Andalucía se impuso en los Goya con La isla mínima, El Niño y Paco de Lucía
La gran noche del cine español tuvo un toque andaluz, desde el presentador de la gala, Dani Rovira, hasta las películas premiadas.
Escandaloso: mientras Salvador Távora pide limosna para que no liquiden La Cuadra, un mito del teatro sevillano, por donde vayas cunde andalucismo o andaluzada, que ya no sé: lo mismo en los Goya prestigiados con La isla mínima y El Niño, que descubrió a Jesús Castro, que en revuelo de volantes, lunares y propuestas que siempre es el Salón de Moda Andaluza de la guapísima Raquel Revuelta montado en la otra feria bética. Ahora la imita con malas formas su antaño amiga Laura Sánchez, ¡lo que hay que ver!
Si no sorprendió el fallo de los mejores premios del cine español, chocó ver el cambio de nuestras estrellitas, nada que ver con lo que en tiempos fueron, representaron y marcaron de Imperio Argentina a Jorge Mistral, de Amparito Rivelles a Aurora Bautista y Sara Montiel a la que ahora, sin defensa en la fría y marmórea tumba de La Almudena, endilgan mexicano romance inédito nada menos que con el líder comunista Ramón Mercader. Fue el asesino de Trosky y murió en La Habana de Fidel. Parece gag truculento de cualquiera de sus cupleteras películas. Acaso La mujer perdida o Pecado de amor, con guiones de Antonio Gala y Mario Camus, dos firmas de tronío (mantenemos el andalucismo, ya ven, lo bueno se pega). Es vergonzosa y descacharrante especulación que no hicieron con ella en vida, y eso que murió a los 86. Incluso conociendo su fantasía inventadora que luego resultaba real. Muchas cejas se enarcaron cuando la mítica manchega contaba cómo en el Hollywood dorado hacía huevos fritos con encaje y ajos para desayuno de Marlon Brando, o su intimidad solo amistosa –juntos pero no revueltos, que no eran huevos– con James Dean. “Cosas de Sara, ya conocéis su mitomanía”, cuestionaban. Pero luego aparecía con fotos autentificando lo contado.
También malvados lo hicimos Terenci Moix y yo cuando una madrugada mallorquina, en su casa de Na Burguesa, Sara nos contó que en Moscú compró una vajilla de oro “porque no te dejaban sacar los rublos fuera del país”. Terenci y yo nos miramos incrédulos a punto de carcajada: “¡Esta Antonia es incorregible, cuánta imaginación!”. Pero empalidecimos cuando Sara, tras freír huevos con patatas apareció sirviéndonoslos en bandeja de oro. Así de efectista era ella.
Doble revelación.
Algo parecido hizo Dani Rovira presentando los Goya. Trepidante, efectivo, cercano y sin tics. Ingenioso y de escuela nada engolada hizo olvidar el histrionismo de Rosa María Sardá, que hoy no pasa su mejor momento, y hasta el perfeccionismo de Manel Fuentes. Rovira fue doble revelación: como prota de la recaudadora Ocho apellidos vascos y jovial comunicador sin resabios. Algo censurable en aparatosas más estrellitas que estrellas, excepciones hechas de la siempre dramática Terele Pávez, o Ana Belén eternizada físicamente –estupendo su traje azul noche semejante en amplia falda al Óscar de la Renta de Penélope Cruz–. La famosa actriz iba peinada desastrosamente con aire de antigualla, eso que Encarna, su madre, aún tiene salón abierto. Discreta con recogido pelo rubio y abrigo largo sobre modelo blanco destacó Carmen Machi, premiada como secundaria cuando es primerísima de la escena y su lado trágico en ocasiones recuerda a Nuria Espert, que está inmensa en el Lliure. Su canosa y travestida versión del shakesperianoRey Lear incluso supera la reciente Lucrecia y Medea hecha en tres ocasiones -una en catalán de Salvador Espriú, luego en las Olimpiada se la montó a Irene Papas pero se negó a dirigir la ópera de Montserrat Caballé temerosa de enfrentar divismos–. Mientras Pedro Almodóvar zurró al ministro José Ignacio Wert, que ensanchó más cintura de la que tiene, largándole un demoledor “usted no es amigo del cine español”. Le faltó añadir “fuera de aquí, indeseable”. Quedó con las ganas de soltarlo. Arrancó bravos, silbidos y ovaciones en una noche anunciada contestadora. “Por eso no vinieron los Reyes, con lo bien que les hubiera ido”, comentaban. Machi fue la única que recordó a la permanentemente enronquecida Amparo Baró, muerta días antes. Emocionó como un Antonio Banderas lagrimeante dedicando a su hija, Stella del Carmen, su Goya de honor con el que a sus 54 años establece récord de juventud a toda una carrera. Tras lo de “el cine no es mi profesión sino mi vocación”, me confirmó que deja Hollywood y se instala en Nueva York a ver si olvida lo pasado, también sufrido, con Melanie. Su hijastra Dakota Johnson –a la que vimos madurar con su bicicleta matinal por los Monteros marbelleros– pronto se consagrará como nuevo ídolo sexy en Cincuenta sombras de Grey. Tan fuertes son las escenas que el cálido Antonio evitó comentar. Ya no le afectan porque, aseguró, “la mediocridad es la moneda de nuestro tiempo”.
Muchas de nuestras figuritas vistieron de prestado y como para ser puestas sobre el televisor. Como ídolo acaso declinante, Penélope con un tirabuzón lateral como si no hubiera pasado el tiempo –el traje exigía moño o recogido– ante la aparatosidad de Nieves Álvarez tal Venus saliendo de las olas. Excesivo contraste blanquinegro de Murad con escote triangular hasta la cintura.
No pudo competir en empaque y hombros hacia atrás en el desfile sevillano de Vicky Martín Berrocal, donde hasta enseñó braguita bajo transparencias negras, con la juventud que prodigó el palabra de honor sobre ampulosas faldas. Elena Amaya exhibió tetamen mientras Mariam Bachir deslumbró en encaje negro. El encanto risueño de Clara Lago, novia de Rovira, hizo lo que Nerea Barros, premiada como mejor actriz revelación, paseó las flores gris perla de su traje desde el vecino hotel con toda la espalda desnuda aunque era noche de bajo cero. Por eso la enrojecida Lolita en el tono de Pilar López de Ayala cantó un A tu vera premonitorio de andaluceo. Desempolvó capita de visón modernizada. Lo mismo que Massiel, no se sabe si disfrazada en dorados, exhibió capa de lince hasta los pies sacada del frigorífico de su compadre Miguel Marinero y gritó como solo ella sabe ante el triunfo de La búsqueda.
Un Goya para Paco de Lucía.
Es documental sobre el inolvidable Paco de Lucía, que dirige su hijo Curro producido por su madre, Casilda Varela. Generosa manteniendo al mito que le dio cuatro hijos para luego desaparecer, elogiaban su magnanimidad, “con lo que Paco la puteó”, con el para ella inolvidable guitarrista por el que se puso de montera la España franquista. Su padre era el general Varela, dos veces laureado y la hipócrita y envidiosa sociedad no entendía la pasión de Casi por el músico que navegó entre dos aguas: “Yo fui comunista hasta que gané mis primeros dos millones”, descubre Paco casi cínico pero auténtico en el filme casi guionizado por su aún devota ex, que lloró ante el premio exaltador. Reconociendo lo que todavía siente y no supera lucía pendientes de coral en forma de pera “el primer regalo que me hizo Paco”. Destacó Macarena Gómez resaltando el embarazo de cinco meses. Es la más snob de nuestras estrellitas aunque no parezca horterilla como chihuahua de La que se avecina, serie interrumpida sin que nadie sepa por qué. Macarena –nombre andalucísimo– lució bajo encaje rojo de Caprile animado con dos esmeraldones que oscilaban, patrimonio familiar de su marido, Aldo Comas, que fue compañero de Andrea Casiraghi en el mismo colegio suizo. Destacó con un rizo coquetamente colocado sobre la frente. Esos pedruscos decó eran del joyero Bárcenas, que tiene una cueva de Ali Babá semejante al pedrerío que aún conserva Luis Gil.
No amortiguaron las barrocas hombreras plata de María León que no alcanzó “cabezón” ni la ternura nonagenaria de Asunción Balaguer, auténtica sufridora en casa como mujer de Paco Rabal. Optó por terciopelo negro para darle al claqué aprendido en Follies, nada que ver con el engordado Miguel Poveda reivindicando superados poemas de Miguel Hernández y Rafael Alberti. Casi un “¡a las barricadas!” poco seguido por el triunfador Alberto Rodríguez –nada menos que diez Goyas–, la amoratada Blanca Suárez, Jordi Molla con traje gris igual que Pedro Sánchez, Tony Cantó añorando sus tiempos de actor que enamoraba a Bosé, e Hiva Abouk que emergía de un ampuloso traje negro junto al imponente Juan Diego, que descorbatado rió la poética evocación casi retro, qué no sabrá él, que fue del PCE. Dafne Fernández se obsesionó con su larga cola pareja a la de González Sinde en gasas grises.
Asombró a Kortajarena, que no es del cine sino que lo empujó Tom Ford igual que Kilye Minogue a su exnovio el modelo Andrés Velencoso, facialmente más recuperado de cómo desfiló para Mango en el O-80 barcelonés, que en montaje e ideas supera a la Fashion- Week. Allí el morbo cercaba a Eduardo Sayas con un “cuenta, cuenta”. Él lanzó al maniquí vasco. Pero callaba más que Jaime de Marichalar a la diestra de una aterciopelada en verde Helena Rakosnik, esposa del presidentMas, que no soltó sonrisa ni ante el desfase del culé Tony Alvés etiquetado como para cantar boleros. Le dieron un repaso desde la princesa María García de la Rasilla, que paseó a un embebido y barbudo James Costos, embajador americano desemparejado, a Fiona Ferrer, que siempre vende algo, la refeliz Olivia de Rojas, Natalia Sánchez, Gema Mengual, el matrimonio Puig oliendo a su perfume Prada y Elena Furiase –que rompió con su nuevo novio como Lolita con Pablo Durán–. Confirmó que su padre está muy bien tras el asustador ictus de hace un mes: “Es disciplinado, sabe lo que se juega pero le cuesta dejar de fumar. No conduce y lo llevo yo”, aseguró ante la señora Mas, a quien Marichalar, con cara de “lo que me he librado”, prestaba más atención que a su acompañante Rosa Mairal, parece que futura de Esteban Rabat. “Es que la abuela de Helena era de Soria”, justificó. Rakosnik es una presidenta consorte más accesible que las que pasan por Moncloa.
Será cierto lo de su síndrome, reflexioné aplaudiendo lo oportuna y oportunista, lista y recaudadora, que fue Genoveva Casanova –superada Genovova o ya casi Genoviva– reapareciendo en front-row tras la negativa de Cayetano de seguir pagando 400.000 euros anuales por el colegio inglés, el ático vecino al de Paloma Cuevas y la manutención de sus rubitos gemelos. “Fue decisión de la jueza –sostuvo– considerando lo que necesitan mis hijos. No soy quién para revocar su sentencia”, y se quedó tan pancha sin saber que ya la habían pillado en pleno besuqueo –en la boca, en la boca– con José María Michavilla.
Desfiles flamencos.
Fue comentario en los desfiles flamencos sevillanos con homenaje a Estrella Morente y su modista Justo Salao, que tanto podría contar y cantar del despilfarrador Azabache.Lina derrochó buen gusto como aportando a Pantoja lo que ella no tiene, Rocío Peralta –hija del rejoneador-poeta– con alardes florales y bocamanga de enormes volantes que la sapiencia de Naty Abascal considera “muy incómodos”. Vicky Martín Berrocal presentó trajes nada agitanados de aire chino como los tocados. Escamó a Carmen Tello con su nuera, la dulce marquesa de Valencina, que es como una Madonna –ya de cuatro meses tras casarse en mayo–, enloqueció hasta el grito pelao a Bibiana Fernández, Boris Izaguirre rejuvenecido por Yébenes y algo más, Rossy de Palma y Manuel Díaz, El Cordobés con su hija Alba, ya quinceañera, junto a la entrañable Virginia Troconiz, que así celebraron sus once años juntos. Mostrando generosidad respaldando a su ex, Vicky demostró lo que es.



