Llegaron los Bárbaros

26 / 12 / 2013 11:27 Luis Reyes
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Limes del Rhin, 31 de diciembre de 406 · El río se congela y los bárbaros lo cruzan, asolan la Galia y llegan a Hispania.

Fue un emperador español nacido en Sevilla, Adriano, quien fijó los límites del Imperio y un sistema defensivo que funcionaría durante siglos. Su antecesor, el también sevillano Trajano, había sido un conquistador que extendió al máximo los dominios de Roma, pero Adriano renunció con sabiduría a todas esas conquistas, era demasiado territorio y encerraba demasiados pueblos distintos para ser viable como Estado. En cambio levantó una formidable obra defensiva que partía Europa en dos y fijaba el limes, el límite del Imperio.

El limes europeo se asentaba sobre dos grandes cursos de agua, el Danubio y el Rhin, formidables obstáculos naturales que únicamente el ejército romano, con su avanzada ingeniería, era capaz de cruzar. Los romanos fueron siempre magníficos constructores de puentes. De hecho, la máxima autoridad religiosa romana ostentaba el título de Pontifex Maximus –que heredarían los papas-, que en origen designaba al supervisor del puente sobre el Tíber, vía obligada de comunicación entre la región toscana y el sur de Italia, que sigue siendo utilizado por miles de automóviles al día.

Para amedrentar a los bárbaros germanos, que hacían incursiones al Oeste del Rhin cruzándolo en barcas, Julio César se permitió la exhibición de construir un gran puente de madera sobre pilotes en solo diez días, cruzar el Rhin en una expedición de castigo y, ocho días después, desmontarlo. Trajano, por su parte, para invadir la Dacia construyó sobre el Danubio el más soberbio puente de la Antigüedad, en las llamadas Puertas de Hierro. Medía un kilómetro y medio de largo y se levantaba sobre 20 pilares macizos de piedra, de 50 metros de altura y 20 de anchura, según se puede ver en la Columna Trajana.

Pero por imponentes que fueran los dos grandes ríos europeos, Adriano no se conformó con la defensa natural y la reforzó con un sistema de fuertes y torres de vigilancia. Y, sobre todo, cubrió el espacio abierto que existía entre ambos cauces, levantando una muralla con foso de 450 kilómetros, que iba desde un lugar sobre el curso medio del Rhin que los celtas llamaban Bonna (ciudad), y es la actual Bonn, hasta Radasbona, hoy Ratisbona o Regensburg, en el curso alto del Danubio. Cada 8 o 10 kilómetros se alzaba un fuerte con una guarnición de las legiones IV Macedónica, XXI Rapax o XXII Primigenia, con torres de vigilancia y señales entre los fuertes. También se construyeron torres vigías y fuertes a los largo de todo el cauce de los dos ríos.

Efecto dominó.

Las legiones citadas, junto con otras 9 que guarnecían los cursos completos del Rhin y el Danubio desde el Mar del Norte hasta el Mar Negro, 12 en total, constituían la principal fuerza del ejército romano –en Oriente Medio había solo 8 legiones-, que desde tiempos de César estaba formado por 28 legiones. Con estas unidades escogidas, más las tropas auxiliares de los distintos pueblos integrados en él, se dominaba un Imperio que iba de España a Siria, de Gran Bretaña a Libia.

Más allá del limes acechaban los bárbaros, término que el latín había tomado del griego, donde esa palabra era una onomatopeya para designar a los extranjeros que no hablaban griego, porque su parla parecía un bla-bla-blá, pero que en el caso de los romanos se aplicaría específicamente a los salvajes invasores que anegaron el Imperio en su decadencia. Los pueblos primitivos no lanzaban invasiones por motivos políticos, no tenían planes de expansión de sus dominios ni de creación de zonas de seguridad alrededor de ellos. Aparte de hacer incursiones en territorios vecinos en busca de botín –ganado, mujeres, comida- o para que los guerreros jóvenes demostrasen su valor, si se convertían en invasores era o por hambre, porque los recursos de su país no fueran bastantes para alimentarlos, o porque eran desplazados por otro pueblo más fuerte, creándose un efecto dominó.

Ese fue el caso de los suevos, vándalos y alanos, que protagonizaron a principios del siglo V la más característica y profunda invasión bárbara, dejando como recuerdo en el idioma el término “vandalismo”, que hoy se aplica a los hooligans de fútbol o a los afectos de la kale borroca, y que según el Diccionario de la Real Academia significa “espíritu de destrucción que no respeta cosa alguna”.

Los suevos y los vándalos eran pueblos indoeuropeos de la familia germánica, con lenguas emparentadas. Los primeros eran agricultores sedentarios y los segundos eran seminómadas, pero ambos sufrieron un destino semejante. Suevos y vándalos tenían su hogar ancestral en las riberas del Mar Báltico, pero la llegada de los godos a ese país les obligó a desplazarse hacia el Sur. Los suevos se establecieron en el Alto Danubio a finales del siglo I y se encontraron por primera vez con los romanos, siendo combatidos por Marco Aurelio. Los vándalos por su parte se asentaron al borde del Mar Negro, hasta que unos y otros sufrieron una nueva presión, la de los hunos llegados del Asia a finales del siglo IV, que empujaron a vándalos y suevos hacía la región del Alto Rhin.

El invierno y otras tribus.

El efecto de fichas de dominó provocado por los hunos hizo entrar en escena al tercer pueblo de la trinidad invasora, los alanos. A diferencia de los suevos y vándalos, los alanos eran un pueblo nómada de las estepas de Asia Central o del Norte de Irán. No eran germanos, sino indoeuropeos de la familia irania, grandes caballistas que trajeron a Europa el estribo y tácticas de combate de caballería como los arqueros a caballo. Estaban emparentados con los hunos, que pese a esa similitud los expulsaron de sus tierras y los mandaron a Europa, estableciéndose en la actual Ucrania hacia el siglo III. Pero los hunos no se conformaron con echar a los alanos, vinieron a Europa detrás de ellos. Los alanos, aliados con los godos, intentaron resistirles, pero no había quien pudiese con las hordas hunas y fueron expulsados de Ucrania.

Los alanos terminaron, como suevos y vándalos, en el Rhin, detenidos en su desplazamiento por el limes romano. La situación era similar a la de esas avalanchas que se dan en los estadios de fútbol cuando tropiezan con una valla. Los que están junto a ella, o la saltan o la rompen, o mueren aplastados por la masa que empuja por detrás. Y el fin de año de 406 una ola de frío rompería la valla.

Un año antes el general Estilicón había tenido que retirar las legiones del Rhin. El Imperio hacía aguas por muchas partes, y las tropas hacían falta para detener una invasión escita que había entrado más al sur y alcanzado el norte de Italia. La defensa del Rhin fue encomendada a los francos, otro pueblo bárbaro que ya había entrado en el proceso de asimilación por Roma. Pero los federados francos no se podían comparar con la pericia militar de las legiones; toda la seguridad del limes renano quedó en realidad dependiente del ancho río.

El invierno llegó terrible, el 31 de diciembre un viento gélido congeló las aguas del Rhin formando una gruesa capa de hielo. La barrera se había convertido en una invitadora pista a los ojos de una masa ingente de bárbaros que llevaban años anhelando cruzarla. La Nochevieja de 406 sería de peculiar fiesta para ellos. No eran solamente suevos, vándalos y alanos, había también tribus de sajones, gépidos, hérulos, cuados, burgundios, sármatas y alamanes. Toda esta marea bárbara atravesó el Rhin por mil sitios entre Moguntiacus (Maguncia) y Argentorate (Estrasburgo), aunque fueron los tres primeros quienes penetrarían más profundamente y dejarían una huella en la Historia.

Es imposible saber cuántos eran, se han barajado cifras que van de los 100.000 individuos al medio millón. En todo caso eran demasiados para la rica provincia de las Galias, la actual Francia, que durante tres años fue asolada y aterrorizada por los invasores. Luego, en 409, traspasaron los Pirineos y entraron en la Península Ibérica. Los bárbaros, detenidos durante tres siglos por un emperador español, habían llegado por fin a España.

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