Cataluña, abocada al procés 2

19 / 10 / 2017 Antonio Fernández
  • Valoración
  • Actualmente 0 de 5 Estrellas.
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • Tu valoración
  • Actualmente 0 de 5 Estrellas.
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
¡Gracias!

La Asamblea Nacional Catalana y la CUP tienen preparada una hoja de ruta de ruptura total si el paréntesis en la independencia no tiene éxito.

Muestras de decepción de los concentrados a las puertas del Parlamento catalán el día 10. Foto: J. Mitchell/Getty Images

La decisión del presidente catalán, Carles Puigdemont, de proclamar la República Catalana e, inmediatamente, suspender esa declaración ha abierto un paréntesis en la política catalana y española, iniciando un ciclo incierto en la relación entre Cataluña y España. Tras el fallido hito del pacto fiscal, el fallido hito del referéndum en 2014, el fallido hito de las elecciones plebiscitarias del 27 de septiembre de 2015 y el fallido hito del referéndum de octubre de 2017, la política catalana está ahora abocada a otro hito: la soberanía plena. O, en palabras del independentismo, el nacimiento de la República Catalana.

Lo cierto es que el referéndum del pasado 1 de octubre marcó un punto de inflexión en la reciente historia de esta comunidad. Ese día acabó, como tal, el periodo que se conoce como el procés, iniciado en septiembre de 2012 después del fracaso de las conversaciones entre el presidente español, Mariano Rajoy, y el entonces presidente catalán, Artur Mas. El independentismo se había puesto como deberes llegar al 1 de octubre, conseguir una masiva afluencia a las urnas y, en base a ese mandato popular, proclamar la independencia, poniendo en vigor la Ley de Transitoriedad Jurídica y Fundacional de la República aprobada el 7 de septiembre pasado, para abrir así el proceso constituyente que convertiría a Cataluña en un Estado independiente.

Pero la decisión de Puigdemont de suspender la aplicación del resultado de las urnas abre otro escenario: durante un tiempo, lo que verdaderamente habrá en Cataluña es el procés 2. O sea, procés, segunda parte. La única diferencia es que si antes la meta era realizar el referéndum, en esta ocasión es revitalizar la ley de transitoriedad para poner en marcha la República Catalana.

¿Cuánto tiempo puede durar este procés 2? Nadie lo sabe. En la Asamblea Nacional Catalana se evita poner fechas. Y en la CUP se argumenta, con la boca pequeña, que con unas semanas es suficiente. Desde la CUP se habla de un procés de dos velocidades, con esta formación empujando en la calle y los partidos PDeCAT y ERC negociando en los despachos. Pero nadie sabe a ciencia cierta si eso puede cuajar, porque el Gobierno central no está por la labor de facilitar un diálogo: considera que hay condicionantes que no se pueden permitir, como partir de la base de que habrá referéndum sí o sí.

Con su actitud, Carles Puigdemont se puso en contra a sus socios parlamentarios de la CUP. O más bien los descolocó, aunque desde las filas de los antisistema hablan sin tapujos de “traición”. Pero también abrió una nueva vía. Es cierto que, con la confusión que despierta su proclamación de la República, hay opiniones para todos los gustos sobre el alcance de la misma. Pero no es menos cierto que, con ella, reduce la tensión momentáneamente, hace amago de que quiere dialogar, cede en principio a las presiones económicas y políticas que le pedían moderación y puede evitar una acusación inmediata de rebelión. Y, sobre todo, gana tiempo, tanto para reponer fuerzas como para redistribuir a sus huestes. La decisión no contenta a sus socios de la CUP, pero sí a buena parte de los suyos, especialmente al PDeCAT. Un alto dirigente de esta organización señala que “Puigdemont tiene detrás a todo el partido. En estos últimos meses, ha habido un crecimiento enorme del sentimiento independentista y el problema era cómo se rebajaba”. Este dirigente culpa a las actuaciones del Estado español de ese clima de efervescencia del independentismo. “Hicieron la campaña del referéndum ellos solitos y hasta ahora estaban todos enrocados”. La nota negativa, critica, es que “el Estado no quiere mediadores y tampoco hace nada por la distensión y para rebajar la tensión; al revés, la sube”. 

Sin elecciones a la vista

Desde el PDeCAT, se subraya que “la única solución es el diálogo sin condicionantes previos”. Pero lo malo es que nadie elimina esos condicionamientos. ¿Pueden ser unas elecciones la válvula de escape definitiva a la explosiva situación? Si se convocasen, desde luego que sí. Pero advierten que “no está en la mente de Puigdemont convocarlas”. Es más, los antiguos convergentes, que en la sombra siguen maniobrando para que ERC acepte reeditar la plataforma de Junts pel Sí (JxS), no verían mal, a corto plazo, unas elecciones tras el referéndum y, a la vista de los resultados, actuar. “En estos momentos, JxS se tiene que reeditar lo quiera o no lo quiera Esquerra. Y, además, es posible que hoy ganase con mayor claridad el independentismo”, afirman con rotundidad desde la formación de Puigdemont. Pero lo cierto es que, con esa estrategia de reeditar la coalición con los republicanos, los exconvergentes se sacan un problema gordo de encima: las encuestas les sitúan en el quinto puesto por número de votos en unas elecciones autonómicas en estos momentos. Y eso es un varapalo muy grande porque, hasta ahora, los convergentes siempre habían sido la primera fuerza en número de votos. Lo que queda claro, pues, es que Puigdemont tiene que reparar las costuras rotas de su partido antes de seguir a galope tendido hacia la independencia.

Precisamente la apertura de un paréntesis en ese galope, tan mal visto por los radicales, se convierte en una decisión más comprensible para el resto de la galaxia independentista. Incluso la Asamblea Nacional Catalana (ANC), una de las más combativas para la inmediata proclamación de la república, le puede dar un voto de confianza. “Si queremos construir la república y que sea lo mejor posible, hemos de ser capaces de ser flexibles. Los Estados Unidos tardaron siete años en independizarse totalmente. Nosotros creemos que se puede hacer en un plazo menor. No aspiramos a estar tanto tiempo en transición, pero eso ya se verá”, explica a TIEMPO un alto dirigente de la ANC.

Para esta entidad soberanista, que es la artífice de las grandes movilizaciones de los últimos años junto a Òmnium Cultural, la hoja de ruta hacia la independencia se mantiene. Lo que pasa es que ahora se abre un paréntesis. Pero, a corto plazo, “habrá que ponerse en marcha de nuevo”. El procés 2 es solo una situación temporal y, si no hay resultados, se debe activar la ley de transitoriedad y el proceso constituyente. “La gente tiene muy claro que en la primera etapa de transitoriedad habrá que mantener algunas estructuras de Estado españolas, pero a partir de ahí se inician procesos que nos llevarán a una Constitución catalana y a ser plenamente independientes”, añade la misma fuente. 

Elecciones constituyentes

En la ANC, lo mismo que en los partidos independentistas, tienen claro que el final del camino es la separación de España. Pero antes de eso es preciso activar algunos resortes para proceder a la desconexión. Y, en el caso de que el Gobierno central intervenga de alguna manera las instituciones catalanas, la ANC se echará a la calle y activará la Asamblea de Electos (Aecat), un organismo formado por todos los cargos electos independentistas (concejales, alcaldes, diputados autonómicos, diputados en el Congreso, senadores y eurodiputados) para sustituir el Parlamento catalán. En ese momento, la Asamblea se reserva un papel protagonista en la organización del proceso, que culminará con unas elecciones constituyentes en un plazo de seis meses a un año.

En la hoja de ruta de Junts pel Sí, en cambio, no se contempla una coyuntura como la actual, ya que la deriva de la CUP dinamitó el programa electoral de convergentes y republicanos para llevarlos a su terreno, poniendo sobre la mesa una cosa que ya estaba amortizada o desechada: un nuevo referéndum, que no figuraba en ninguna propuesta electoral de las últimas autonómicas. Así, las propuestas de CDC y de ERC quedaron desfasadas, antes de echar a andar la legislatura, para adoptar los posicionamientos cuperos más radicales bajo la vigilante mirada de la ANC y de Òmnium Cultural.

Pero si la Asamblea puede tolerar el paréntesis continuista, otra cosa es la CUP. Los radicales se sienten traicionados por el president, a quien ellos pusieron como máximo mandatario de la Generalitat porque estaba en su línea y era “un kamikaze”. 

La CUP va a lo suyo

La hoja de ruta de la CUP disponía una declaración unilateral de independencia que, según los nuevos parámetros, se produciría tras los resultados del 1 de octubre. A partir de ahí, debía impulsarse un programa de emergencia social paralelamente al proceso de desconexión “nacional y popular con el Estado español y la Unión Europea sobre la base de la suspensión de la aplicación de toda la legislación estatal y de la UE”. Este fue, precisamente, el punto donde Puigdemont rompió la baraja: al no poner en vigor la ley de transitoriedad (que debería sustituir a la Constitución y al Estatuto), esa desconexión no se puede materializar.

El programa de la CUP preveía también “velar por impedir cualquier intento de dilación del proceso de ruptura”. Fuentes de la organización anticapitalista señalan a TIEMPO que, aunque el bloque independentista hace aguas, “hay que darle un poco de margen”. Incluso apuntan que “según cómo mueva ficha el Gobierno central, el bloque puede llegar a recomponerse enseguida”.

Pero, ¿se abre ahora un procés 2 en la política catalana? “No, todavía no se puede afirmar eso con rotundidad. Pero si Puigdemont no cumple los acuerdos, sería una vergüenza y una traición al pueblo”, dicen desde las filas del partido antisistema. En la cúpula de esta formación se cree que, con la jugada de Puigdemont, “JxS está llevando la ley del referéndum a su terreno para poder jugar sus cartas. La declaración en el Parlamento el martes 10 de octubre es válida según esa ley, pero habrá que ver cómo gestiona ahora la nueva situación”.

En la CUP consideran que la confusa proclamación de Puigdemont es solo “un paréntesis”. O sea, volvemos al procés en su segunda versión corregida y actualizada. La CUP tiene en cartera comenzar la desconexión institucional con el Estado español aplicando algunas medidas rupturistas: desobedecer las leyes y a los tribunales españoles, derogar la reforma laboral, derogar la Ley Wert, poner en marcha el impuesto sobre las cuentas bancarias (y recuperar varios impuestos más), derogar la Ley de Seguridad Pública, recaudar todos los impuestos a través de la Agencia Tributaria Catalana o articular la insumisión de los ayuntamientos.

A partir de ahí, quieren negociar con el Estado español el traspaso de funcionarios a la nueva Administración catalana, el reparto de recursos de la Seguridad Social, el reparto de patrimonio o la delimitación de fronteras. “Si no hay acuerdo y el Estado español no reconoce la República Catalana, los mecanismos de unilateralidad seguirán funcionando para forzar al Estado a negociar”, dice su hoja de ruta. Esa estrategia, de momento, ha sido suspendida por Puigdemont. El procés 2 ya navega a todo trapo.

La foto-trampa del independentismo

Tras el pleno del 10 de octubre, los diputados de Junts pel Sí y la CUP firmaron un documento de constitución de la República Catalana. Fue en unas dependencias del Parlamento, pero sin registrarlo ni llevarlo al pleno, por lo que, jurídicamente, no tiene ninguna validez. En el documento se afirma que queda constituida la República Catalana “como Estado independiente y soberano, de derecho, democrático y social”.

Asegura, asimismo, que “entra en vigor la Ley de Transitoriedad Jurídica y Fundacional de la República”, que debe derogar la Constitución y el Estatuto. Por último, señala que se inicia “el proceso constituyente, democrático, de base ciudadana, transversal, participativo y vinculante”, que tiene la voluntad de “abrir negociaciones con el Estado español, sin condicionantes previos”. Igualmente, comunican a “la comunidad internacional y a las autoridades de la UE la constitución de la República Catalana” y manifiestan la “voluntad inequívoca de integrarse tan rápidamente como sea posible en la comunidad internacional”. El acto de la firma, no obstante, fue solo un gran acto propagandístico para plasmar la unidad de las fuerzas independentistas y su voluntad de llegar hasta el final en el camino de la ruptura. Pero esa unidad no era más que una pantalla. La CUP, cuyos diputados firmaron el documento, se descolgaba en aquellos momentos. Anunciaba que Puigdemont les había decepcionado y que su voluntad será abandonar el Parlamento y dejar al Gobierno catalán en minoría frente a la oposición, ya que Junts pel Sí tiene 62 diputados y el resto de la oposición suma 63 escaños.

40492923_60f

Anna Gabriel, diputada de la CUP en el Parlament. Foto: Julio Carbo

Tropa de choque

La red de apoyo de la CUP

La CUP es partidaria de crear una asamblea constituyente tras la declaración de independencia y de “articular una red de apoyo a la ruptura que también realizará funciones de dinamización del proceso”, tal y como se recoge en su hoja de ruta. Esa red se ha materializado en los Comités de Defensa del Referéndum (CDR), una especie de milicias ciudadanas que velan para que no se dilate el proceso de ruptura. Además, esas milicias son la tropa de choque en la calle. De hecho, fueron utilizadas por el Gobierno catalán para abrir muchos colegios electorales el pasado 1 de octubre. Ahora, con la tensión en el bloque independentista, pueden volvérsele en contra a Puigdemont, puesto que los CDR están controlados por los radicales de la CUP.

40395453_60f

Manifestantes independentistas frente a los Mossos d’Esquadra

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

COMENTARIOS

No hay comentarios

ENVIA TU COMENTARIO

  • Los campos marcados con "*" son obligatorios

Grupo Zeta Nexica