Una moda de espuma y cebada

15 / 10 / 2013 11:25 Mar Yuste
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Desde las premium y artesanales a los botellines en un cubo. La cerveza vuelve con fuerza, y no solo en Alemania.

La fabricación de cervezas premium y artesanales ha ido creciendo como la espuma... de cebada. Después de las acuciantes modas en las que se invitaba a degustar diferentes tipos de agua o aprender de las bondades del vino y los taninos, ha llegado el momento de las rubias, las tostadas y las negras. La moda de la cebada es una tendencia que viene a quedarse. Si no, que se lo digan a los amantes del Oktoberfest, el festival de cerveza más grande del mundo, que se celebra todos los años en Múnich. Una fiesta bávara en la que, gracias a sus jarras enormes, sus miles de visitantes beben casi siete millones de litros de cerveza.

Pero vivir el ambiente de Wiesn no es posible solo en Alemania. El Oktoberfest tiene réplica en países como China, Brasil, Bélgica, Perú, Australia, Inglaterra o Estados Unidos, entre otros. Y, cómo no, en España. Los zaragozanos lo hacen coincidir con las fiestas del Pilar. Entre 50.000 y 60.000 personas lo visitan todos los años. Les siguen los pasos los mallorquines, los madrileños o los malagueños. En Valencia celebran dos al año (en abril y septiembre); en Calella, Barcelona, la más antigua; y en Calpe, Alicante, la más grande de España. Pero en todas se puede beber cerveza tradicional alemana y degustar codillo, salchichas o queso Rottaler.

Una pasión, y unas ventas, que han llevado a adaptarla a la gallega. Con alguna muñeira que otra, la cervecería Quilombo ha organizado la versión galega del citado festival bávaro. De “octubre” en gallego y “fiesta” en alemán, nace el Outubrofest. Eso sí, con productos más ligeros que el codillo y el chucrut. Pulpo, empanada, mejillones al vapor, pimientos de padrón o filloas de crema flambeadas con orujo. Todo regado con jarras de litro, pero de Estrella Galicia; como mandan los cánones galegos.

Más exigentes.

Más allá de la apuesta de las grandes marcas por las cervezas de colores intensos y sabores densos, ganan fuerza ahora las cervezas vivas. Naturales. Para obtenerlas, se recuperan procesos de elaboración artesanales en locales pequeños que, con una inversión mínima, inferior al millón de euros, superan los 5.000 litros de producción. Se elaboran de forma manual, casi sin mecanización, y con materias primas de calidad (agua, malta, flor de lúpulo y levadura) que se convierten en señas de identidad. No llevan conservantes ni antioxidantes y sus burbujas se desprenden de forma natural gracias a la levadura.

Perfiles, texturas, sabores diferenciados entre sí que aportan ese toque único. Una sucesión casi infinita de variables (tiempos de cada fase, tipo de grano, pureza del agua, levaduras,  aromas...) que influyen en el resultado final. Estas fábricas saben que esa tendencia sibarita no ha cesado de crecer. Las cervezas premium y artesanales mantienen un ascenso firme en el mercado y, para afianzar ese crecimiento, el sector mima a los que, más allá de la caña tirada, saben distinguir las notas de sabor. Los que, señalan en Estrella Galicia, quieren degustar un producto fresco, con cuerpo, que llegue de la bodega a su vaso.

Como explican desde Mad Café, pocos pedían estas cervezas artesanas cuando empezaron a comercializarlas, allá por 2010. El consumidor estaba acostumbrado a la caña de toda la vida. Ahora, reconocen, viene cada vez más gente con conocimientos cerveceros, con un paladar muy exigente. El mercado nacional de cervezas tiene unas características que se alzan como retos para las marcas que buscan posicionarse en la gama alta. El consumidor de cebada que sabe, que está dispuesto a ampliar sus miras de degustación, evoluciona hacia patrones de consumo diferentes. Un dinamismo que obliga a los productores a estudiar hábitos, a especializarse y a adaptarse a lo que imponen sus consumidores. San Miguel y su Selecta XV, Carlsberg y sus más de 20 referencias en el mercado, la Ambar Caesaragusta, elaborada por La Zaragozana a partir de trigo, o la línea Alfa de la barcelonesa Moritz, orientada a la alta restauración y que requiere el transporte en frío, quieren dotar a la cerveza de prestigio culinario y situarla a la altura de un buen vino.

 

Delicatessen carentes de burbujas y llenas de nutrientes. Muchas de ellas, cada vez más, de fabricación española. Es el caso de la madrileña Cibeles, que, rindiendo homenaje a sus orígenes, ofrece una variedad con sabor a madroño. En Valladolid, una premium de abadía, Casasola, que ha logrado su nombre gracias a su malteado. En Cádiz, la primera artesanal 100% gaditana, la cerveza Maier. Resultado de ingredientes de calidad, seleccionados cuidadosamente y de un proceso artesanal en una antigua microcervecería de ciudad. La marca tarraconense Rosita aprovechó Sant Jordi para presentar, entre sus variedades, Picant, una versión afrodisiaca de su cerveza rubia de color miel.

O la Inedit de Damm, una cerveza de lujo elaborada con la colaboración de Ferran Adrià y Juli Soler. Aromatizada con regaliz, piel de naranja y cilantro, se recomienda servir en copas de vino blanco y mantenerla cubierta para no perder su sabor, ni su aroma. O iniciativas como la plataforma on line Your Heineken, que permite personalizar la botella con mensajes o fotos: 32 diseños diferentes, con la posibilidad de adaptar la parte frontal con un breve texto. Al gusto del consumidor.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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