La shiringa: el "oro blanco" de la Amazonía peruana

05 / 10 / 2017 Rosmery Cueva Sáenz (DPA)
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En la Amazonía peruana se alza un árbol de más de 20 metros de altura que revaloriza los bosques: la shiringa. 

Un poblador del distrito de Nieva, en la provincia de Condorcanqui, extrae látex de una planta de shiringa, como parte del proyecto de emprendimiento con comunidades que gestiona Naciones Unidas en Perú. Foto: Flor Ruiz7DPA

El látex que se extrae de su interior ofrece a los indígenas una oportunidad para fortalecer sus prácticas ancestrales, generar ingresos y adaptarse al cambio climático.  

"Voy a trabajar con la shiringa hasta que me muera. Me da mucho gusto porque este trabajo no mata el cuerpo. Los que trabajan en la (tala de) madera sí matan su cuerpo. Por eso quiero que mis hijitos y mi señora aprendan. Cuando yo muera, ¿cómo van a trabajar ellos? Tienen que mantenerse", dice a dpa Geremías Apikai, un indígena de la etnia awajún que trabaja con el árbol desde 2015. 

Apikai, de 54 años, vive en la comunidad Datem Entsa, en la Reserva Comunal Tuntanaín (RCT), la cual alberga más de 1.850 hectáreas de shiringa silvestre (o árbol del caucho), indentificadas por indígenas y guardaparques. 

Como parte de una actividad ancestral, los shiringueros extraen del árbol el látex (un líquido lechoso) -llamado por los indígenas el "oro blanco" de la Amazonía- para crear láminas y cuero vegetal, con los que se fabrican chaquetas, calzado, mochilas e incluso neumáticos. 

En Datem Entsa, una de las 23 comunidades de la RCT, son tres las familias que trabajan con el caucho natural. Apikai, alto y moreno, destaca entre todos los productores por su entusiasmo y dedicación, a pesar de tener pocos árboles y extraer menos látex en comparación con otros indígenas. 

"Tengo 46 arbolitos nomás porque no soy de acá. Me quedé en la comunidad por mi familia y por eso no tengo un terreno amplio. Quiero sembrar (la shiringa) en mi chacra para mis hijitos y mis nietos. Esa es mi visión", señala Apikai mientras revisa la corteza de una de sus shiringas, que crecen naturalmente en Sudamérica. 

El awajún fue el primer hombre de la comunidad que en 2015 aceptó ser socio de un proyecto que puso en marcha el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en la RCT.

Lo primordial en la producción de la shiringa es tratar al árbol con cuidado y paciencia. Alejandro Wisum, awajún de 62 años, tiene 135 árboles del caucho y está aprendiendo la primera fase del proceso: cómo cortar con una rasqueta especial la corteza para extraer el látex.  

"Picamos la shiringa bien, con cuidadito, para que no se corte mal y no le agarre el insecto (que carcome el árbol). Poco a poco voy a aprender. Aprendo todo, a trabajar la shiringa, a cuidar nuestro bosque para que no mueran los árboles, ¿sino qué vas a respirar? Si el árbol es grande trae mucho aire", señala Wisum a dpa.

Solo los árboles que superen los tres años de edad pueden ser aprovechados. El corte se realiza suavemente en forma de una "v" en horas de poco sol, cuando no esté lloviendo. Tras finalizar la primera etapa, los shiringueros regresan a sus casas y esperan unas 12 horas para que el árbol empiece a soltar el látex. 

Debajo del corte se incrusta una canaleta de metal, por donde el líquido lechoso desciende gota por gota. Al pie del árbol, un caballete artesanal sostiene un envase donde cae el caucho. 

"La recolección se realiza en tres horas. De cada árbol pueden salir hasta 150 mililitros por jornada. Cuando termina la extracción, se debe dejar descansar un día entero a la shiringa para no maltratarla. Al tercer día ya se puede volver a cosechar", explica a dpa un especialista del PNUD que asesora a la comunidad. 

Cuando se termina de recoger el látex, el shiringuero tiene dos opciones: convertir el líquido blanco en láminas, que son vendidas por peso a empresas en Lima, o en cuero vegetal, con el que aprenden a producir carteras y mochilas. 

En el primer caso, el productor debe tamizar el látex y solidificarlo con ácido cítrico. Después, tiene que laminarlo con una máquina, tenderlo en un cordel y dejarlo secar unos días hasta que haya endurecido lo suficiente. 

La producción del cuero vegetal recién se implementa en la comunidad. El proceso consta en combinar el látex con azufre, bicarbonato de sodio, óxido de cinc y colorante. Con esa mezcla se cubre una tela de algodón que luego debe ser puesta bajo el sol por una semana. 

El esfuerzo ya está dando frutos. En una primera venta de láminas, Apikai pudo ganar algo más de 65 dólares, un considerable ingreso para alguien que representa a la población más pobre y altamente vulnerable del Perú. El resultado incentiva a las familias a formar parte del "negocio verde". 

El kilo de lámina está valorado en unos dos dólares. En promedio, una familia indígena, cuyos ingresos ascienden a unos 40 dólares mensuales, puede obtener 30 kilos de láminas al mes con el manejo de 100 árboles. 

Las comunidades son conscientes de que en tiempos donde el calor de la tierra incrementa, las lluvias caen con más intensidad y el viento tumba árboles y destroza sus casas, es necesaria una actividad económica que no afecte al ecosistema. 

La producción de la shiringa evidencia que es posible trabajar los recursos naturales de manera sostenible, ya que el trabajo no incluye la deforestación y, por el contrario, promueve el cuidado de los bosques, la base de la cosmovisión para los pueblos indígenas de la Amazonía. 

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