El pato

06 / 06 / 2017 Luis Algorri
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¡Gracias!

Los dos Donald son igual de maleducados, pero con el de Walt Disney, por lo menos, te reías a gusto.

Nos hemos educado rodeados de monstruos. Hoy no durarían ni cinco minutos entre las mandíbulas de la censura que han montado los tribunales populares del Twitter. No hablo ya de los ogros, brujas y madrastras que pueblan los cuentos de Andersen, Perrault o Iriarte; aquellos psicópatas que comían niños crudos (Pulgarcito), que eran violadores y pederastas (la auténtica Rapunzel), asquerosos machistas (Piel de asno) o culpables de violencia contra los animales (Caperucita: recordarán que, al final, al lobo lo matan).

Me refiero a otros seres igualmente abyectos pero más recientes que, como los anteriores, de niños nos hicieron soñar, o reír, o temer, sin que su incalificable maldad nos haya causado, la verdad sea dicha, mayores cataclismos psicológicos. Los patos, por ejemplo. Se darán cuenta de que en nuestro imaginario narrativo infantil hay pocos patos. Está El patito feo, desde luego: un bicho depravado, traidor a su clase, que al principio se muestra bobito, llorica y triste, y que en cuanto crece se hace del PP.

Pero sobre todo están los detestables patos de Walt Disney. Donald, un vago redomado que jamás se supo en qué trabajaba, que tiene un carácter aún más insoportable que su voz y que padece de una preocupante disfunción sexual: pone cara de imbécil cuando mira a su supuesta novia, Daisy, pero jamás le tocó una pluma. Esta es un trasunto de Margaret Thatcher pero  calzada con abarcas o madreñas, y luego está el tío Gilito, un miserable capitalista corrupto y acaparador que  en ninguna historieta apareció como secretario del Tesoro o ministro de Hacienda sencillamente porque ni siquiera Walt Disney se atrevió a tanto. Los únicos que se salvan son los tres sobrinos, que muestran un sentido común que nadie más en la familia tiene.

Se nos ha enseñado que, para perder el miedo escénico (o cualquier tipo de miedo), es un buen recurso imaginarte al público desnudo, o en cualquier situación ridícula. Aplico la norma y les cuento que hace pocos días vi un vídeo con patos.

Eran patos de la OTAN que formaban un grupo informal, y charlaban y reían mientras esperaban a que los colocasen para hacerse una foto de familia con toda la bandada.

Todo bien hasta que, por la parte derecha de la imagen, irrumpe un patazo grandote y malencarado; un pato matón y chulo que, sin pensárselo un segundo, aparta de un empujón al pato representante de Montenegro, Dusko Duck Markovic, que casi tropieza y cae encima de la pata lituana, Dalia Duck Grybauskaite.

–Oye, pero ¿este quién es?

–Pues quién va a ser. El pato Donald Trump. Ya sabes.

El tal pato Donald (el único ser vivo del mundo capaz de peinarse hacia delante y hacia atrás a la vez, como ha dicho Javier Marías) llega empujando a la  primera fila, se pavonea, mira de reojo a la derecha, mira de reojo a la izquierda, se estira la chaqueta, manda callar con un gesto del dedo a la pata lituana y por fin hace lo que más le gusta: sacar morritos con un gesto exactamente igual al que usaba siempre otro ganso difícil de olvidar, Benito Duck Mussolini, de quien tanto ha aprendido.

Miren ustedes: pato Donald por Pato Donald, yo prefiero al de Walt Disney. Los dos eran igual de maleducados pero  con el otro, por lo menos, te reías a gusto.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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