Retratos de un alma invicta

10 / 07 / 2013 13:20 Antonio Díaz
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Un recorrido por los libros y las películas que mejor han plasmado la vida, la obra y el legado político de un personaje histórico.

Pocas personalidades históricas han inspirado en vida tantos ensayos y crónicas periodísticas. Muchas menos han podido verse reflejadas en la pantalla de un cine en tan numerosas ocasiones. Nelson Mandela es una excepción. Su extraordinario recorrido vital y la importancia histórica de su gesta política son material literario y cinematográfico de primera categoría, de eso no hay duda. Pero lo verdaderamente significativo de esta profusa producción documental es la unánime tendencia a la hagiografía, una auténtica anomalía entre los líderes políticos. El periodista estadounidense Richard Stengel lo describe perfectamente en su libro El legado de Mandela: 15 lecciones sobre la vida, el amor y el valor (Temas de hoy): “Es un auténtico héroe, lo más parecido que ha visto la humanidad a un santo seglar”.

Stengel, editor de la revista Time, fue la sombra del líder sudafricano durante los tres años que separaron su excarcelación y su elección como primer presidente democrático del país, y colaboró con él en la redacción de su autobiografía. De su estrecha relación surgió este compendio de quince enseñanzas con evocadores títulos como El coraje no es ausencia de miedo, Mantén cerca a tus rivales o Abandonar es también un gesto de liderazgo, ilustrados con las experiencias vitales de Madiba. La prisión, por ejemplo, enseñó a Mandela a conocer sus propios límites y a gobernar sus emociones. “Sé constructivo, sé pragmático, sé generoso, busca el lado bueno de los otros”, dice en otro capítulo: así es como pudo desarmar al reaccionario presidente afrikáner P.W. Botha “con un firme apretón de manos y una sonrisa de oreja a oreja”.

El también periodista John Carlin, autor de El factor humano, el libro en el que se basa la película Invictus, va más allá al definirlo como “el anti-Hitler”, una comparación radical, pero muy descriptiva. Si el führer, tal y como lo ha documentado la historiografía y sobre todo como lo ha retratado la cultura popular contemporánea, es el arquetipo más perfecto del mal, Mandela representa el polo absolutamente opuesto: la encarnación más pura del bien. Y son los diferentes enfoques que han desmenuzado su inteligencia estratégica, su genio político, su personalidad fascinante o incluso su sentido del humor los que han elevado al personaje a una dimensión heroica, casi mítica, que hace que parezca un personaje de ficción. Carlin –que fue corresponsal en Sudáfrica durante los últimos años del apartheid– era perfectamente consciente de que esta percepción impregnara su crónica y así lo expresó en la introducción de su libro: “Más de una vez la gente comentó que el libro que iba a escribir parecía una fábula, o una parábola, o un cuento de hadas. Resultaba curioso oírlo de boca de quienes habían sido los protagonistas reales de una historia política llena de violencia, pero era cierto”.

Asegura este periodista inglés unos párrafos después que lo que hizo Mandela para superar en repercusión histórica a personajes como Lincoln, Roosevelt, Churchill, De Gaulle o Martin Luther King fue el alcance de su ambición: “Después de ganarse a su propia gente –ya suficiente proeza porque era gente muy diversa– se propuso ganarse al enemigo. Cómo lo hizo, cómo consiguió ganarse a personas que habían aplaudido su encarcelamiento, que habían querido verle muerto, que habían planeado declararle la guerra, es de lo que trata principalmente este libro”.

Un libro que este autor sabía que podría acabar “formando parte del canon de obras de autoayuda”. Como lo es el de Stengel u otras publicaciones como Nelson Mandela por sí mismo: el libro de citas autorizado (Plataforma), recopilación de sus frases más inspiradoras, o Conversaciones conmigo mismo (Planeta), un volumen de reflexiones vitales que incluye un prólogo de Barack Obama. Carlin no oculta su admiración por el personaje (dedica el libro a su hijo, al que llamó James Nelson en claro homenaje al líder) y concluye su prólogo con estas palabras: “Todas las personas a las que entrevisté dijeron haberse sentido renovadas y mejores gracias a su ejemplo. Todos ellas, al hablar de él, parecían brillar. Este libro pretende, humildemente, reflejar la luz de Mandela”.

El faro que guía. De forma parecida se expresa la sudafricana Elleke Bohemer, profesora de Literatura de la Universidad de Oxford y autora de Nelson Mandela: A Very Short Introduction. “Todos aquellos que pudieron conocerlo coinciden en que cambió sus vidas”. Lo define como un personaje contradictorio que, por un lado, “es una persona extraordinaria, un coloso moral y un político de talento incalculable”, y por otro lado, una persona muy “opaca, que guarda la intimidad de su ser”. Y añade un punto de vista innovador –ligeramente crítico– al asegurar que Mandela ha sido un “actor muy fino, alguien capaz de ser lo que se quiera de él”. Y en eso coincide, por ejemplo, con Carlin, que habla de una “humildad a menudo artificial”. Pero en cualquier caso, son aspectos de su personalidad que no hacen más que confirmar esa desbordante inteligencia estratégica tan admirada.

Es Bohemer quien certifica en su libro que Mandela se aferró al estoicismo victoriano que encontró en el poema Invictus, del escritor inglés William Ernest Henley, durante su encarcelamiento. Y es ese el poema que da título al filme de 2009 dirigido por Clint Eastwood y protagonizado por Morgan Freeman y Matt Damon y cuyos versos son un leitmotiv en la narración: “Soy el amo de mi destino / soy el capitán de mi alma”. La película se basa en el original enfoque escogido por Carlin: el empeño del líder sudafricano por lograr que la mayoría negra del país se volcase con la selección nacional de rugby, un deporte que representaba el epítome de la dominación de la minoría blanca. Freeman guarda un bellísimo recuerdo de aquella experiencia, que le permitió conocer personalmente a Mandela. “Traté de imaginar qué le diría a Dios si se lo encontrase en una habitación. Eso fue lo que hice –explicó en una entrevista–. ‘Encantado de conocerle, señor”, asegura que le dijo.

Aunque Invictus es la más conocida (obtuvo sendas nominaciones al Oscar para sus protagonistas), ha habido otras muchas. Para enero de 2014 se espera el estreno de Mandela: Long Walk to Freedom, la adaptación de la autobiografía del expresidente sudafricano, El largo camino hacia la libertad (editada en España por Aguilar y publicada originalmente en 1994, antes de su victoria electoral), al que encarnará el actor inglés Idris Elba, conocido por su trabajo en series como The Wire y Luther. En los últimos años, además, han surgido otras aproximaciones transversales como Winnie (2011) y Mrs. Mandela (2010) que enfocan el retrato desde el ángulo de su segunda esposa, o Adiós, Bafana (2007), que recrea parte de la historia a través del testimonio de James Gregory (interpretado por Joseph Fiennes), funcionario de prisiones blanco, profundamente racista, que cambió su forma de entender el apartheid a través de la relación con su prisionero más célebre (aquí interpretado por Dennis Haysbert, quien encarnó a un presidente de Estados Unidos afroamericano en la serie 24, antes del triunfo de Obama).

En la década anterior, la cadena Showtime produjo un notable telefilme de título inequívoco, Mandela y De Klerk (1997), protagonizado por dos actores oscarizados: Sidney Poitier y Michael Caine, respectivamente, en los papeles de los dos personajes que hicieron posible la reconciliación y compartieron el Nobel de la Paz en 1993.

Pero la primera recreación de la biografía de Mandela fue producida en 1987, años antes de que el preso 466/64 fuese excarcelado y su revolucionario plan se hiciera realidad. Mandela (que ofrece Tiempo con este número especial), una fabulosa miniserie británica de dos capítulos que emitió en Estados Unidos la cadena HBO y en la que el actor Danny Glover encabezaba el reparto (lo que le valió una nominación al Emmy al mejor actor en el mismo año que estrenó la primera entrega de Arma letal, la saga que le catapultó a la fama). Este actor conservó una estrecha relación con Mandela y fue el encargado de ponerle voz al audiolibro de su autobiografía. “A menudo me llamaba ‘hijo mío”, dijo el actor en una entrevista. “Aunque estoy seguro que solo soy uno de muchos”.

Y, efectivamente, son millones los descendientes del padre de una nación. Ahora que la luz se apaga, Mandela probablemente ha seguido invocando los versos victorianos de Henley: “Más allá de la noche que me cubre / negra como el abismo insondable, / doy gracias a los dioses que pudieran existir / por mi alma invicta”.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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