Los papeles de Franco sobre la Guerra Civil

15 / 07 / 2011 11:09 Javier Otero
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Franco conservó informes sobre los curas nacionalistas vascos fusilados por sus tropas, quiso adelantar el reconocimiento del Vaticano y calculó al milímetro los bombardeos.

Franco guardaba entre sus papeles documentos sobre episodios de la Guerra Civil que siguen causando polémica hoy en día. Ahora que se cumplen 75 años del comienzo de la contienda, se pueden conocer los informes sobre los curas vascos fusilados por el bando franquista que tenía el dictador, la ansiedad con la que se produjeron los primeros contactos para que el Vaticano reconociera al nuevo régimen o el calculado bombardeo de Cataluña para evitar que se le volviera en contra.

La sombra de los curas vascos que fueron fusilados en el País Vasco en los primeros momentos de la Guerra Civil por el bando franquista se proyecta hasta hoy. Cuando la Iglesia católica beatificó a casi 500 mártires víctimas del bando republicano en 2007 no incluyó a los curas vascos fusilados por el otro bando, ya que consideró que no habían muerto por su fe, sino por sus ideas políticas. A pesar de ello, en 2009, los obispos vascos homenajearon la memoria de estos curas y pidieron perdón por lo que consideraron un “injustificable silencio de los medios oficiales de nuestra Iglesia” y “una falta a la verdad, contra la justicia y la caridad”. Aún en ese momento, los obispos vascos señalaban que no se conocía las circunstancias que rodearon estas muertes.

Hoy, 75 años después, puede comprobarse en el Centro Documental de la Memoria Histórica de Salamanca, donde se encuentra depositada una copia de los papeles privados que guardó Franco, que el general recibió un informe sobre cada uno de los curas fusilados. El cardenal Gomá había pedido a Franco que cesaran estos fusilamientos de religiosos y el general le garantizó que terminarían inmediatamente, según publicó el historiador Julián Casanova en el libro La Iglesia de Franco.

El dictador, como publica ahora esta revista, tuvo en sus manos los informes sobre aquellos fusilados. Al padre José Otano le perdió “sostener que la justicia estaba de parte de los rojos y que de buena gana se iría con ellos”. De José Marquiegui señala que “era propagandista de los ideales vasco-separatistas y alentador de las fuerzas rojo-separatistas para la resistencia y defensa de la zona de Mondragón”. A Alejandro Mendicute se le achaca que “habló en la plaza de Cegama con ocasión de un mitin de solidarios vascos”. La razón por las que fusilaron a Celestino Onaindía, según estos informes, fue que “en la localidad de Elgóibar observó mala conducta, y estaba conceptuado como extremadamente separatista, hablando públicamente en contra de la Causa Nacional”, además de ser acusado de espionaje. Algo parecido le ocurrió a José Filomeno Sagarna, al que se acusó de pasar información al enemigo. El informe cuenta también que “posteriormente el nacionalismo vasco, y principalmente el clero, ha rodeado de una aureola milagrera este fusilamiento” ya que cuentan que fue enterrado al pie de un árbol seco del que posteriormente de forma milagrosa brotaron ramas y frutos. El documento termina añadiendo que sus familiares son todos de ideas separatistas y que están declarados como desafectos al régimen.

Conductas políticas.

En varios de ellos, como es el caso de Leonardo Guridi, se puede leer que “se le acusaba de haber desautorizado con su firma una pastoral del Obispo de Vitoria”, además de anotar su “filiación nacionalista”. De otros, como Martín Lecuona, tras destacar detalles de su trayectoria como religioso, como que fundó la Adoración Nocturna vasca, se anota: “Nacionalista exaltado”. De Santiago Lucus el informe se encarga de aclarar que fue fusilado “no por sus ideales separatistas, sino por ideas socialistas”. De José Ariztimuño se destacan sus colaboraciones periodísticas que firmaba bajo el seudónimo de Aitzol. José Joaquín Arin, según destaca el informe “es, entre los sacerdotes separatistas, el más alabado entre los escritores de esta tendencia, y sirve de modelo para muchos en nuestros días”. Y añade: “Salvo en esto, su conducta era intachable”. El motivo de su fusilamiento sería haber firmado el pliego que desautorizaba una pastoral del obispo de Vitoria. Este y el de Pamplona firmaron una pastoral en la que aconsejaban a los católicos no apoyar a la República. Antes ya se habían dirigido a sus fieles transmitiendo la idea de que la guerra era una Cruzada.

Franco intentó conseguir desde los primeros momentos de la Guerra Civil el reconocimiento de su bando como Gobierno legítimo de España por parte del Vaticano. Algunos documentos que guardaba en su archivo personal dan cuenta de los intentos del marqués de Magaz, agente oficioso ante la Santa Sede, por conseguir este reconocimiento mediante una treta legal que salvaría las prevenciones del Vaticano. En Roma, el Papa temía que un reconocimiento del régimen de Franco le colocara a la misma altura que Italia y Alemania, los dos países con regímenes fascistas que habían reconocido al de Franco cuando no había caído aún la República.

En mayo de 1937 Magaz envió un informe reservado a Franco que versaba sobre el reconocimiento de iure del nuevo régimen. En él relata su encuentro con el cardenal Pacelli (secretario de Estado del Vaticano y futuro Papa Pío XII). El Papa Pío XI se había mostrado preocupado por la situación de Bilbao en 1937. Franco informó al Vaticano de que si Bilbao se rendía, ofrecía “respetar la vida de todas las fuerzas combatientes rendidas y la libertad a los que no hayan contraído graves responsabilidades”. Pacelli no se mostró muy convencido. Magaz reconocía que “las noticias de las operaciones en aquella zona demostraban que hasta entonces por lo menos los ofrecimientos no habían tenido la menor eficacia”. El cardenal estaba, además, “profundamente alarmado” por los proyectos de Falange, que creía cercanos a lo que ocurría en Alemania. El diplomático español intentó tranquilizar al Vaticano recordando la actitud de Franco hacia la Iglesia, que Pacelli reconoció como “muy favorable”. Magaz le recordó que, con Franco, la Iglesia se veía “nuevamente señora de todos sus antiguos derechos”. 

Para salvar las reservas del Vaticano, el marqués de Magaz intentó un “medio indirecto” para conseguir el reconocimiento del régimen. Para ello insinúa en un documento que podría nombrar un nuevo Nuncio. “Esto, además –escribe Magaz– podría ofrecer una ventaja y es el restablecimiento de las relaciones normales sin una declaración previa”. Bastaría que el Vaticano pidiera el plácet al bando franquista. Además, le ofrece un nuevo Concordato. Pacelli le informó que estudiarían esta sugerencia, para lo que iba a reunirse la Congregación de Asuntos Religiosos Extraordinarios.

Otro de los documentos llamativos que guardaba Franco sobre la Guerra Civil saca a la luz los equilibrios que mantuvo al final de la guerra para que las campañas militares no le perjudicaran. Un informe titulado Lo que se debe bombardear de Cataluña analiza sistemáticamente los objetivos militares. La guerra llega a su etapa final y los militares franquistas calculan al detalle qué instalaciones no hay que destruir para poder aprovecharlas tras la victoria, pero también para evitar estallidos sociales por falta de trabajo en fábricas destruidas.

Bombardeos y paro obrero.

El informe subraya que la supresión del suministro eléctrico es “decisiva” en la guerra y señala que es preferible destruir las centrales intermedias de transformación que las grandes centrales productoras. Así que se realiza un exhaustivo informe de las zonas de influencia de cada una de ellas para señalar objetivos a bombardear. Entre sus consideraciones destaca que hay que tener en cuenta las instalaciones que, tras la victoria, tendrían que reparar y que se necesita “una válvula de escape, para que cuando lleguemos, podamos regular el paro obrero producido”. Así, se alerta de que el bombardeo de una determinada zona, podría llevar al paro a un millón y medio de obreros y que “no lo podremos regular”, dice el informe, por lo que aconseja bombardear otras zonas que pueden conseguir la paralización de las industrias, pero sin destruirlas todas: “Si circunscribimos la paralización a la segunda zona, resolveremos en parte el caso anterior, pues la zona primera nos hace de reguladora y provisionalmente damos trabajo a una gran cantidad de los obreros en paro en la zona segunda”.

Además, Franco guardaba algunos documentos históricos, como el manuscrito del alegato de José Antonio Primo de Rivera ante el tribunal que lo condenó a muerte en Alicante. El líder de Falange firmó este escrito el 17 de noviembre de 1936, tres días antes de ser ejecutado por conspiración y rebelión militar contra el Gobierno de la II República.

En estas hojas manuscritas en poder de Franco, José Antonio Primo de Rivera negaba haber intervenido en el alzamiento militar. A pesar del apoyo que ofrecen fuerzas de Falange al bando franquista, Primo de Rivera niega haber dado órdenes en ese sentido y señala que el ideario de su partido es “bien diverso y aun hostil al de los grupos políticos” a quienes el alzamiento militar daría probablemente el poder.

Entre los recuerdos que guardó Franco de la guerra se encuentra una carta manuscrita que le envió el general Queipo de Llano desde Sevilla en 1937. En su postdata, al recibir la noticia de la muerte del general Mola, le escribe a Franco: “Puedes suponerte el efecto que me ha hecho y cuán sinceramente te envío el pésame. Es una gran desgracia para todos. Un fuerte abrazo”.

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