La foto de los ausentes

05 / 07 / 2017 Gabriel Elorriaga
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El proyecto europeo requiere mucho más una política coral que fotos de pareja como la de Macron y Merkel.

A la salida del último Consejo Europeo, una foto inusual sirvió como resumen icónico de la actual situación de la Unión. Angela Merkel y Emmanuel Macron, posando juntos, quisieron expresar el relanzamiento del eje franco-alemán y su voluntad de impulsar al unísono los próximos pasos del proyecto de integración europeo. Sin embargo, más allá de la imagen, las precisiones fueron más que escasas. Quedó aparentemente clara la voluntad de marchar de la mano pero mucho menos la dirección en la que pretenden avanzar.

En buena medida, la imagen de pareja se explica mejor si nos fijamos en las ausencias: la del Reino Unido, la del amigo americano y, cómo no, la de otros países centrales para el proyecto europeo, como España e Italia. Tras la Segunda Guerra Mundial, la reconstrucción de una Europa devastada fue para EEUU un objetivo prioritario por razones económicas, políticas y de seguridad. En su diseño original, el Reino Unido estaba llamado a ser el motor de ese proceso, pero la única nación europea verdaderamente aliada y vencedora no quiso, sin embargo, asumir esa responsabilidad. Las relaciones británicas con la Europa continental han sido siempre complejas, tumultuosas, en cierta medida trágicas. Pero, guste o no, la UE no es tal sin el vecino insular. Tras el brexit queda una Europa mutilada, coja en equilibrios internos y débil en su proyección atlántica. Hará falta mucha serenidad, astucia e inteligencia para evitar que las negociaciones sobre la salida del Reino Unido se conviertan en un escarnio. Nada nos perjudicaría más que un mal acuerdo de salida. No es por ellos, es por nosotros y por nuestro proyecto europeo.

La segunda clave para entender el momento que vive Europa es la actitud norteamericana, fraguada mucho antes de la llegada del histriónico Donald Trump. Muchos quieren ver en su actual falta de compromiso un estímulo para la integración, pero siendo un poco sinceros y cautos poco cabe esperar de lo que se pueda hacer sobre la base del abandono ajeno y no de las convicciones propias. Hacer de la necesidad virtud es un viejo adagio no siempre posible. Por último, resulta evidente que para relanzar el proyecto europeo no cabe ignorar a la inmensa mayoría de sus protagonistas y de sus opiniones públicas. Por primera vez, el euroescepticismo es un actor político relevante en la mayor parte de los países de la Unión. El europeísmo se percibe cómo una opción izquierdista en el norte del continente y derechista en el Sur. Donde la inmigración preocupa crece la extrema derecha, pero allí donde la crisis ha tenido un mayor coste social el antieuropeísmo impregna a la izquierda. El PSOE de Pedro Sánchez ilustra bien ese fenómeno que rompe los consensos de la posguerra mundial y obligará a reformular algunos objetivos.

El proyecto europeo debe seguir ocupando un lugar central en la política española, pero eso solo será posible si establecemos algunos objetivos nacionales ampliamente compartidos. El futuro de la Unión pasa por una Europa más integrada en torno a un número menor de competencias compartidas, más sensible a las opiniones públicas nacionales, con una más intensa proyección global, en lo económico y en las políticas de seguridad y defensa. Y requiere mucho más una política coral que fotos de pareja.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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