Paul
Cuando yo estaba en edad de merecer todavía más que ahora (que ya es decir), me encantaba ver al tipo en la tele. Mira que a mí, el fútbol, ni fu ni fa, pero es que Paul Gascoigne corriendo era como una tanqueta cuesta abajo, un percherón con flequillo rubio y sonrisa de angelote de Murillo, una estampida él solo. Mi novio de entonces lo decía: “Pero qué salud tiene ese cabrón hasta en los tacos de las botas”. Ahora, a los cincuenta y pocos, está hecho una piltrafa por culpa del alcohol. La policía lo ha sacado de su casa y lo ha llevado a un enésimo centro de desintoxicación: flaco, sin apenas pelo, ancianizado, la mirada perdida, la sonrisa también. Parece su padre. Con lo que tú has sido, Paulito, mula parda mía. Deja el frasco, chiquillo...



