La mina de Turda, un parque de atracciones subterráneo en Rumanía

13 / 09 / 2017 Laura del Río (DPA)
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Uno de los pozos de la mina de sal de Turda, en la mítica región de Transilvania, ha sido reconvertido en un peculiar centro recreativo que atrae a cientos de miles de visitantes al año. 

El pozo Rudolf parece sacado de una película de ciencia ficción: oscuridad cuajada de barras de luz, estalactitas de hasta tres metros, un ascensor transparente...

Sus paredes de sal enmarcan la principal atracción: una noria de 20 metros con capacidad para 48 personas. Alrededor se despliegan pistas de bolos y minigolf, mesas de billar y ping-pong e incluso un anfiteatro. El gran espacio trapezoidal acoge incluso partidos de fútbol o competiciones de drones.

¿De dónde sale un lugar así? Está situado a sólo 120 kilómetros de Sighisoara, la ciudadela medieval en la que se supone que nació el temible Vlad Dracul, el personaje histórico en el que se inspira el ficticio conde Drácula. Pero a Turda se va por su mina de sal. 

Enclavada en el centro-oeste del país europeo, la salina dejó de funcionar como tal en 1932. Había comenzado a explotarse en el siglo XIII pero con el tiempo se volvió menos rentable que otras minas con métodos de extracción más avanzados.

"Después sólo se utilizó uno de sus túneles como refugio durante la II Guerra Mundial y para almacenar quesos, por su temperatura constante", explica Tudor Bodea, director de turismo de la Salina Turda. 

Tras permanecer cerrada durante seis décadas, en 1992 se abrió al turismo y los tratamientos de salud. "Esta sal es buena para los problemas respiratorios, pero no había muchas cosas que hacer dentro de la mina, uno se aburría rápidamente", apunta Bodea. Ya en la década de los 90 existía un proyecto de renovación pero no se pudo poner en marcha hasta 2007, cuando el país tuvo acceso a fondos de la Unión Europea (UE) justo antes de entrar a formar parte del bloque. 

Entre 2008 y 2011 se llevó a cabo la modernización y en el pozo Rudolf se creó el centro recreativo en el que se encuentra la noria. Estaba pensado sobre todo para el entretenimiento de quienes acuden a tratarse de asma o bronquitis. Pero el alcance fue mucho mayor y se convirtió en un imán que multiplicó la cifra de visitantes, hasta los más de 600.000 que acudieron en 2016. 

"Ha sido muy bueno para la mina de sal pero también para la economía de Turda. En el pasado era una ciudad industrializada, después decayó, pero ahora con ayuda del turismo las cosas están mejorando. Se crearon muchos alojamientos y muchos restaurantes gracias a los visitantes", cuenta el responsable de turismo. 

Por 30 lei (6,5 euros/7,6 dólares) se puede visitar toda la salina, montar en noria cuesta apenas 5 lei y se pagan 10 por jugar a los bolos durante 20 minutos. Además, la mina cuenta con un spa y un lago salado al aire libre y es un buen lugar para conocer cómo se extraía hace siglos el mineral.

En realidad, la Salina Turda son cuatro minas en una. Junto al yacimiento en el que está la noria se abre el pozo Terezia, el más antiguo de todos. Allí, a 112 metros de profundidad, aparece otro escenario espectral. 

El fondo del yacimiento está cubierto por un lago y en su centro brota una isla de sal de la que parten unas barquitas que pueden alquilarse para recorrerlo. Desde el mirador del pozo Rudolf, los botes se convierten en puntitos amarillos que bordean estructuras circulares y esferas de madera.

El lago se creó de forma casual a mediados del siglo XIX, cuenta la guía Orsolya Kolozsi. Los mineros estaban cavando un túnel para abrir otros pozos y se toparon con una vieja mina abandonada y llena de agua. Dejaron que ese agua cayese en el pozo Terezia -que funcionaba desde 1690- y así surgieron la laguna y una cascada de sal en una de sus paredes. 

La isla se formó a partir de los bloques de sal inservibles que los trabajadores lanzaban desde otro de los yacimientos al lago, cuando el agua fue incapaz de disolver todo el mineral que caía. 

Otra de los pozos, Joseph, es también conocido como la Cámara del Eco. Su interior todavía no puede ser visitado pero su estructura cónica hace que las palabras que pronuncian los turistas desde fuera se repitan hasta 15 veces. El cuarto yacimiento, Gizela, en realidad nunca llegó a explotarse. En él pueden apreciarse los preparativos para la extracción de la piedra, pero la salina se cerró antes que comenzase a funcionar.

En otra de las salas de la mina se conserva la maquinaria original de 1881 con la que se subían los bloques de sal desde el pozo Rudolf hasta un nivel intermedio, antes de sacarla a la superficie. El enorme engranaje de madera era movido por viejos caballos del Ejército. Después de dos semanas en Turda, los animales perdían la visión y apenas duraban seis meses trabajando. 

Esos caballos también arrastraban al exterior vagones con bloques de sal de 50 kilos por un túnel de casi un kilómetro, el mismo que después se utilizaría para almacenar algunos de los típicos quesos rumanos. 

Con el paso del tiempo, las corrientes de aire pulieron las paredes de ese pasaje excavado en sal y crearon hermosos dibujos naturales. Hoy, miles de turistas recorren a diario Galería Franz-Josef para desentrañar los misterios de un mineral que se formó hace más de 13 millones de años.

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