A dedo por Alemania, de la patria chica de Schulz a la de Merkel

07 / 09 / 2017 Nico Pointner (DPA)
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¿Qué siente Alemania en estos días preelectorales? Muchas preguntas durante un viaje a dedo de Würselen, la patria chica de Martin Schulz, en la frontera oeste con Bélgica y Holanda, hasta Templin, en el noreste del país, el lugar que vio crecer a Merkel.

Mi viaje comienza en la región de Renania. Würselen es una simpática ciudad pequeña cercana a Aquisgrán, con unos 40.000 habitantes, edificios bajos construidos en la posguerra y una gran iglesia en el centro. Würselen cobró fama con la candidatura de Martin Schulz. El líder socialdemócrata la menciona a cada rato en sus discursos. Muchos lo llaman aquí "el Martin".

EL VOTANTE PRIMERIZO - El afiche de Angela Merkel acaba de ser colgado en la plaza Morlaixplatz, pero a Helmut Jungnitsch no le gusta posar junto al cartel en el que Merkel aboga por "una Alemania en la que vivimos bien y a gusto". En lo personal, a Jungnitsch le podría ir mejor. Se cruza de brazos y en uno se ve una cruz tatuada. Solía ganarse la vida como montador de cocinas pero se ha quedado sin trabajo. Los ricos son cada vez más ricos y los pobres más pobres, se lamenta. Dice que nunca se fio de los políticos y por ello nunca fue a votar (en Alemania el voto es un derecho, no un deber). Pero ahora, este hombre de 62 años quiere ir por primera vez a las urnas y votar por Schulz, que se presenta también como candidato directo por el distrito de Würselen. Pero no porque sea de Würselen, aclara: "Es concreto y directo, no se va por las ramas".

LA ENFURECIDA - Elke Göbbels llama a Schulz el "mesías de Würselen". Está parada detrás de un mostrador lleno de flores y hojas como todos los días desde hace 15 años. Se queja de Angela Merkel, a quien le achaca tibieza y falta de determinación. A la gente mayor le va cada vez peor, asegura. No importa cuánto aumenten las jubilaciones, dice Göbbels. Delante de su puesto de flores están sentados varios jubilados, que se unen al coro de lamentos. El Estado debiera ocuparse menos de los refugiados y más de los alemanes. El terrorismo islamista, la criminalidad les infunde temor, dicen.

Ahora quiero partir. Me paro en la estación de servicio al sur de Aquisgrán y empiezo a hacer dedo. Después de un buen rato, me sube un coche familiar de color plateado.

LOS VALEROSOS - La pequeña Hannah Adel berrea de vez en cuando en el asiento de atrás, pero sonríe cuando uno se gira para mirarla. También sus padres (31 años, al volante) y Lena (28, sentada atrás) dan la sensación de estar contentos. Quizás porque están regresando de unas vacaciones en Holanda. Él trabaja para una constructora de carreteras, ella es asistente social. Se están construyendo una casa.

Los tres viven en la localidad de Lütz, en Renania-Palatinado, en el oeste del país. "Nuestra región es más proclive a la (Unión Demócrata Cristiana) CDU", cuenta Marco Adel. Le tocará hacer de escrutador en los comicios. "Si quieres, debatir tienes que hacer uso de tu derecho a voto", explica. Los Adels no simpatizan con un partido en particular, pero saben qué cosas son importantes para ellos: una jubilación segura, menos impuestos y un buen futuro para su hija. Hannah tiene diez meses. ¿Tendrá que temer el terrorismo en un mundo lleno de crisis? "Hemos traído un hijo al mundo. Hay que ser optimista. No hay alternativa", dice el padre.

La familia Adel debe seguir camino a Coblenza. Me dejan en un puente sobre el canal Erft en el medio de la nada. Pero no pasan cinco minutos para que se pare una vieja furgoneta Volkswagen Bulli.

EL QUE QUISIERA VOTAR: Thorin Hopkins parece un pirata, con una barba que cae hasta el pecho y un pañuelo negro en la cabeza. El interior del vehículo es un caos. Hopkins, de 33 años, necesita un rato para poder liberar el asiento de copiloto de herramientas, aparatos eléctricos y cables. Es medio irlandés y medio suizo. No puede votar el 24 de septiembre, pero le fascina la política. No para de hacer comentarios. "Si alguien no se interesa por la política, no se interesa por cómo le va a él ni por cómo le va a la gente". Hopkins se mantuvo a flote durante mucho tiempo con pequeños trabajos transitorios y desde marzo no tiene empleo. Brama contra la "clase alta capitalista" y contra los partidos que actúan solo de acuerdo a los intereses de las empresas.

El medio irlandés para en Colonia. Una parejita en un compacto me lleva hasta Remscheid. De allí sigo de viaje con Gunnar, un sueco de 75 años. Lo que dice Gunnar bien podría haber salido de la boca de alemanes anti-islámicos. Está convencido de que los musulmanes y los cristianos no pueden convivir en paz. Dice que en su país muchos delitos han llegado de la mano de los inmigrantes. ¿Sabía Gunnar que los delitos de migrantes han disminuido en Alemania? En el aeropuerto de Dortmund me bajo y escribo en mi cartón la palabra "Bielefeld". Se detiene un monovolumen negro. 

EL PUDIENTE: Lars Müller dice que le gustó el cartel. De allí es oriundo y hacia allí se dirige. Müller, de años 48, es programador de sistemas y no quiere revelar su nombre verdadero. Dice que es de los que gana muy bien. En política se siente cercano a los sindicatos y está activo desde hace años en el comité de su empresa. Le indigna el trato que los patrones dispensan a los empleados. En la política todo gira en torno a la economía, a los grupos de presión. El dinero siempre termina yendo para arriba, afirma.

Me deja en una estación de servicio en GüterslohSüd, cerca de Bielefeld, en el centro de Alemania. Dos jóvenes holandeses me llevan hasta Hannover. A la mañana siguiente me paro a la salida de la ciudad y en pocos minutos tengo quien me lleve.

LA AMANTE DE LA PAZ: Un par de ositos de peluche cuelgan del espejo retrovisor. En la radio suena música pop. Conny Tell deja con una mano el manubrio (manillar) para gesticular mientras habla. En realidad no confía en ningún político, dice esta madre de tres hijos nativa de Magdeburgo, en la antigua Alemania oriental. Con excepción de la canciller. "Angie es Angie. Me gusta esa mujer. Es del este y tampoco lo tuvo fácil". Conny Tell también tiene que luchar. A los 49 años acaba de perder su puesto en un call-center y vive separada de su marido. Pero cree que es fuerte y que se recuperará. Está estudiando secretariado. "Uno no puede quedarse de brazos caídos". No le gustan los ultraderechistas de Alternativa para Alemania, una formación que ha recabado mucho apoyo en el este germano, y le da miedo la violencia neonazi.

Tell me deja cerca de Magdeburgo. Tras un cuarto de hora se para un descapotable conducido por un tipo joven con gafas de sol, gorra de béisbol y barba de tres días.

EL SIN PROBLEMAS: Para Paul Blumrath hay cosas más importantes que la política. La buena comida, por ejemplo. Cuanto más loca se vuelve la gente con la política mundial, menos quiere saber de Trump y compañía. "No me gusta el alarmismo", destaca. Tiene 26 años y dice que le gusta la multiculturalidad. Vivió en Berlín en un piso con homosexuales, en Marburgo con izquierdistas y en el gimnasio se entrenó con refugiados. "Con todos me llevé bien. No sé por qué hay tanto prejuicio". Está a la espera de una plaza para estudiar administración de empresas en una universidad de Berlín.

Paul me deja en Berlín. La mañana siguiente me paro delante de un puente en el noreste de la ciudad con el cartel de "Templin". Pocos minutos más tarde se para un coche.

LA ACTIVISTA: Nena Bosbach está meditando seriamente la idea de irse de Alemania pero aún no sabe a dónde. Aquí echa en falta la solidaridad y la justicia social, dice. Tiene 33 años y viaja entre Berlín y Templin, donde trabaja como psicóloga en un hospital. "Allí, los carteles de la AfD y del (neonazi) NPD están colgados más bajos porque nadie los arranca", explica. Cuando era adolescente se teñía el pelo de verde y era punk y hoy trabaja en asociaciones antifascistas. Ayuda a refugiados a hacer trámites burocráticos. Cuando viaja en tren con algún conocido de color suele ocurrir que nadie quiera sentarse al lado de él, se queja. Espera que los hijos de los refugiados vivan en una Alemania más abierta porque de lo contrario, hará las maletas y se marchará.

Nena Bosbach aparca el automóvil en el hospital de Templin, una ciudad de 16.000 almas, casas con las típicas vigas de madera y una pintoresca muralla. Alrededor hay muchos lagos. En la plaza principal nadie quiere hablar de política. "No tenemos nada que ver con eso", se excusa una jubilada. "No se puede cambiar nada", opina un taxista que espera clientela delante del ayuntamiento. Dice que conoce a AngelaMerkel sólo de la tele. Pero sabe dónde creció esta hija de pastor protestante y describe el camino hacia el lugar, ubicado en las afueras. El predio sirve hoy de hogar de discapacitados. En el medio hay una casa amarilla y verde, la casa en la que vivió Merkel de chica. Allí me encuentro con un joven en ropa azul de trabajo.

EL VECINO: Johannes Hein está parado delante de su apartamento y fuma. Es jardinero paisajista y ha hecho una pausa para comer. Está acostumbrado a la presencia de los medios. En el piso contiguo al suyo creció Merkel. Si Merkel viviese aún aquí tendría que contestar a preguntas un tanto desagradables. Los refugiados le preocupan, confiesa Hein. ¿Por qué? Su hermana fue casi atacada por un solicitante de asilo. Los de arriba hacen lo que quieren y yo también, afirma lapidario el veinteañero.

"Los de arriba". Con estas palabras finaliza en la antigua vivienda de los padres de Merkel el viaje a través de Alemania. La falta de interés de la que muchos se quejan se asoma de vez en cuando. No hay solo "buenistas" o "indignados", sino una gran gama de posturas intermedias. Los alemanes podrán estar preocupados, decepcionados y algunos podrán no acudir a las urnas. Pero, definitivamente, no son apolíticos.

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