Resort

10 / 08 / 2017 Tiempo
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"Las sombrillas delatan las zonas ocupadas por familias con hijos pequeños y ancianos. Los adolescentes se tumban encima de una toalla. Se sienten invencibles".

Resort / Juan Carlos Márquez / Salto de página / 128 páginas / 14,50 euros / Publicación: 01-09-2017

En un complejo hotelero de la costa española ha desaparecido un niño alemán. Para esclarecer lo sucedido se decide retener a los huéspedes en el hotel y desplegar policías de paisano. Pero sobre este trasfondo ocurren otros dramas cotidianos, propios de unas vacaciones en familia, que dibujan una sociedad egoísta, desapegada y banal.

Juan Carlos Márquez (Bilbao, 1967) es licenciado en Ciencias de la Información y máster de Periodismo, ha ejercido el oficio en diversos medios e imparte clases en la Escuela de Escritores. Entre sus obras destacan Tangram, Norteamérica profunda y Los últimos, galardonados con diversos premios.

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1

Coge las dos tarjetas-llave que le ofrece la recepcionista y le entrega una a su mujer. Ella la echa dentro del bolso y va deprisa a por el niño, subido en el respaldo de uno de los sofás de la recepción. Lo baja de allí sujeto por las axilas y le obliga a darle la mano. También se agacha un momento y le susurra una frase al oído, una de esas frases definitivas que las madres susurran al oído de sus hijos cuando se han levantado a las cuatro de la madrugada y han conducido más de quinientos kilómetros para llegar al lugar de destino de las vacaciones y lo que más desean en el mundo es desvestirse, tomar una ducha larga y tumbarse un rato húmedas de frescor y ligeras de ropa sobre la cama. Los tres se dirigen a los ascensores, al fondo de la recepción. Él carga con el equipaje de mano: una trolley, dos bolsas de viaje, una nevera y un PC portátil. Cintas y asas se entrecruzan por su cuerpo como cananas en el torso de un mercenario. Las maletas más pesadas, dos bultos grandes de color rojo, y una silla de paseo plegada quedan en el recibidor aguardando la llegada de un maletero.

La habitación es grande y luminosa, como en las fotografías de la web del hotel. Está pintada de un azul pálido, desvalido, y sobre las camas cuelgan cuadros marineros: nudos, peces, barcas y gaviotas sobrevolando las aguas. El mar se ve al fondo, más allá de la terraza, enmarcado por visillos y cortinones. El hombre deshace el equipaje de mano, atiende la llegada del maletero y sintoniza en el televisor dibujos para el niño mientras su mujer se ducha. Los tres, arrullados por el cansancio y los murmullos del televisor, el aire acondicionado y el mar, se quedan pronto dormidos sobre las camas: el hombre y la mujer cuan largos son sobre la de matrimonio; el niño, atravesado sobre la supletoria como un trazo diagonal. Unos gritos les despiertan una hora después. Voces en un idioma extraño que ni el hombre ni la mujer, y mucho menos el niño, pueden reconocer. Pudiera ser ruso, polaco o alguna lengua nórdica. La mujer se despereza y anuncia su intención de salir a la terraza para echar un vistazo. Lleva puesta una camiseta larga que le cubre por debajo de los muslos, cerca de las rodillas. La prenda apenas consigue disimular unos pechos como de lactancia, grandes y redondeados, libres del sostén durante la siesta. El hombre la sigue en su curiosidad. La abraza por la espalda contra la barandilla de la terraza haciéndole notar en sus nalgas una erección ligera, más fisiológica que fruto de la excitación sexual. La mujer especula con que los gritos, que se van apagando poco a poco hasta desaparecer, proceden de los pisos superiores. Las cabezas de otros curiosos levantadas hacia los pisos altos del edificio parecen corroborarlo. El hombre está a punto de preguntarles qué pasa, pero no lo hace. Tienen todos aspecto de extranjeros. Niños rubios y pecosos de ojos claros. Chicas delgadas de culos prietos y pechos desafiantes, amazonas centroeuropeas listas para la procreación. Viejos pellejudos, rosáceos, de grandes vientres. Para hacerse entender tendría que expresarse en inglés y al hombre no le parece que lo ocurrido, si es que ha ocurrido algo, requiera ese esfuerzo. El niño llama a voces a su madre. La mujer entra deprisa y se tumba junto a él en la cama. El niño está caliente. Emite ese calor agradable, rescoldo de los sueños, que despiden los niños recién levantados. Huele a cereales. Pan recién sacado de un horno de infancia. La mujer lo aprieta contra su cuerpo y le besa varias veces en la frente y las mejillas. ¿A quién le apetece darse un chapuzón?

2

La playa queda muy cerca del hotel, al otro lado de una carretera. La precede un paseo. El paseo. Ese paseo que siempre bordea las playas de las localidades costeras. Ese paseo que, arrancado de cuajo de cualquier playa española por una fuerza sobrenatural, podría reimplantarse en cualquier otra del mundo sin que nadie advirtiera el cambio. Bancos. Baldosas. Bicicletas. Patines. Viejos que caminan deprisa o corren despacio mirando de soslayo sus relojes. Viejos que quizá persigan llegar en buena forma física y a tiempo a sus muertes. El hombre empuja la silla vacía. El niño, embadurnado de crema de protección solar, con una apariencia albina, va de la mano de su madre, que porta en la otra mano una sombrilla plegada. A decir  verdad, el niño ha dejado de ir en la silla hace meses. La silla no es ya un medio de transporte sino un asiento donde el niño puede ver con comodidad un DVD mientras sus padres cenan o toman una copa. O bien una carretilla sobre la que transportar bolsas y de cuyos asideros cuelgan flotadores, cubos, palas y manguitos: un pequeño bazar playero sobre ruedas. Un camino de tablones llega casi hasta la orilla del mar. Un mar en calma. Estancado. Una gran bañera de olas moribundas, muy separadas. La mujer encuentra un hueco y entrega la sombrilla al hombre para que la clave en la arena. Una vez abierta, apenas unos centímetros la separan de otras sombrillas abiertas a su alrededor. Las sombrillas delatan las zonas ocupadas por familias con hijos pequeños y ancianos. Adolescentes y jóvenes se tumban encima de una toalla sobre la arena. A veces ni siquiera precisan una toalla. Se piensan invencibles. No necesitan protegerse del sol ni de nada, salvo de sus erecciones, los hombres, o del rubor y el orgullo de sentirse deseadas, las mujeres. El niño va corriendo hasta el límite entre la arena y el mar y se queda quieto un momento, mirando al agua. Con un poco de inquietud acaso y muchas ganas de entrar. Como un inmigrante ante una frontera. El padre pasa corriendo a su lado y se lanza al agua de cabeza, aunque apenas cubre. La mujer hace lo propio. El niño echa a andar hacia ellos, que le hacen señas y le dan ánimos. Cuando el agua le alcanza la cintura se tumba y da algunas brazadas torpes. Nada con los brazos algo encogidos. Su cabeza entra y sale del agua para coger aire de manera brusca, desacompasada, como si una mano invisible intentara estrangularlo. Mueve las piernas sin coordinación en un chapoteo vano. Mirar cómo nada un niño en el principio de su aprendizaje tiene mucho de agónico. Y sin embargo los padres y las madres intentan sonreír mientras los hijos se les acercan con una lentitud desquiciada de movimientos, sonríen, como sonríen el padre y la madre del niño, y sienten, por fin, cuando los niños llegan a su destino, a los brazos paternos o maternos, un gran alivio.

 3

La ducha. Las cremas. Los turnos. La madre con la cabeza envuelta en una toalla blanca. El secador de pelo del hotel en la hora, poco antes de la cena bufet, en que por toda la costa se oye un himno de secadores de pelo. El padre y el hijo se duchan juntos. Es difícil regular la temperatura del agua de los grifos de hotel, aunque sean hoteles confortables. El agua siempre sale demasiado fría o demasiado caliente, sobre todo para los hijos únicos. Es sencillo desprenderse mediante una ducha de la arena que se pega al cuerpo pero imposible que se vaya sola, por su propia inercia, por el desagüe. Hay que dirigir el chorro de la ducha hacia la arena, esa sedimentación del día de playa. La alcachofa a pocos centímetros. Guiar la arena como se guía a los soldados prisioneros, a culatazos, con apremio, hasta el agujero. Insistir hasta que todo desaparece con la última espuma. Las cremas. El afeitado. Los albornoces. Tumbarse un rato sobre la cama y hacer zapping en la torre de Babel. La ropa limpia y el niño que dice que esas no, que las azules, que los calcetines le aprietan, una chaquetita no, que hace calor. Para el niño siempre hace calor. La mujer fantasea a veces con la idea de llevar al niño a un glaciar y dejarlo allí, en camiseta, esperar oculta con un plumas en el regazo hasta que el niño grite tengo frío. El ascensor. El niño que aprieta todos los botones. Suban o bajen. Al niño le es indiferente. El niño, una vez dentro, pulsa los botones de todas las plantas. El niño está en esa edad en que no escucha, en esa edad en que ni siquiera sabe disimular que no escucha.

El maître conduce al matrimonio y a su hijo por el comedor hasta la mesa que les ha correspondido. Es una mesa en la terraza, con vistas a la piscina principal del hotel, en la que desemboca un tobogán. Es pronto aún para cenar, las ocho y media, y sin embargo el comedor está lleno de huéspedes extranjeros. Padres, madres e hijos en su mayoría alemanes que acarrean y degluten platos de huevos fritos y salchichas con kétchup y bacón y extrañas verduras aceitosas. Al hombre le horroriza que esa gente con un paladar tan primario, esos neandertales de la gastronomía, lideren la Europa comunitaria y hayan puesto dos veces el mundo patas arriba. El hombre, no obstante, les sonríe mientras comen, les dice que aproveche, porque el hombre sabe que en las vacaciones son fundamentales la cortesía y la amabilidad. Sabe que, pese a su ausencia absoluta de gusto culinario, los alemanes son silenciosos, educados, lo que no puede decirse de muchas familias españolas, de esas con abuela y mellizos, que hacen de la algarabía y el caos un estandarte. Pero esas no han llegado aún. Llegarán más tarde, al límite del horario permitido para cenar. Llegarán con sus prisas y sus proles y sus tres generaciones y alguno derramará el líquido de un vaso, llorará o vomitará. Quizá en ese mismo orden secuencial. En eso piensa el hombre mientras aguarda que un camarero venga a tomarle nota de la bebida, y la mujer y el niño recorren al fondo las distintas zonas del bufet. La mujer y el niño son como esos exploradores que envía el séptimo de caballería a espiar a los indios. Suben reptando una colina, sinuosos como eses, para mirar al otro lado, donde los indios aguardan ser mirados, porque los indios son exhibicionistas, por eso llevan plumas, cabalgan semidesnudos y se pintan la cara, los indios son putas poligoneras. Por el momento, la mujer y el niño solo miran. Siquiera han cogido un plato o una pieza de pan. Pasean ante las vitrinas de comida como quienes lo hacen por un museo, con aire reverencial. Las verduras para la ensalada separadas por especies: hazlo tú mismo. El Ikea de la gastronomía. Lechuga, tomate, cebolla, maíz, remolacha, atún, pepinillos, cebolletas, palmitos, espárragos, huevos duros. Las ensaladas del chef, con pasta o arroz y taquitos de comida, comida que fue retirada de otras bandejas ya expuestas los días anteriores, cortada en trozos, reciclada, salpicada ahora de mayonesa o salsa tártara. Las tartas precocinadas que parecen conversar: fíjate, hasta hace una hora solo éramos polvos dentro de una bolsa de papel de plata y ahora somos tartas. Entre el polvo y nosotras solo hay agua, a veces leche, un molde. Tartas y pastelillos cristianos. Polvo eres y en tarta te convertirás. Los helados con sabor a medicamentos infantiles. Los yogures. Las bandejas con guisos de carne o de pescado. Pescados locales, blancos e insípidos, que nadie antes de llegar al bufet oyó nombrar. Zarzuela de. Ragú de. Paella de. Arroz. Que no falte el arroz. Arroz para los extranjeros. Arroz a banda. Arroz con mariscos congelados desde la primera glaciación. Arroz con verduritas de la huerta que han salido de un frasco chino de cristal. El verano y las apariencias. El querer ser felices. El querer dejarse engañar porque es la única manera de ser felices. La plancha, por fin. El cocinero sonriente y sudoroso. Con ese gorro alto de majorette por el que se le escurren los pelos grasientos. La paleta que da la vuelta con espíritu circense a los despojos de animales muertos. Y la fruta, perfecta, como de bodegón, sin sabor. La mujer y el niño regresan, más viejos, más cansados, y le dicen al hombre: hay lo de siempre. Vamos o dentro de poco no quedará nada.

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