y marineros hacían frente a la nobleza, a los piratas, a la peste y a los elementos naturales. Después de la visita al museo, uno puede explorar Lübeck con sentidos más agudizados. La Puerta de Holsten es el símbolo de la ciudad. Alberga un pequeño museo donde se puede leer: “Concordia domi foris pax” (concordia interior, paz exterior). Esta máxima le proporcionó a Lübeck gloria y riqueza. 

Antaño todos los días, cientos de barcos esperaban aquí a ser cargados y descargados. Fue necesario crear almacenes temporales para la sal, la madera y telas, lo que atrajo a Lübeck mano de obra. Lübeck vivió su auge entre los siglos XII y XVI y se convirtió en la segunda ciudad más grande de Alemania. El mundo opulento y lujoso en el que vivían los comerciantes se puede apreciar hoy en la sala de arte St. Annen, donde se exponen elegantes muebles adornados con taracea, vajillas preciosas, vestidos caros y finas joyas. La riqueza de la ciudad también atrajo a grandes artistas de Flandes, Italia y Francia. Los hanseáticos dejaron en el centro de Lübeck los monumentos más notables de su afán de riqueza y poder: el suntuoso ayuntamiento y la vecina iglesia de Santa María, que es más alta incluso que la propia catedral de la ciudad. Los regidores aparecen como reyes en retratos y como santos en obras de arte. La humildad llegó con la peste, que erradicó a un tercio de todos los comerciantes.­ [DPA]

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